Gitanadas que (re)salvarán el mundo
por Antonio Cortés
Nuestra resistencia era marginal. Ahora lo llaman tendencia
Desde hace un tiempo observo una tendencia paradójica en la sociedad mayoritaria: una creciente atracción hacia estilos de vida y filosofías que guardan un asombroso parecido con las prácticas ancestrales del Pueblo Gitano. Lo que antes era estigmatizado y considerado marginal, hoy es celebrado como innovador y progresista cuando es adoptado por la cultura dominante. Esta observación, contundente y anclada en la realidad, me invita a reflexionar sobre la compleja relación entre la sociedad mayoritaria y la visión gitana del mundo.
No estoy escribiendo esto movido por el resentimiento, sino a partir de la evidencia. Lo que sigue es un compendio –lluvia– de ideas políticas de denuncia estructural, sí, pero también una invitación a reconocer lo que siempre estuvo, a nombrar la asimetría con precisión, y a debatir todo esto, idealmente en una buena sobremesa, después de comer bien algún puchero con personas que se traten con respeto.
Una sabiduría que siempre estuvo aquí
Lo afirmo de manera rotunda. La propia realidad me da la razón: la perspectiva gitana sobre la sociedad y la vida comunitaria no es una novedad, sino una sabiduría ancestral que se nos ha intentado arrancar de nuestra cultura y ha sido expropiada por «modas» impuestas. O, en ocasiones, apropiada sin el debido reconocimiento. Sus fundamentos se asientan en principios sólidos de vida colectiva, apoyo mutuo y una comprensión holística de la existencia que precede a muchas de las tendencias actuales.
Históricamente, el Pueblo Gitano ha practicado formas de vida que hoy son consideradas «innovadoras»: la vida nómada –actual movimiento de nómadas digitales–, la crianza comunitaria como las corralas andaluzas –actual tendencia de cocrianza cooperativa–, los sistemas de apoyo mutuo –economía colaborativa, entre otras–, y la flexibilidad laboral –búsqueda actual de conciliación trabajo-vida– son ejemplos claros. No afirmo que estas tendencias modernas deriven directamente y en exclusiva de la cultura gitana, pues otras tradiciones comunitarias, desde los pueblos originarios americanos hasta las culturas campesinas mediterráneas, comparten raíces de resistencia similares. Lo que sí afirmo es que cuando estas prácticas están en nuestra cultura, se las llama atraso. Cuando aparecen en la cultura dominante, se las llama innovación. Esa asimetría no es casual. Es estructural.
Desde la romantización de «lo gitano» hasta su estigmatización, se ha generado un ideario payo de lo que debe o no debe ser gitano. Raíces ancestrales, algunas redescubiertas en la modernidad, adaptadas a las necesidades del capitalismo –y por el capitalismo– y con nombres molones en inglés.
La doble moral: lo mismo, pero diferente precio según quién lo lleve
Sin embargo, en este «redescubrimiento» se esconde una doble moral preocupante. Las mismas prácticas que fueron –y siguen siendo– estigmatizadas como «marginales» o «atrasadas» cuando provienen del Pueblo Gitano, son celebradas como progresistas e innovadoras cuando las adopta la sociedad mayoritaria. Esta dinámica refleja una apropiación cultural problemática, y los ejemplos están a la vista de quien quiera mirar.
La movilidad con caravanas queda relegada al ocio, siendo algo muy cool, pero se ve coartada para tantas personas trabajadoras que, por la avaricia de algunos, no pueden optar a una vivienda en alquiler asequible o en compra, como ocurre por ejemplo en Ibiza. Queda muy bien en Instagram, pero muy mal para las arcas públicas y sus impuestos.
Mientras en ciudades como Barcelona se conquistan las calles con la incursión de las superillas –da gusto ver gente leyendo en la calle, charlando, VIVIENDO– y la pacificación de arterias de movilidad, en Badalona se requisa mobiliario personal urbano en barrios guetizados desde la propia institución, negando así la crianza conjunta, los cuidados y el contacto entre personas del mismo barrio. Solo hay que darse una vuelta por barrios pudientes de las distintas ciudades de este país para contrastar la diferencia de recursos y medios entre unos y otros: lo gitano es excluido, mientras que lo progresista es aceptado, incluso si ambos provienen de la misma raíz y buscan el mismo fin. La diferencia no está en la práctica. Está en quién la practica.
Ah, y otro día hablamos del trabajo de chatarrero cuando eres una persona gitana, y del de trabajadora medioambiental cuando eres una persona paya. Siglos de dedicación al medioambiente y a la economía circular –reutilizar, reparar, generar con poco impacto, como los canastos de mimbre, unas prácticas, por cierto, muy gitanas– para ver cómo este ámbito es ahora monopolizado por grandes empresas. Estas, sin embargo, no reconocen ni valoran nuestra experiencia a la hora de contratar, ofreciendo solo trabajos precarios, mal remunerados y sin estabilidad. El conocimiento se aprovecha. La persona que lo porta, no.
Keras buti: trabajar para vivir, no al revés
Más del ochenta por ciento de la población catalana apoya la reducción de la jornada laboral, buscando más tiempo para el ocio y la familia. Que baje Dios y lo vea si esto no es una forma gitana de afrontar la vida. Keras buti. Hacer cosas.
Esta perspectiva, que prioriza trabajar para vivir y no al revés, comparte paralelismos con las filosofías de vida precapitalistas presentes en diversas culturas, como ya comenté, que valoramos el «hacer cosas» por encima de la acumulación sin sentido, como se refleja en la expresión keras buti –como ya habrán entendido algunos al leer la expresión romaní.
No pretendo arrogarme el papel de antropólogo o lingüista, pero esta «priorización de acciones» tiene consecuencias políticas muy concretas. Es exactamente lo que Pastora Filigrana desarrolla en El Pueblo Gitano contra el sistema-mundo cuando afirma que el Pueblo Gitano no es una minoría a proteger, sino un sujeto político con una crítica estructural al capitalismo que muchos movimientos progresistas aún no han sabido escuchar. El keras buti no es pereza ni desorganización: es una impugnación práctica y cotidiana del mandato productivista. Una impugnación que llevamos practicando siglos antes de que nadie le pusiera nombre académico.
Las recientes propuestas del Ministerio de Trabajo –los nuevos permisos de cuidados, fuerza mayor, los relativos a los riesgos meteorológicos y a un posible permiso por defunción de diez días– actúan como un potente catalizador para el pensamiento crítico sobre nuestros valores sociales. No son solo medidas técnicas. Son preguntas disfrazadas de decretos: ¿qué priorizamos como sociedad? ¿La productividad o las personas?
El duelo no es un trámite: la rromipen como modelo de cuidados
Al analizar estas medidas desde la óptica de la atención, los cuidados y la gestión del duelo –que inevitablemente incluye la pesada carga de los trámites administrativos–, la perspectiva de la rromipen no solo es una alternativa válida a la norma de la sociedad mayoritaria. En este contexto particular, se revela como más acertada y profundamente humana.
Como gitano, propongo ampliar los permisos de acompañamiento familiar, como mínimo, hasta el tercer grado de afinidad o consanguinidad. Esto es crucial para poder asistir a nuestros seres queridos de una manera más ética. Aunque no tengo descendencia directa, sí tengo tías y sobrinas que a veces requieren de mi atención. Actualmente me resulta imposible cuidarlas adecuadamente porque no dispongo de los permisos ni las facilidades necesarias. Es imperativo que el legislador considere esta ampliación, siguiendo el precedente ya establecido con la inclusión de las personas convivientes en normativas anteriores. No pido un privilegio. Pido que la ley reconozca lo que ya existe: que las familias tienen formas diversas y que todas merecen protección.
Para nosotras, la clave reside en la jerarquía de valores: el rromipen prioriza de manera incondicional el cuidado de la comunidad y el individuo sobre otras consideraciones, como la productividad o el ritmo incesante del engranaje socioeconómico capitalista. Los cuidados –incluido el duelo– son un proceso comunitario. La presencia y el apoyo incondicional son vitales.
Contrastando esto con la sociedad mayoritaria, la conclusión es sencilla y poderosa: mientras mi cultura prioriza el cuidado, la vinculación afectiva y la gestión pausada del dolor, la otra –con su limitada provisión de tiempo y recursos para el duelo– parece priorizar sutilmente el consumo y la eficiencia por encima de la salud emocional y social de sus integrantes. La propuesta de diez días, si bien es un avance, subraya la insuficiencia del reconocimiento institucional del duelo en un contexto que habitualmente relega los procesos emocionales complejos a la esfera privada y de rápida superación. Diez días para enterrar a alguien, rehacer el mundo interior y volver a producir. Eso no es gestión del duelo. Es gestión de la ausencia a tu engranaje en el sistema capitalista.
Apropiación sin reconocimiento: coger el fruto sin plantar el árbol
Esta dinámica del «sí pero no» refleja una apropiación cultural problemática: se toman o replican elementos de la cultura gitana sin reconocer su origen ni comprender su verdadero significado, cayendo en otros sesgos y discriminaciones en aras de la realidad androcentrista –entre otros «istas»– predominante.
Después de más de seiscientos años en este territorio, podrían habernos copiado antes. Y si van a hacerlo, que sea con reconocimiento, con reparación y con respeto a la sabiduría y las contribuciones del Pueblo Gitano a estas formas de vida comunitaria y sostenible, que hoy más que nunca demuestran su valor y vigencia, en vez de habernos estereotipado para menospreciar nuestra cultura «ahora» tan envidiada.
Es fundamental nombrar también que esta apropiación no ocurre en el vacío. Los discursos de odio y el racismo persisten, inmutables. Tanto hoy como hace más de seiscientos años, la voz y la aportación de las personas migrantes, disidentes, provenientes de los márgenes del poder, sigue siendo ignorada y difamada, bien sea por la desinformación o el desconocimiento, o bien por el simple hecho de ser diferentes.
Y aquí es donde la historia nos obliga a ser más contundentes. Numerosas historiadoras sostienen que la diáspora de nuestro Pueblo se originó con la huida de conflictos bélicos. Como etnia, hemos padecido esta penuria de forma constante a lo largo de nuestro viaje, siendo la Segunda Guerra Mundial el ejemplo más cruel. Somos, en parte, hijas de quienes huyeron de la guerra o resistieron ante ella. Rafael Buhigas, Doctor en Historia, ha documentado con rigor académico algo que la historia oficial ha preferido silenciar: que cuando el Pueblo Gitano se ha organizado políticamente, atravesando distintos espectros de la izquierda –desde el comunismo libertario hasta el socialismo–, ha evidenciado una capacidad de articulación política propia que va mucho más allá del estereotipo de pueblo ajeno a lo colectivo. Su trabajo Una reflexión sobre el anarquismo gitano demuestra que estas formas de organización horizontal, asamblearia y autónoma no son una novedad importada de la teoría política contemporánea: son prácticas propias, con historia propia, que preceden y enriquecen cualquier teoría de la emancipación. Buhigas pone nombre académico a lo que muchas gitanas hemos vivido siempre como sentido común. Una historia de resistencia que incluye, inevitablemente, la resistencia ante la guerra. Por ello, solo tenemos una cosa que afirmar: NO A LA GUERRA. A ninguna. Ni cuando tiene bandera reconocida, ni cuando la víctima no sale en los titulares. La visibilidad del sufrimiento también tiene jerarquías. Y esas jerarquías también son racismo.
El poder de nombrar: el caló no es un argot, es una lengua
Eso también es gitano. Hablar de las cosas y del lenguaje que utilizamos. Y ya que hablamos de lenguaje, permitidme ir a un ejemplo concreto y urgente, que merece más espacio del que habitualmente se le concede.
El caló –nuestra habla de resistencia en la península, variante del romaní, lengua viva y con siglos de historia– sigue apareciendo definido como «lengua de ladrones» o «argot marginal» en plataformas como el Diccionario de la Lengua Catalana del Institut d’Estudis Catalans o la Gran Enciclopèdia Catalana. Que aún instituciones de referencia académica sigan perpetuando estas definiciones dice mucho de quién tiene el poder de nombrar y de quién sigue siendo nombrada por otras.
Porque el lenguaje es política, sí. Y cuando esa política se ejerce desde el diccionario, el daño es igual de real que cuando se ejerce desde una ley. Reducir nuestra habla a un argot de criminales no es un error tipográfico ni un descuido histórico. Es una decisión política. Una decisión que durante siglos ha colocado al Pueblo Gitano en el lugar de la sospecha, de la marginalidad, de lo que hay que corregir o erradicar.
Esa decisión tiene consecuencias materiales. Un niño gitano que crece escuchando que su lengua es «de ladrones» no solo pierde un idioma. Pierde una forma de entender el mundo, de nombrar el afecto, de transmitir memoria. La violencia lingüística no deja moratones visibles, pero deja huella. Y mientras esas definiciones siguen ahí, en mayúsculas institucionales, nosotras seguimos exigiendo lo mismo de siempre: que la comunidad gitana sea protagonista activa de cómo se nos nombra, cómo se nos define y qué lugar ocupa nuestra cultura en la historia compartida de este país. No receptoras. No consultadas a posteriori. Protagonistas. Porque ya está bien de que otros decidan por nosotras, algo poco gitano por cierto.
Agitanarse: una propuesta política y vital
La sociedad se está «agitanando» progresivamente, dándose cuenta de que ya no funcionan un ascensor social fracturado, unas expectativas de vida desajustadas frente a la escasez actual de recursos –sin olvidar la imperiosa necesidad de regular el acceso a la vivienda–, ni una digitalización acelerada que no garantice un retorno y una distribución justa de la riqueza generada.
No soy la primera persona en decirlo, ni lo digo sola. Silvia Agüero y Nicolás Jiménez llevan tiempo trabajando en esta idea desde su proyecto «Pretendemos Gitanizar el Mundo», una propuesta que va exactamente en esta dirección: reivindicar la cultura gitana no como reliquia del pasado ni como exotismo de consumo, sino como una forma válida, vigente y necesaria de estar en el mundo. Una forma que, como vengo argumentando, muchos están redescubriendo sin saber –o sin querer reconocer– de dónde viene. Y junto a ellos, Filigrana y Buhigas nos recuerdan que lo gitano tiene pensamiento propio, historia propia y futuro propio. Este texto les debe parte de su columna vertebral.
Agitanarse tiene un contenido concreto. No es una metáfora vacía ni una moda pasajera. Es un programa vital con implicaciones políticas precisas. Significa valorarse y cuidarse más colectivamente, desde la convicción de que «si una pierde, nadie gana». Significa reducir la dependencia de los intereses del poder y cuestionar los dogmas del modelo considerado «mayoritario». Significa apoyar la ampliación de los permisos de cuidados para que la ley reconozca las familias tal como son, no tal como el Estado quisiera que fueran. Significa exigir que los diccionarios corrijan sus definiciones, porque nombrar bien es también una forma de justicia. Significa reconocer, cuando se adopta una práctica comunitaria, de dónde viene y a quién se le negó durante siglos. Significa unirse a hacer gitanadas a nuestro lado: vivir con más presencia, con más comunidad, con menos prisa y con más sentido.
Y significa, también, no abrazar pensamientos individualistas, negacionistas de la diversidad, contrarios al estado del bienestar o directa y abiertamente fascistas. Porque agitanarse es lo contrario de eso.
Algo que del feminismo –el que incluye etnias, disidencias y rebeldía– aprendo constantemente es que lo personal es político. Cómo cuidamos, cómo lloramos, cómo trabajamos, cómo nos movemos y cómo nos nombramos no son decisiones privadas: son actos políticos. Por ello, me alegra que la sociedad en general se esté agitanando. Y espero que lo haga con conciencia de lo que eso significa: no tomar el fruto sin plantar el árbol. No celebrar la práctica sin reconocer a quienes la sostuvieron cuando nadie aplaudía.
Este texto es, reconozco, una lluvia de ideas. Un primer mapa trazado a mano, con algunos borrones y muchos caminos abiertos. Cada uno de los temas que aquí aparecen –el keras buti, la rromipen como modelo de cuidados, el perfil sindical y político en el Pueblo Gitano, la violencia lingüística, el agitanarse como programa político– merece un desarrollo propio, más pausado y más profundo. Es mi intención volver sobre cada uno de ellos de manera individualizada en un futuro no muy lejano, con más espacio, más fuentes y más conversaciones de por medio. Porque estas ideas no se agotan aquí. Apenas empiezan.
La rromipen no es una moda. Es una forma de estar en el mundo que lleva siglos demostrando que otro modo de vivir es posible. Una forma que resistió la persecución, el silencio institucional, la violencia lingüística y la apropiación sin nombre. Que sobrevivió porque era más fuerte que todo eso. Ya era hora de que el resto lo fuera viendo.
Seamos cada día más gitanas, que resistiremos mejor y ganaremos más.

