El Archivo, la Narrativa y la Memoria. La Historia como arma contra el Antigitanismo de Estado

por Ismael Cortés Gómez

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El 16 de mayo, las principales ciudades europeas celebran la Fiesta de la Insurrección Gitana. Esta efeméride conmemora la sublevación de 1944, que supuestamente habría tenido lugar en la sección BIIe de Auschwitz-Birkenau, el conocido como Zigeunerfamilienlager (campamento de la familia gitana); el único módulo compartido por hombres, mujeres, ancianos y niños. Se cuenta que la noche del 16 de mayo, organizadas como una milicia interna, las familias gitanas se enfrentaron a los guardias de las SS – la policía militar encargada de vigilar los campos de concentración –, ya dispuestos a aplicar la solución final, la aniquilación de todos los gitanos y gitanas presentes en el campamento. Las familias gitanas habrían construido barricadas en el interior del módulo, y se habrían armado con útiles de trabajo para resistir luchando hasta las últimas consecuencias. Como resultado, repelieron el plan asesino de los esbirros de Himmler, ejecutado inexorablemente el 2 de agosto de 1944.

Originalmente impulsada desde Francia por grupos de la sociedad civil gitana, La Fête de l’Insurrection Gitane ha generado un debate teórico más allá de las fronteras francas. El dilema nuclear podría formularse así: las estrategias políticas de resarcimiento simbólico pueden resultar contraproducentes cuando los fundamentos del Antigitanismo de Estado permanecen incólumes.

A pesar del éxito político de la narrativa de la Insurrección, desde un punto de vista científico, está por demostrar lo que realmente ocurrió la noche del 16 de mayo de 1944. Lo que sí está demostrado es la colaboración de la Francia de Vichy con el III Reich (1940-1944), y la implicación del  mariscal Philippe Pétain en la persecución de los enemigos internos del Estado francés: gitanos, judíos, comunistas y homosexuales. En el París de los años 40, la policía francesa estableció una íntima colaboración con la Gestapo y las SS, que fue crucial para enviar a los enemigos a campos de trabajo de esclavos (ubicados en el propio territorio francés) y a campos de exterminio (ubicados en Polonia). Parecidos ejemplos de colaboracionismo ocurrieron en Bélgica, Países Bajos, Grecia, Croacia, Eslovaquia, Hungría y Noruega. El revisionismo oficialista, sin embargo, se ha ocupado de borrar progresivamente estos episodios de la memoria nacional en todos estos Estados. Lo cual conlleva una completa impunidad.

No obstante, la  Resolución del Parlamento Europeo sobre el Antigitanismo (25 de octubre de 2017), con el objeto de iniciar un proceso de reconciliación entre la minoría gitana y los Estados de la UE, insta a la Comisión Europea a que “en aras de instaurar una confianza mutua que resulta fundamental, cree una comisión de la verdad y la reconciliación con objeto de reconocer la persecución, exclusión y repudio de los gitanos a lo largo de los siglos, a que documente esta situación en un libro blanco oficial, y a que cuente con la participación del Parlamento Europeo y de expertos romaníes en la realización de esta labor.”

Esta Comisión de la Verdad implicaría, como en el caso paradigmático de Sudáfrica, la construcción de una memoria de Estado en que la narrativa resultante estaría apoyada en archivos oficiales y en testimonios de las víctimas; y que abriría la veda a un proceso de justicia restaurativa, que debería traer medidas concretas de protección para una minoría étnica que como consecuencia de su historia, en el presente se enfrenta a: la falta de acceso o de igualdad de acceso a infraestructuras y servicios públicos; la denegación de la igualdad de derechos y de trato; la falta de presencia de gitanos/as en la formulación de políticas y en procesos de producción de conocimiento; o a su infrarrepresentación en organismos oficiales en todos los niveles de la sociedad.

Con este propósito, habría que distinguir entre narrativas ‘líquidas’ sin fundamento en los archivos oficiales o en los testimonios de los protagonistas (con mayor o menor arraigo en el imaginario del activismo cívico) y narrativas ‘sólidas’ fundamentadas en los archivos y en los testimonios. En las modernas sociedades del conocimiento, son el segundo tipo de narrativas las que adquieren fuerza de ley, apoyándose en el debate científico en tanto que instancia legitimadora de las normas que regulan la convivencia social, e instancia definitoria del horizonte de justicia hacia el que avanzar. En este marco de interpretación, la memoria oficial de los Estados democráticos pasa a ser, simultáneamente, un asunto epistémico, jurídico y político; en el que, como nos advertía Jacques Derrida en el Mal de Archivo, los símbolos manifiestamente reconocidos ocultan una historia reprimida que esconde un mal radical.

La Historia de la Diáspora Gitana en Europa se enfrenta ante esta encrucijada en la era del activismo digital transnacional: luchar por construir una narrativa sólida en tiempos de acción comunicativa líquida (o gaseosa), donde los mensajes se transforman a velocidad de vértigo y la obsolescencia programada de los discursos que compiten en la red no penetran en las raíces de los fundamentos del Antigitanismo de Estado.