16 de Mayo, un día para seguir resistiendo al racismo

by Pedro Casermeiro

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El 16 de mayo se ha convertido en un día muy simbólico para el movimiento asociativo gitano de toda Europa, se conmemora la Insurrección Romaní que tuvo lugar en el Campo de Exterminio de Auschwitz-Birkenau, en el conocido como campamento de la familia gitana. El 16 de mayo de 1944 los gitanos y gitanas del campamento estaban esperando la llegada de las SS para trasladarlos –seguramente a las cámaras de gas–, y decidieron organizarse y defenderse hasta las últimas consecuencias. Montaron barricadas y utilizaron herramientas de trabajo como armas. Fue la única revuelta exitosa dentro de un campo de concentración nazi de la que se tiene constancia. Las SS tuvieron que abandonar el campamento gitano. Fue una pequeña batalla ganada, aunque la guerra se perdió. El 2 de agosto de ese mismo año, los 2.897 ancianos, mujeres y niños que seguían en ese mismo campamento fueron gaseados, previamente trasladaron a los hombres a otros campamentos.

No obstante, el 16 de mayo es una fecha para celebrar la resiliencia del Pueblo Gitano. No es una fecha para recordar exclusivamente a las víctimas romaníes de la barbarie –que también–, sino que es una fecha para celebrar la valentía y el espíritu combativo de los que allí estuvieron y de todo un Pueblo que, a pesar de más de cinco siglos de persecución institucional en toda Europa, aquí seguimos.

Nuestra historia es una historia de resistencia y de superación, una historia en la que nuestros predecesores decidieron seguir siendo gitanos aunque eso les costase demasiado caro. No obstante, hay que dejar bien claro que la voluntad de nuestro Pueblo nunca fue la de mantenernos al margen de la sociedad, todo lo contrario, nuestro acervo cultural demuestra que estuvimos abiertos a compartir y aprender de todos y cada uno de los pueblos con los que convivimos. A nadie se le escapa que varias de nuestras incomprendidas tradiciones son, en realidad, herencia del catolicismo, adquiridas una vez llegamos a la península.

Sin embargo, la historia de este país ha sido construida teniendo en cuenta una única narrativa, la de los que triunfalmente conquistaron el mundo y aniquilaron cualquier atisbo de diversificación cultural y religiosa. El relato construido sobre el Pueblo Gitano ha sido la de un colectivo mentiroso y delincuente, que desde hace siglos no hace más que intentar aprovecharse de  las ‘buenas gentes’ de este país.

Nuestra lucha histórica ha sido contra homogeneización cultural de este país desde su estado más embrionario, una lucha para que exista una narrativa colectiva que nos reúna a todos, también desde la gitaneidad, para que se nos tenga en cuenta como Pueblo en el presente y para que se haga justicia con nuestro pasado. Mientras el relato se base en identificarnos como un colectivo socioeconómicamente vulnerable y al que corregir culturalmente –porque nuestra cultura es la culpable de que no nos integremos, dicho con ironía–, seguiremos siendo los malos de la película.

Es necesario que recordemos que la batalla contra el racismo la estamos perdiendo. La situación de completa exclusión en la que actualmente nos encontramos no es únicamente fruto de los más de 500 años de persecución, sino que también es fruto de los hechos y actitudes actuales de nuestros representantes políticos.

No tenemos que ir a buscar ejemplos lejos de nuestras fronteras. Aquí cada año nos encontramos con casos clarísimos de racismo en los que las instituciones públicas son incapaces de actuar contundentemente contra los racistas. Hace muy poquito todos fuimos testigos de pogromos antigitanos en el barrio de Vallecas. ¿Han visto alguna vez que se intente quemar la casa y los vehículos de los familiares de un ‘presunto delincuente’ payo? Muy rara vez habrá pasado, pero con los gitanos es demasiado común –también sucedió en el barrio de Baró de Viver en Barcelona–. Los medios de comunicación y la administración dijeron que se trataba de ‘protestas vecinales’, nadie se atrevió a decir que se trataba de racismo en estado puro. La evidencia de que esas ‘protestas vecinales’ eran racistas es que eran violentas y estaban dirigidas por personas payas contra personas gitanas inocentes. Si eso no es racismo que baje Dios y cambie la definición de racismo.

El día que un gobierno llame racistas, sin apelativos, a quien cometa actos racistas contra los gitanos en su propio territorio, que dé el paso de reconocer que parte de sus vecinos son abiertamente racistas y que hay que actuar contra ello, entonces los demócratas podremos celebrar una victoria. De momento, de ese tipo de victorias, aquí no recuerdo ninguna.

El 16 de mayo es un día para reivindicar la lucha contra el racismo, haciendo un ejercicio de memoria, llamando la atención de lo que sucedió en el pasado y de lo que sucede en el presente, dentro y fuera de nuestras fronteras, apelando a la responsabilidad democrática de nuestros conciudadanos y nuestros representantes políticos.

Y como el 16 mayo va de victorias, permitidme acabar con las que representan, a mi juicio, dos de las últimas batallas más simbólicas ganadas contra el racismo (fuera de nuestras fronteras):

  1. Las manifestaciones organizadas por estudiantes franceses en París en septiembre de 2013 para protestar por la expulsión de Leonarda Dibrani, ordenada por el entonces ministro de interior francés, Manuel Valls. Las protestas duraron varios días y reunieron a millares de personas, principalmente no gitanas, para protestar por las políticas racistas de expulsión de gitanos y gitanas de Francia. Manuel Valls fue llamado al orden por el primer ministro de su partido y tuvo que admitir su error.
  2. La aprobación por parte del Parlamento Europeo, en octubre de 2017, de una resolución contra el antigitanismo orientada a iniciar un proceso de reconciliación entre la minoría gitana y los Estados de la UE, instando a la Comisión Europea a que “en aras de instaurar una confianza mutua que resulta fundamental, cree una comisión de la verdad y la reconciliación con objeto de reconocer la persecución, exclusión y repudio de los gitanos a lo largo de los siglos, a que documente esta situación en un libro blanco oficial, y a que cuente con la participación del Parlamento Europeo y de expertos romaníes en la realización de esta labor.”

Se trata de dos pequeñas victorias, de índole muy diferente, de las que nos debemos enorgullecer, pero sobre todo, sobre las que debemos seguir trabajando para ganarle terreno al racismo, porque una batalla ganada sin afianzarla día a día, sólo nos conduce al mismo lugar de siempre, a la derrota ante el racismo.

Perdón, Reparación y Reconciliación con el Pueblo Gitano

by Pedro Casermeiro

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Empecemos la reflexión por el final. Para poder poner fin a una situación de injusticia, subyugación, opresión, agravio, abuso, violación, aniquilación cultural –llamémoslo como queramos, ahora no importa– la parte dominante debe pedir perdón y restituir a la víctima. Si no se pide perdón y no se hacen los esfuerzos necesarios de reparación, el Pueblo Gitano estará condenado a seguir siendo una víctima eternamente.

El Pueblo Gitano es víctima de las políticas que España ha desarrollado desde sus episodios más embrionarios hasta la actualidad. Si hay un claro y rotundo ejemplo de racismo estructural en el mundo, ese es sin duda el caso del Pueblo Gitano en España. De 1499 a 1978 contamos con más de 200 leyes, pragmáticas y edictos en contra del Pueblo Gitano, sin contar las diferentes políticas aplicadas en cada municipio y región que no han hecho más que ahondar en los procesos de exclusión de las comunidades gitanas. Estamos hablando de 500 años de persecución institucional en los que se ha señalado y marcado al Pueblo Gitano por ser diferente y el Estado ha puesto todos sus recursos para corregir –aniquilar culturalmente– esa diversidad.

Y aunque en la actualidad, ya no existen políticas expresamente dirigidas en contra de la diversidad gitana, el racismo de 500 años de persecución ha acabado por cristalizar en la sociedad, generando el rechazo, ya no sólo institucional, sino también social, situando al Pueblo Gitano en una situación de marginalidad, exclusión y asimilación cultural.

Podríamos definir el racismo estructural como la normalización y legitimación de políticas públicas y prácticas cotidianas que producen una discriminación de facto y continuada en el acceso a derechos y servicios para un grupo concreto de la sociedad, basándose supuestamente en argumentos igualitarios –que no equitativos–. De esta forma se genera la segregación y la culpabilización de la víctima de su propio proceso de exclusión. Somos nosotros los que no queremos acceder a nuestros derechos, los que no queremos trabajar, los que no queremos pagar un alquiler o hipoteca, somos nosotros los que no queremos estudiar, los que no cuidamos nuestra salud y, por supuesto, somos nosotros los que no queremos hablar en caló –ahora, antes en romanó-. Somos los culpables de nuestra situación, no nos queremos integrar. Entiendan la ironía.

El racismo sufrido por el Pueblo Gitano no es un racismo naif basado en estereotipos y prejuicios como muchos están empeñados en entender. No. El racismo sufrido por el Pueblo Gitano se basa en una estratificación de jerarquías sociales y políticas de poder que no permiten al diferente disfrutar de la igualdad. Ojalá sólo nos enfrentásemos a algún que otro director de escuela racista o algún que otro encargadillo en el trabajo racista, o algún que otro vigilante que nos persiga por el supermercado. No. Nos enfrentamos a todo un sistema social y político que no nos permite ser quienes somos en libertad y en igualdad.

Foucault1 explica que el origen del racismo está en la necesidad de control y poder sobre la población. En este sentido, el nacimiento de los Estado-nación y la necesidad de homogeneización de la ciudadanía estarían directamente relacionados con el ejercicio de poder y control sobre la población.  Y el racismo no sería más que una herramienta para conseguir la homogeneización. De hecho, la primera de las pragmáticas de los Reyes Católicos sólo hace referencia a la organización laboral del Pueblo Gitano, obligando a asentarse, tomar un oficio conocido y servir a un señor. Las siguientes pragmáticas estrecharían más el cerco a la cultura gitana en todos sus ámbitos.

En este artículo no trato de establecer una relación entre poder y racismo, tampoco pretendo hacer un repaso por la sucesión de políticas represivas contra el Pueblo Gitano, simplemente trato de manifestar con claridad dos ideas básicas: primero, que la situación de desigualdad sufrida por el Pueblo Gitano es fruto de cinco siglos de políticas estatales dirigidas específicamente a excluir a un pueblo por el hecho de ser diferente;  y segundo, que es responsabilidad del Estado reparar el daño causado.

El resultado de esa larga historia de políticas represivas se puede resumir con los siguientes datos:

Resumiendo, el racismo estructural es fruto de un racismo institucional dirigido por los poderes públicos que ha acabado por cristalizar en una estructura que excluye sistemáticamente al Pueblo Gitano del disfrute de los derechos y deberes de la sociedad.

Es racismo estructural  que no estemos representados en todos los estamentos de la sociedad de manera equitativa al resto de la población; es racismo estructural que no tengamos profesores o directores gitanos en las escuelas; es racismo estructural que no tengamos gitanos en los consejos de administración de las grandes empresas; es racismo estructural que no tengamos representantes políticos gitanos; es racismo estructural que no tengamos médicos gitanos; es racismo estructural que no tengamos jueces gitanos; es racismo estructural que estemos sobrerepresentados en cualquier índice de exclusión y pobreza; es racismo estructural que se invisibilice nuestra autoría del flamenco; es racismo estructural que ya no hablemos ni en caló; y es racismo estructural un sinfín de cuestiones más.

Estamos, pues, ante un claro caso de etnocidio, iniciado en 1499 con la primera pragmática de los Reyes Católicos y que se alargará durante más de 500 años, incluyendo el primer intento de genocidio conocido en la Europa moderna, la Gran Redada de 1749. Un proceso en el que paulatinamente se aumentará el nivel de persecución y represión sobre los gitanos y su cultura.

En 2019, tras más de 40 años de democracia, es hora de que el Estado haga una reflexión honesta y profunda sobre las políticas dirigidas hacia el Pueblo Gitano a lo largo de la historia y sus consecuencias en la actualidad. Un Estado no debe tener miedo a reflexionar sobre su propia historia, sobre todo, la historia de violencia que ha dejado huella en el presente. El Estado tiene la responsabilidad de reconocer que la herida abierta en el Pueblo Gitano fue causada por el propio Estado. Tras esa reflexión, no cabe otra alternativa que pedir perdón a la víctima y repararla.

¿Qué implica pedir perdón?

Anteriormente solicitaba una reflexión honesta y profunda en torno a las políticas de persecución de la diferencia gitana. Y quiero volver a remarcar estas dos características. Necesitamos la honestidad suficiente para que el Estado pueda reconocer su culpabilidad, sin orgullo y sin actitudes defensivas. Necesitamos la madurez del Estado para asumir una culpa que, aunque parezca obvia a ojos de cualquier observador externo, ha sido seducida de tal manera que nos han hecho creer que a los gitanos nos gusta vivir en la más completa exclusión como pueblo.

La profundidad de la reflexión va ligada al conocimiento real de lo sucedido. Hace poco más de un mes la alcaldesa de Madrid pidió perdón por la discriminación sufrida por el Pueblo Gitano y por la pragmática de los Reyes Católicos, coincidiendo con el 520 aniversario de tal episodio. Profundidad implica saber por qué se pide perdón, porque me temo que las palabras de la alcaldesa fueron palabras vacías. ¿Por qué pide perdón la alcaldesa de un municipio por la pragmática de un monarca? Lo lógico sería que se hubiera indagado cuál fue el papel del consistorio en la ejecución de dicha pragmática, y de todas las que le siguieron y pedir perdón por todo aquello en lo que se colaboró para dar cumplimiento a las diferentes pragmáticas reales. No se debería pedir perdón por algo que ni siquiera se conoce o en lo que no tuvo ninguna responsabilidad. Se debe investigar todo lo sucedido durante el largo proceso de etnocidio del Pueblo Gitano. La información está en cada uno de los archivos municipales y estatales, sólo hay que poner interés en recopilar toda la información que se posee de una manera exhaustiva y ordenada. No puede ser que la historia –de persecución– gitana esté escrita por personas que dedican, con la mejor de sus voluntades, su tiempo personal en reconstruir un puzle sin piezas. La administración debe quitarse las vendas del orgullo e investigar lo sucedido con el Pueblo Gitano con el máximo rigor y honestidad.

Enrique Echeburúa2, en un artículo en el que reflexiona sobre el conflicto vasco, explica que “el perdón no es olvido, pues para perdonar es ineludible la memoria del agravio. Nada puede modificar el pasado, pero el perdón puede cambiar el futuro. La memoria sin ira, sin afanes vengativos, no abre, sino que cierra heridas”.

Los gitanos necesitamos cerrar una herida abierta hace ya demasiado tiempo. Necesitamos dejar de ser víctimas. Necesitamos decirle adiós a todo un pasado de dolor que no deja de reproducirse cada uno de nuestros días. Necesitamos mirar a la historia sin ira. Necesitamos sentirnos tan orgullosos por formar parte de la sociedad como por formar parte del Pueblo Gitano. Necesitamos ser partícipes del mundo en el que vivimos, de ser uno más, de no ser señalados. Necesitamos sentirnos libres del racismo que nos acompaña desde hace más de 500 años.

Sé que el lector infectado por el virus común del racismo rápidamente se preguntará ¿por qué no piden perdón los gitanos por los delitos que hayan cometido a lo largo de la historia? La respuesta es muy sencilla, los gitanos como nación nunca nos hemos organizado como pueblo o nación para nada, nunca nos hemos dotado de un aparato legislativo ni ejecutivo, ni siquiera para defendernos de la continua persecución sufrida. Y aunque no toque decirlo aquí –esto que sigue es sólo para racistas: los delitos de cada uno a título individual son los delitos de cada uno a título individual. La persecución de un Estado con todos sus poderes, no es un delito a título individual–.

Roberto Blum3 escribía recientemente sobre la polémica surgida entre Méjico y España acerca de la exigencia del primero para que España pidiera perdón por los agravios cometidos durante el proceso colonial, y explicaba la necesidad de afrontar el proceso con madurez y asumiendo responsabilidades. “Abrir los furúnculos históricos es doloroso, pero necesario para la salud y la recuperación. Pedir perdón es doloroso para el agraviante, pero quizás es más doloroso para la víctima otorgar auténticamente, de corazón, el perdón al ofensor. Pedir perdón y perdonar no puede ser simplemente olvidar los hechos, cubrirlos y enterrarlos. El agresor debe comprometerse a no repetir jamás esas conductas y el agredido a no permitir nunca más ser tratado como víctima desamparada. Pedir perdón y perdonar es solo el primero y necesario paso para la reconciliación. Luego debe venir la reparación del daño”.

El reconocimiento público del daño infligido y el ejercicio de solicitar perdón deben ir acompañado de la reparación de las secuelas producidas, de manera que se permita reestablecer el vínculo quebrado entre el Estado y una parte de sus ciudadanos. Las víctimas, el Pueblo Gitano, seremos soberanos para decidir si aceptamos o no ese perdón, pero todo dependerá de que las soluciones para la reparación sean aceptables desde el punto de vista gitano.

Las medidas necesarias para combatir un problema estructural deben ser también estructurales, deben remover la estructura de una sociedad caracterizada por el racismo contra el Pueblo Gitano. Del mismo modo que el machismo irá quedando atrás en la historia gracias a la educación y a las políticas de igualdad basadas en la implementación de cuotas en diferentes ámbitos –principalmente en el acceso al empleo y a la representación política–, el racismo estructural padecido por el Pueblo Gitano requerirá del desarrollo de leyes que promuevan una igualdad efectiva entre gitanos y no gitanos apoyados en el empleo de cuotas que permitan nuestro acceso a la educación superior, al empleo o a la representación política, además de promover nuestra cultura.

Las cuotas, aunque presentan gran resistencia en cierta parte de la sociedad –especialmente en aquella parte que no quiere ceder parte de su privilegio como blanco y como hombre– están demostrando una gran capacidad de transformación. Doce años después de la ley4 para promover la paridad entre mujeres y hombres en los parlamentos españoles, se está produciendo una auténtica revolución feminista en toda la sociedad. Y aunque, aparentemente, no haya una relación de causa y efecto entre ambos hitos, sí que forman parte del mismo proceso de transformación con el que se está consiguiendo erosionar las estructuras de poder machistas en las que se ha basado la sociedad.

Se dice que somos más de 650.000 gitanos en España, es decir, cerca de un 1’5% de la población total. Y aunque es una cifra claramente a la baja –todos sabemos que somos muchos más aunque no nos podamos contar– sí me sirve para poder lanzar una pequeña reflexión, ¿Se imaginan si pudiéramos dedicar un 1’5% del presupuesto que se destina en el ámbito de cultura del gobierno central, de las autonomías, de las diputaciones y de los municipios a promover la cultura gitana? Pocas maneras más justas habría para reparar el agravio cultural.

El proceso de perdón y reparación debe conseguir, es cualquier caso, restaurar la dignidad del Pueblo Gitano, devolvernos a una posición de igualdad con el resto de la sociedad, ni más ni menos, con las mismas oportunidades que todos. Y no se trata de que contemos con las mismas oportunidades “sobre el papel”, eso ya nos lo dio la Constitución de 1978 y sabemos que es papel mojado, se trata de realidades constatables:

  1. que el porcentaje de desempleo entre la población gitana sea exactamente igual que entre la población no gitana;
  2. que los niveles educativos de la población gitana sean exactamente igual que los de la población no gitana;
  3. que los gitanos hablemos nuestro idioma con la misma fluidez que el resto de pueblos hablan su lengua materna;
  4. que no haya una brecha salarial entre gitanos y no gitanos, esto es, que el poder adquisitivo medio de la población gitana sea igual que el poder adquisitivo medio de la población no gitana;
  5. que los gitanos puedan elegir vivienda de la misma manera que el resto de la población;
  6. que el índice de pobreza entre los gitanos sea igual que en el resto de la población;
  7. que la salud de las personas gitanas sea igual a la de las personas no gitanas;
  8. que podamos estar representados políticamente;
  9. que el Pueblo Gitano forme parte de las instituciones del país;
  10. y un largo etcétera.

Querer hablar ahora de actos que se iniciaron hace más de cinco siglos puede parecer poco congruente, sobre todo porque los valores del Estado y de la ciudadanía de entonces distan mucho de los valores del Estado y de la ciudadanía de hoy día. Sin embargo, el intento de genocidio cultural y las continuas violaciones a la dignidad del Pueblo Gitano fueron política de Estado hasta hace tan solo 40 años, muy pocos. Exigir unas disculpas y una reparación no es una reivindicación que requiera de palabras vacías de políticos en época electoral. La grave situación de exclusión social –económica, laboral, cultural, educativa, sanitaria y política entre otras– es fruto de un largo tiempo de políticas de persecución por parte del Estado. El Estado es responsable de esta situación y, por ende, es responsable de la reparación. Si no quieren repararnos con justicia y dignidad, entonces ahórrense las disculpas y sigan siendo racistas.


  1. Foucault M. Geneología del Racismo. Ed. Museo de Buenos Aires. Buenos Aires 1996.
  2. Echeburúa E. Perdonar puede ser la única posibilidad que posee el ser humano para modificar el pasado doloroso y para cambiar un hecho ya modificable. El Correo. 9 de diciembre de 2012.
  3. Blum R. Estado y nación, perdón y reparación. El Periódico. 30 de marzo de 2019.
  4. Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

 

 

Sin complejos. Igualmente desiguales

by Ramón Flores

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Habrán escuchado esta recurrente expresión en numerosas ocasiones en los últimos tiempos, sobre todo proveniente de líderes de la derecha española. Es una expresión muy trending donde se da a entender como una nueva consigna, como una señal de nuevos tiempos. Con una media sonrisa. Sin complejos. Como el anuncio de los años noventa del whisky DYC «gente sin complejos», gente que no tenía complejos en pedirse un pelotazo de whisky español, segoviano para más señas. Qué escocés ni escocés…

Pues la derecha española se ha puesto en modo DYC.

¿Por qué lanzan esta proclama los políticos de derecha precisamente ahora? Pues porque viene la extrema derecha. De hecho ya está aquí. Se estableció oficialmente el pasado 2 de diciembre, entrando desde el sur, pero ya estaba en la sala de espera mucho antes.  El miedo a perder una posición privilegiada en el tablero del juego político nacional e internacional, hace caer caretas para no quedarse al margen.

Y es que los partidos conservadores en Europa están apostando de manera voluntaria por arrimarse más a la derecha del espectro, dejando de lado el aburrido centrismo político del que hacían gala hasta hace apenas unos meses. Sin embargo, podemos creer tanto la ciudadanía como observadores y analistas políticos que para ganar, siempre es mejor moverse hacia el centro. Allí se supone que está el votante decisivo. Pero de algún modo, esto no parece suceder así.

Dos estudios en Estados Unidos demostraron que los candidatos presidencialistas son a menudo mucho más extremistas que sus votantes promedio, a veces incluso más extremistas que la base ideológica de sus partidos.

Sin embargo, al menos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, casi no hay penalización por ser extremista. Para decirlo sin rodeos: los candidatos pueden ser todo lo extremistas que quieran porque pueden salirse con la suya. El primer estudio, realizado por el politólogo de la Universidad de Vanderbilt, Larry Bartels, examina los datos del Estudio Nacional de Elecciones en Estados Unidos de las elecciones presidenciales entre 1980 y 2012.

Aquí nos muestra que republicanos y demócratas son más extremistas que sus votantes medios, aquellos que no son necesariamente afiliados o activos públicamente.

Entonces, ¿si los candidatos se radicalizan, pierden votos? El segundo estudio, liderado por Martin Cohen, de la Universidad James Madison, concluye que no. Los candidatos que posiblemente sean más ideológicamente extremistas, no pierden mucho voto en comparación con los candidatos más centristas, una vez que se tienen en cuenta otros factores. El estudio indica que hay «poca evidencia de una relación electoralmente importante entre el extremismo del candidato y los resultados de los votos».

¿Les suena familiar este discurso «escorado» a la extrema derecha en España últimamente?

Esto no significa que las opiniones de los políticos no tengan ningún impacto en absoluto. Pero sí que el votante medio, que no es tan ideológico, use esta corriente como un atajo para votar por sus candidatos. Y esto, a su vez, permite que los candidatos puedan captar votos de aquellos que sí tienen sus mentes radicalizadas.

Ya hemos visto lo que hizo el UKIP con Nigel Farage a la cabeza, metiendo en serios problemas al Reino Unido con el Brexit. En el resto de Europa, Italia, Polonia y Hungría ya abrieron las puertas al discurso populista de la extrema derecha.

Italia, con la «Lega Nord» de Salvini, se alinea en Europa con el grupo «Europa de las naciones y las libertades», donde está Le Pen. Del mismo modo, «Ley y Justicia», que gobierna Polonia desde 2015, se adscribe a la extrema derecha euroescéptica y anti migratoria.

Pero lo gracioso viene desde Hungría. Fidesz, de ideología ultraconservadora, nacionalista y cercano a la extrema derecha que gobierna el país desde 2010 de la mano de Orbán, ¡está adscrito al «European People’s Party»!

Un Partido Popular Europeo (EPP, en inglés) que ostenta la presidencia de la Comisión Europea con Jean-Claude Juncker y el Consejo Europeo de la mano de Donald Tusk. También poseen la presidencia y vicepresidencia del Parlamento Europeo con Tajani y Livia Jaroka, la política húngara de «origen» romaní que defiendió a la ultra derecha húngara, una ultra derecha que contaba con un brazo militar que en 2008 asesinaron a seis personas gitanas.

Pero todo esto conlleva un trasfondo más complicado. Como mencionaba anteriormente, el viraje hacia la derecha de conservadores y de algunos liberales en Europa (y en el sur de España), obedece no sólo a un sentimiento «anti» todo.

Este cambio de rumbo obedece a unas necesidades «neoliberales» del mercado. El colapso de la economía mundial y su posterior recuperación, hicieron que los gobiernos de Europa y Estados Unidos viraran a unas posiciones más radicalizadas para captar adeptos. Las influencias neoliberales llevan mucho tiempo transfigurando las estructuras sociales de las democracias occidentales. Es cierto que, como decía Umberto Eco, no volveremos a ver el show fascista del siglo pasado, con sus parafernalias y alharacas guerrilleras, y precisamente por eso, hoy la extrema derecha se disfraza de neoliberal.

Esta nueva extrema derecha no rechaza frontalmente la democracia, de hecho, su discurso se agarra a las banderas y Constituciones y en su retórica discursiva apelan al «sentido común». Todos estos ingredientes ponen en jaque a la derecha tradicional, envuelta en la ideología conservadora y al centro moderado, vestidos de liberales más modernitos.

La historia nos muestra que a veces, los patrones se repiten. En el periodo de entreguerras de la primera y segunda Guerra Mundial, los populismos radicalizados lanzaban proclamas «anti» todo como respuesta a cualquier problema. Si durante el siglo XX fue el miedo al comunismo y a los judíos, en el XXI la proclama principal es la crisis económica, culpando a los inmigrantes del receso de las economías y el terrorismo que amenaza con «islamizar» Europa, despojándola de sus valores culturales y cristianos. Si a esto le unimos unas condiciones laborales precarias y un mercado laboral reducido, es solo cuestión de tiempo que aparezca el racismo, añadiendo el ingrediente definitivo a este distinguido cóctel.

Con la izquierda ideológicamente derrotada, el neoliberalismo y el conservadurismo pueden lucir «sin complejos» el papel para los que han sido creados: defender a la clase dominante y minimizar el Estado. Andalucía es una muestra de ello. Y las elecciones europeas están a la vuelta de la esquina, así como las municipales en España.

Hay un dato importante a tener en cuenta, el Parlamento Europeo pasará de tener 751 a 705 eurodiputados, una vez que el Reino Unido abandone la Unión. Y los primeros sondeos nos muestran un auge de la extrema derecha y un receso importante del Partido Popular Europeo y el Socialdemócrata en la Eurocámara.

Con este escenario, a conservadores y liberales no les queda más remedio que sonreír y mirar hacia otro lado cuando la extrema derecha grita. Porque tras la parafernalia populista y la designación de enemigos a destruir que sirve para ganar adeptos radicalizados (ya sean inmigrantes o el feminismo), se esconde la política que no se ve. Las proclamas neoliberales que pasan desapercibidas en los programas electorales que nadie lee. Y son esas propuestas ultra neoliberales escondidas las que son tan peligrosas como el discurso de odio que va de frente como carta de presentación.

Las cacareadas rebajas de impuestos sólo refuerzan los privilegios de las rentas más altas así como de los grandes grupos empresariales, ya que los tramos fiscales se suavizarán al llegar a esos niveles. Todo eso conlleva una recaudación menor a las arcas del Estado, que a su vez repercuten en los servicios básicos de titularidad pública como infraestructuras, transportes, sanidad o educación.

Y cuando nos encontramos problemas en la oferta de servicios de públicos, sale el sector privado como divino salvador. Casualmente (no sean mal pensados), cuando surge el debate sobre la idoneidad sobre el copago sanitario, los hospitales públicos empiezan a colapsar, entonces aparece la varita mágica de la derivación a la sanidad privada, previamente concertada. Podemos preguntar a gallegos y madrileños qué tal les ha ido con este modelo.

En materia de educación, bajo el discurso de taza de Mr. Wonderful de que los padres podrán elegir la educación de sus hijos, nos encontramos con la libre elección de los centros educativos. Esto está muy bien, pero se olvidan de mencionar que serán los propios centros los que establecerán sus cupos de admisión, lo que servirá para hacer las correspondientes cribas mediante la exclusión de los alumnos con «perfil bajo».

También nos encontraremos con la equiparación de la educación pública, concertada y diferenciada, donde no sólo nos encontraremos con colegios que separen a niños y niñas y  colegios privados subvencionados con dinero público, si no que se le dará el aire de necesidad a la segregación del alumnado gitano e inmigrante… ¿Les suena?

Desde un punto de vista puramente sociológico, esta estratificación social disfrazada de competitividad nos conduce inexorablemente a la desigualdad social, convertida en fenómeno funcional y universal, justificado por las desigualdades individuales. Según este modelo que traen estas propuestas neoliberales, cierta desigualdad es necesaria porque contribuye a que las posiciones más importantes sean ocupadas por las personas más cualificadas.

Pero se olvidan de que con estas medias, serán las élites sociales las que pondrán los límites de acceso a los estratos más altos (principalmente estudios superiores y mercado laboral), agrandando así la brecha social, económica y cultural. La sociedad pasará a ser considerada como lugar de competencia, cuya esencia ya no se encontrará en la equivalencia sino en la desigualdad, caracterizada por Foucault como la condición de ser «igualmente desiguales».

Volviendo al tablero político, la fragmentación de la derecha española y europea nos la han vendido como que «la derecha se rompe» por la llegada de los extremistas. Nada más lejos de la realidad. En el ámbito político y militar, la frase «divide y vencerás» da entender que si tu enemigo se encuentra dividido en vez de unido, será mucho más fácil controlarlo y vencerle.

Pero, en las Ciencias de la Computación, el término «divide y vencerás» hace referencia a la solución de un problema, de un tamaño determinado. Mediante este paradigma se divide dicho problema en un conjunto de sub-problemas del mismo tipo, pero de tamaño menor. Cada sub-problema obtenido en el proceso de división puede ser, a su vez, subdividido siguiendo el mismo criterio. Este proceso se lleva a cabo hasta que el sub-problema actual sea indivisible  o hasta que este pueda ser resuelto por un método directo.

Traducido a lenguaje político, las pequeñas victorias te hacen ganar la partida, son la clave. Desde la aparición de nuevos partidos en el tablero, dijimos adiós a las mayorías absolutas tras las elecciones. Entendido entonces el nuevo escenario, la máxima de «divide y vencerás» ya no se refiere a fragmentar al enemigo para que no pueda rearmarse.
Ahora consiste en dividirse y ofrecer al cliente ­­­ (perdón, votante) lo que quiere oír de forma personalizada: unos ofrecen libre elección de colegios y bajada de impuestos; otros rebajas fiscales; otros van contra inmigrantes y feminazis… Como un holding empresarial con sus correspondientes filiales.  Luego basta con sumar para gobernar, dándole a la democracia un falso tono de pluralidad.

Por eso ahora los candidatos escorados a la derecha dicen sus verdades «sin complejos», en un espectáculo televisado y radiografiado en redes sociales para ver quien dice la burrada más grande.
En España tampoco sorprende tanto, ya que lo que cacarea públicamente la extrema derecha, ya lo decían los conservadores por lo bajini.  Ahora, la violencia de género, las fake news y la histerización de la sociedad están en el terreno de juego.

Pero no se engañen, una vez alcanzado el poder, el tono histérico de la campaña electoral siempre baja, y el primero en hacerlo es, sorprendentemente, la extrema derecha, para pasar a una moderada liturgia institucional disfrazada de «sentido común».

Lo malo de todo esto es que supone una involución hacia un escenario rancio y desfasado que nos retrotrae a esa España profunda de Torrente que pretendía ser una parodia de la idiosincrasia española que añora un pasado que nunca existió, con un precio que volverá a pagar, entre otros, la comunidad gitana, soportando medidas que fomentan la segregación y que serán vendidas al gran público como necesarias y socialmente avanzadas.
Y con esta derecha en modo DYC, no se extrañen que volvamos a escuchar a Cañita Brava aquella mítica frase de: «¡Torrente, me debes seis mil pesetas de whisky!». Gente sin complejos.

La lucha contra la idiotización

by Ramón Flores

Make Spain Great Again

Empieza a ser preocupante el crecimiento de la ignorancia entre la sociedad blanca y por qué piensa que no tiene privilegios ni está equivocada. La respuesta, creo, es que la cultura occidental condiciona a los blancos para que no comprendan completamente cómo la sociedad los privilegia.

El sociólogo estadounidense Joe Feagin argumenta que la cultura occidental ha enseñado a los blancos a creer que representan la vanguardia intelectual y cultural, para concluir que las desigualdades raciales no pueden ser rastreadas a su comportamiento pasado o presente y para ver su estado dominante —su privilegio— como natural y aún invisible. En lugar de conocimiento y aceptación del privilegio blanco, muchos blancos muestran ignorancia: «¿Pero de qué privilegios hablas? Yo no los detecto».

El problema surge cuando tal ignorancia se convierte en una herramienta de aceptación social. Al negar la injusticia se hace innecesario enfrentarla, se convierte entonces en problema de «los otros».  Un problema añadido es que esa vanguardia cultural es un auténtico despropósito y luego descubriremos los porqués.

Charles Mills, en su libro The Racial Contract, argumenta que esta ignorancia produce el irónico resultado de que los blancos en general serán incapaces de comprender el mundo que ellos mismos han creado. La clase trabajadora blanca escucha estas historias, pero muchos optan por ignorarlas y castigar a las minorías por culpar al hombre blanco de todos los problemas. El problema no es que algunos blancos carezcan de un punto de vista adecuado para ver su privilegio, sino que desde su punto de vista han elegido evitar su mirada.

El hecho de vivir en una burbuja ha impedido ver a la sociedad blanca aprender sobre el mundo que les rodea y es aquí donde se encuentran con un problema mayúsculo. Ya en un artículo de 2012 publicado en el New York Review of Books el poeta Charles Simic declaraba que estamos viviendo en la Era de la Ignorancia. Gente que no sabe diferenciar entre Sadam Hussein o Bin Laden; gente que no sabe cuándo fue la guerra civil en España; gente que no sabe cómo funciona un sistema parlamentario; gente que si les corriges las faltas de ortografía se enfadan y contestan «¿pero se entiende, no? eso es lo importante»; gente que tiene como referentes culturales a cantantes que dicen «arsa quillo tras tras» y que además dicen haber revolucionado el flamenco; youtubers; instagramers o monologuistas… Y claro, te tienes que reír.

Una sociedad que no es consciente de que les roban, los ningunean y no reaccionan. ¿Han visto alguna vez esas imágenes en blanco y negro de jóvenes en España a finales de los sesenta, principios de los setenta corriendo delante de los grises reivindicando derechos?  y, ¿han visto a las abuelas y abuelos en las manifestaciones por las pensiones hoy día? Pues son exactamente las mismas personas pero con cuarenta años de diferencia. ¿Y entonces los de ahora? Los de ahora están en Twitter llamando a los gitanos «ofendiditos» y haciendo memes… o monólogos.

Y es que la parte blanca de la sociedad española, tiene un problemón. Porque por un lado carecen de reflexión crítica propia y por otra, los pocos referentes políticos y culturales les fallan. Un ex presidente que no sabía muy bien quien es el vecino y quien elige al alcalde, o un señor mayor, ex dirigente del partido comunista español, defendiendo las políticas excluyentes de la Italia de Salvini.

La falta de interés, la falta de conocimiento y la falta de empatía hacen de esta sociedad una anomalía que va en contra de la naturaleza humana. Ya lo decía Aristóteles hace muchos siglos, el ser humano es Zoon Politikón (ζῷον πολιτικόν), una propiedad inherente a la humanidad que está predispuesto a la sociabilidad puesto que el hombre por naturaleza es una animal social que vive con otros y que sólo puede alcanzar el bien común con el diálogo y la deliberación, ya que como el mismo Aristóteles señalaba, el hombre es el único zoon logon ekon (ζῷον λόγον ἔχον).

Y es que la política no está sólo en el Congreso o los Parlamentos, sino que es todo lo que nos rodea, cualquier acto, incluso el negarse a ir a votar, comprar una barra de pan o pagar el recibo de la luz, es política.

Pero, ¿cómo los ciudadanos cívicos o literalmente, los animales políticos pueden alcanzar la virtud, la justicia mediante la relación con los otros en la Polis, en la sociedad, si no saben hacer política, si no saben convivir? ¿Cómo esta sociedad donde la ignorancia es la reina y que llama «ofendiditos» a los que tienen un pensamiento crítico puede avanzar hacia algún lugar?

Ya en el año 2000 el entonces director de la Real Academia de la Historia, Gonzalo Anes, señalaba que la ignorancia de muchos jóvenes era aterradora, cuando hablaba de las primeras generaciones de la LOGSE y señalaba algo muy inquietante: «La anulación de todo aquello que nos une; la exaltación y la visión sesgada de lo que nos separa, la ignorancia, en suma, y la falta de memoria histórica resultan peligrosos. Son el caldo de cultivo del racismo y la xenofobia. Y eso es, desgraciadamente, lo que parece que está ocurriendo». Hace dieciocho años de estas palabras…

Pero «los otros», como les gusta llamar a los blancos a aquellos que no son de su mismo circulo, están, por el contrario, en las antípodas de esta corriente del culto a la ignorancia. Esos gitanos «ofendiditos», esas mujeres negras que tienen la piel muy fina y que no les puedes hacer comentarios de su pelo, esos maricones que se afrentan por chistes de maricones, todos esos, son los que están haciendo su trabajo. Todos estos son los que están siguiendo ese precepto aristotélico, son zoon politikón. Los gitanos son Roms politikón.

Esto tiene dos caras: una positiva y otra negativa. Cuando la sociedad blanca, consciente o no de su ignorancia ve peligrar sus privilegios sin saber por qué, se enroca en una posición conservadora apelando a tiempos pasados, a ideales nacionalistas y arraigo identitario.

Personas de mediana edad y jóvenes que han perdido la perspectiva global de lo que les rodea, idealizan una sociedad donde ellos siempre han sido los protagonistas y todo aparentemente era mejor. Y cuando esto pasa, cuando se le dice a toda una comunidad de personas que valen menos, es normal que esa comunidad cuestione los valores del acusador, como hago yo ahora mismo.

Cuando se les dice a las mujeres que sus reivindicaciones sociales y sus protestas contra las violaciones son una broma o una exageración, no se sorprendan si esas mismas mujeres se revelan y se manifiestan y se hacen más fuertes.

Esta sociedad blanca desinformada entiende que el auge de los unos significa la destrucción de ellos mismos y, por ende, no conciben en ningún caso que todo puede coexistir y armonizarse, dando lugar al auge de movimientos populistas de extrema derecha que calan en la sociedad con un mensaje vacío y que la solución a todo es señalar a un culpable y destruirlo.

Pero al mismo tiempo existe otro tipo de racismo subyacente a esta sociedad desquiciada, un soft racism, un racismo cuqui como a mí me gusta llamarlo, que es cuando alguien (blanco, occidental) dice algo con un suave trasfondo racial sobre algún colectivo que no pretende ser peyorativo, pero a menudo sale de una manera que puede hacer que otros se sientan incómodos y levemente avergonzados. Y este es igual de peligroso que el racismo flagrante y violento. Porque la sociedad blanca no entiende que no se puede ser sólo «un poco racista» y piensa que racistas eran los nazis, Trump, Le Pen o Salvini, que ellos no pueden ser racistas porque cómo van a ser racistas ellos que son muy buena gente y se levantan muy temprano…

Fragilidad blanca lo llama la Doctora Robin Di Angelo, donde describe la actitud defensiva incrédula que exhiben los blancos cuando sus ideas sobre la raza y el racismo son cuestionadas, y especialmente cuando se sienten implicados en la supremacía blanca.

Fíjense que, mientras la sociedad blanca se empeña en seguir quejándose de que vulneran sus derechos (disculpen que me ría) y hace memes graciosísimos, el activismo gitano, negro, LGTBIQ o el de cualquier minoría discriminada, sigue haciendo su trabajo. Va en auge en educación, en cultura, en compromiso social y político, en conciencia humana. Toman las calles, las universidades y los medios a su alcance.

No olviden que hace cincuenta años, nadie imaginaba a un negro en la Casa Blanca, o a una mujer en la Cancillería alemana, o un alcalde de Londres de origen paquistaní del suburbio de Tooting… Pero la determinación, el compromiso y la lucha de unos pocos, enganchó a muchos otros y se unieron por una causa justa con negros, mujeres, inmigrantes…

Pero como decía, también hay una parte positiva sobre la ignorancia blanca, y es que no sería justo catalogarla en su conjunto como tal. Muchas y muchos son los que han entendido el dinamismo de la sociedad actual y están de lado de la causa que consideran justa, porque entienden que el racismo y la desigualdad no es solo un asunto del que sufre racismo o desigualdad, sino que es un problema de todos.

Mientras las sociedad blanca se empeñe en soltar sus «white tears», sus «not all men», sus «perdón por ser hombre», sus «es que ya no se pueden hacer chistes de gitanos, ni de maricones, ni gangosos», sus «no soy racista, pero», los oprimidos se vuelven más fuertes, los silenciados gritan cada vez más fuerte.

Escribía, no sin su halo polémico habitual el periodista Nassim Taleb, una teoría que venía a decir que «basta con que un tres o un cuatro por ciento de la población mantenga sus preferencias con cierto nivel de intolerancia para que toda la sociedad acabe por someterse a esas preferencias».

Taleb plantea la posibilidad de que exista un punto de inflexión en lo que el cambio social se refiere.

Un estudio reciente cuantificó en una serie de experimentos el tamaño de esa minoría, el 25%. A partir de ese porcentaje, el cambio acabará por convencer a la mayoría. Las normas sociales pueden ser cambiadas por solo un cuarto de un grupo, da igual si son diez o diez mil, cambiar los comportamientos, creencias y normas de todo un grupo es difícil, pero nuevas investigaciones revelan que para hacer eso, tan sólo necesitamos convencer al 25% para comenzar un persuasivo efecto dominó. (Centola, D., Becker, J., Brackbill, D., & Baronchelli, A. 2018).

Taleb hablaba de la intransigencia de determinadas minorías (no culturales, si no grupales, minorías en número). Yo doy un paso más allá, seamos conscientes de ese 25% y hagamos algo positivo. Seamos intolerantes hacia la estupidez blanca, pero haciendo uso de una intolerancia educativa que forme pensamiento crítico en la sociedad, porque así, poco a poco, manteniendo unos niveles altos de rechazo y repugnancia a lo injusto, podemos hacer el mundo más justo.

Mientras tanto, los que sigan enrocados en la estupidez, por favor, que nos sigan llamando «ofendiditos» y que hagan memes y monólogos graciosísimos, no olviden que cuanto peor mejor para todos, y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí… o algo así.

 

*Imagen: Reuters

España, la gran ausencia en el debate europeo contra el antigitanismo

by Ismael Cortés Gómez

Comisión antigypsyism

El pasado 18 de octubre, por primera vez, los miembros de los parlamentos nacionales fueron invitados por el Parlamento Europeo para discutir los derechos fundamentales de los Romaníes, poniendo el foco en la lucha contra el antigitanismo. A este Debate Interparlamentario asistieron representantes de prácticamente todo el espectro político. Incluyendo, además de a los países miembros de la Unión Europea (UE), a dos países candidatos: Montenegro y   Kosovo. Se hicieron notar, lamentablemente, dos grandes ausencias: España e Italia.

El caso de Italia era en cierto grado previsible, debido a la sensibilidad mediática que ha provocado el “plan Salvini”: fichar a los gitanos indocumentados para expulsarlos del país. Ante lo cual, ningún partido ha propuesto un plan firme de oposición al neofascismo de la Liga Norte, a excepción de vagas alusiones a la defensa constitucional de los derechos fundamentales, que (idealmente) harían inviables este tipo de prácticas.

El caso español, sin embargo, suscita una perplejidad mayor. España se proyecta a sí misma como un modelo de inclusión con los gitanos: ¿por qué rehuir entonces del debate sobre el antigitanismo? Debates como el que tuvo lugar el pasado jueves en Bruselas, nos obligan a desempolvar las lentes y escrutar la realidad política con mirada crítica. Respecto del caso español, las antropólogas de origen romaní Ostalinda Maya y Anna Mirga, nos recordaban en El mito de la inclusión del pueblo gitano (El Mundo, 2014), que las cosas no son tal y como las  autoridades gubernamentales quieren hacerlas ver. Como recordaban las autoras: “Únicamente el 5% de los niños de etnia gitana finalizan lo estudios superiores del ciclo secundario [en España]. Los datos estadísticos son, si cabe, más chocantes cuando se considera que España está por debajo de países europeos menos desarrollados como la República Checa (30%), Hungría (22%), Rumanía (10%) y Bulgaria (9%).”

En esta línea de crítica, en febrero de 2018, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI), establecida por el Consejo de Europa, publicó un informe sobre España que señaló tres recomendaciones prioritarias: 1. Medidas urgentes para incrementar el porcentaje de niños y niñas gitanas que terminan la educación obligatoria. 2. El fin de la segregación urbanística, que ha dado lugar a guetos racializados que reproducen la segregación escolar de los niños y las niñas gitanas. 3. La creación de un Organismo Independiente de Promoción de la Igualdad y la Lucha contra la Discriminación, que no esté vinculado ni al gobierno ni a otros organismos públicos o privados dependientes del mismo.

Soraya Post, la europdiputada de origen romaní que organizó el Debate Interparlamentario del pasado jueves, expresó un fuerte llamado a los participantes: “Hace un año, el Parlamento Europeo aprobó mi informe sobre los aspectos de los derechos fundamentales en la integración de los romaníes en la UE, que ofrece recomendaciones programáticas y legislativas para luchar contra el antigitanismo. Espero que la reunión de la Comisión Interparlamentaria de hoy apoye a los Estados miembros, para que comiencen a tomar en serio sus responsabilidades».

Cabe pues aclarar, en qué consiste la Resolución del Parlamento Europeo sobre los aspectos de la integración de los gitanos en la Unión Europea relacionados con los derechos fundamentales: combatir el antigitanismo (25 de octubre de 2017).

La resolución, que yo mismo asesoré junto a otros analistas, propone un conjunto de 58 medidas que podrían llevar a una política compartida: para que los Estados miembros de la UE combatan el antigitanismo, estudiando sus raíces históricas, trazando paralelos a la infame historia de antisemitismo en Europa. Hasta que apareció la resolución, el «problema de los Romaníes» se había abordado simplemente como: el “atraso” de un subgrupo cultural que necesita urgentemente transformar sus propias costumbres, para integrarse en las dinámicas de la modernidad europea; sobre todo, a través del empleo y la educación. De esta manera, los respectivos gobiernos se comprometieron a apoyar la “inclusión de los gitanos”, al tiempo que permanecieron en silencio ante el racismo anti-gitano profundamente enraizado en las sociedades europeas.

En nuestra opinión, todas las políticas sociales para los romaníes resultarán infructuosas si no están respaldadas por un compromiso para combatir la discriminación racista. Actualmente, la Comisión Europea está evaluando los resultados de los Marcos Nacionales para la Inclusión de la Población Gitana. Los resultados de esta evaluación (idealmente) servirán para rediseñar los futuros marcos de políticas públicas. Creemos que el Marco de la UE para la Inclusión de la Población Gitana, después de 2020, debe someterse a una reforma profunda: en la que cada medida encaminada a la inclusión vaya acompañada de medidas para combatir la discriminación.

Se necesita un enfoque antirracista, para todas y cada una de las nuevas áreas de inclusión que entendemos deberían estar implicadas: inclusión educativa, inclusión laboral, inclusión residencial, inclusión sanitaria, inclusión cultural, inclusión mediática, inclusión científica e inclusión política. Las autoridades competentes de los Estados miembros de la UE deben estudiar, de manera rigurosa, qué factores están impidiendo la inclusión de la Población Gitana en cada una de las áreas mencionadas.

La expansión de los actuales objetivos de los marcos de inclusión, requerirá un aumento importante de los fondos de la UE asignados a la cuestión Romaní. Y la financiación ya existente requiere un gasto más efectivo. La preparación del próximo Marco de Financiación Multianual de la UE ofrece una oportunidad extraordinaria para reformar las normas de gasto de los fondos de la Economía Comunitaria, y priorizar el antirracismo en los programas de la UE.

En los tiempos presentes, cuando la Unión Europea está lidiando con su propia crisis de identidad, el combate contra el antigitanismo debe verse como parte de una batalla más amplia contra la amenaza del neofascismo etnonacionalista. Garantizar el tratamiento no discriminatorio de 6 millones de ciudadanos Romaníes sería una buena manera para que la UE afirme sus valores fundamentales. En este sentido, las próximas elecciones ofrecen una ocasión muy concreta para comenzar a pensar programas políticos alternativos. Esperamos que la UE no pierda esta oportunidad.