Envidia y vergüenza: una visita a Lety

by Miguel Ángel Vargas

Memorial_Lety

Crónica de una visita al memorial del antiguo campo para romaníes de Lety u Písku, en la República Checa. Profunda envidia y profunda vergüenza: eso sentí en Lety, el antiguo campo para romaníes de la República Checa convertido hoy en memorial tras décadas de lucha de las familias. Una crónica sobre lo que ese lugar enseña y lo que España todavía debe a sus muertos.

El autobús

En mayo de 2026 viajé por primera vez a la República Checa para participar en dos seminarios en Praga: uno de la Academia Checa de Ciencias y otro de la Central European University. Tiempos académicos, debates, compartirse. Vivir, por unos días, en la fantasía de la camaradería académica, sin perder de vista de dónde parte uno. El programa de la Academia incluía una visita a Lety. Y aunque hubiera sido quizá deseable quedarse en Praga, disfrutar, o no, del Khamoro Festival 2026, este que les escribe decide meterse una dosis de recuerdo, memoria pública y dolor. El dolor por nuestros hermanos. Un autobús nos lleva desde Praga: somos quince o veinte investigadores de distintos países, reunidos en este seminario sobre los usos de la imagen de los gitanos. Y yo era, si no recuerdo mal, la única persona gitana del grupo. No es un reproche; es una pregunta que me hago desde hace años: quién visita, quién explica, quién recuerda. A nuestra gente no suele gustarle acercarse a los espacios de la Muló, de los muertos.

Lety era el tercer campo que visitaba. En 2009, de gira con Flamenco Hoy, de Carlos Saura, estuve en Auschwitz. Años después, en uno de mis viajes a Berlín, fui a Sachsenhausen con Nicolás Jiménez. Lety lo conocía, sin embargo, por la campaña para exigir al Estado checo que desmantelara la granja de cerdos instalada sobre el campo en los años setenta. Sabía el nombre y sabía la pelea. Mayo nos regalaba un abrasador sol de justicia. Lejos estamos de las lluvias porosas de Polonia y Alemania.

El lugar

Lo primero que me sorprendió fue el emplazamiento: una ladera que da a un valle, con un río, un camino y un pueblo cerca. Pura Europa Central en primavera. Explosión de flores. Frente a toda esta belleza, al bajar del autobús, me asalta la duda: ¿por qué aquí? ¿Quién decidía dónde se colocaban estos campos, y con qué criterios? Observo la organización del espacio. Un gran muro de hormigón da la bienvenida. Dentro, unas instalaciones muy sencillas y, a la vez, muy logradas: una recepción con una pequeña librería y un espacio que yo no llamaría museo, sino espacio de reflexión en torno a los objetos que las propias familias han decidido donar o que han sido hallados en las excavaciones arqueológicas. Fuera, un gran anillo de hormigón que funciona como pasarela muestra todos los nombres de las víctimas. Da cosita caminar y casi pisar los nombres. Un cartel te advierte. Ha habido quejas porque, ciertamente, no se leen bien. Supongo que son las correcciones humanas del diseño. El espacio de lo que aquello fue, lo que no está, se señala con un bosque joven que irá creciendo y recordando dónde estaban los barracones. De esta manera, arquitectura del pasado y del presente dialogan también con el paso del tiempo. Se han conservado además algunos muros de la antigua granja: el memorial no esconde lo que vino después. Nos acompaña la investigadora Helena Sadílková, que participó en la negociación entre las familias y el Estado, y eso nos da el contexto que ningún panel explicativo consigue dar: la historia del proceso contada desde dentro.

Las capas del tiempo

Lety fue un campo de internamiento para romaníes y sintis de la Bohemia ocupada. Por él pasaron unas 1.300 personas (cifra probablemente infravalorada); unas 327 murieron allí y más de 500 fueron deportadas a Auschwitz. La cronología importa: la decisión de crear un campo de trabajos forzados la tomó el gobierno checoslovaco antes de la ocupación; el campo se abrió en 1940, ya bajo el Protectorado de Bohemia y Moravia, y en agosto de 1942 pasó a ser el llamado «campo gitano» (cikánský tábor, en checo; Zigeunerlager, en alemán). Muchos, sobre todo niños y ancianos, murieron de enfermedad y desnutrición. El campo se abandonó en agosto de 1943. No fue un caso aislado: en Moravia funcionó su gemelo, Hodonín u Kunštátu. Como ha recordado muchas veces Romani Rose, presidente del Consejo Central de Sinti y Roma de Alemania, las víctimas no olvidan. Dejemos, pues, de llamarlo el «holocausto olvidado».

Después vinieron las otras capas. Desde los años setenta, en el contexto de la Checoslovaquia comunista, el lugar fue una granja porcina, primero estatal y, tras la llegada de la democracia, privada. En 1995, con Václav Havel presente, se inauguró junto a las fosas un primer memorial de piedra: «Ma bisteren – nezapomeňte», «No olvidéis». En 1998 parte del espacio fue declarado Monumento Cultural nacional. En 2017, la arqueología demostró que buena parte del campo había quedado bajo la granja, y el gobierno aprobó su compra, según nos contaron durante la visita, tras una negociación dura con la empresa propietaria. En 2018 salieron los últimos cerdos y el Museo de Cultura Romaní de Brno pasó a administrar el lugar. El nuevo memorial se inauguró el 23 de abril de 2024. Detrás de cada fecha hay una lucha, como la que sostuvo durante décadas Čeněk Růžička, sinti checo e hijo de un superviviente.

Lety no fue un campo cualquiera: fue un campo para gitanos, y eso marcó cuánto se ha hablado de él y cuánto se ha tardado en reconocerlo. Durante el periodo comunista su memoria pública no fue negada, pero sí quedó solapada, como si no fuera tan importante. Más tarde, con la caída del Telón de Acero, una ola negacionista del Holocausto romaní sumió el espacio en el olvido: el Estado checo ignoró durante años las demandas reiteradas de los activistas romaníes para que se trasladara la granja y, como ya hemos dicho, no fue hasta 2018 que compró el terreno y anunció su apoyo a un memorial para las víctimas (Rostas, 2019, p. 195).

La memoria de las familias

Antes del memorial institucional, las familias ya habían señalado el lugar de la memoria con una cruz para recordar a sus muertos.

Antes del memorial institucional, las familias ya habían señalado el lugar de la memoria con una cruz para recordar a sus muertos.

Mientras tanto, las familias gitanas seguían viniendo al pueblo, seguían recordando y señalando los lugares con sus propios medios. Un poco más alejado del espacio contemporáneo, en el paseo, está el sitio de esos primeros memoriales. Resulta sorprendente, para una óptica hispana acostumbrada a las damnatio memoriae continuas, que estos pequeños memoriales no hayan sido sustituidos: se han respetado e integrado en el espacio y en la experiencia total del recuerdo. Podemos verlo como que, necesariamente, la memoria pública, estatal, tiene que dialogar con la memoria familiar y la memoria gitana. Dialogar o tensionar. Porque la memoria también tiene un componente de impugnación. El Estado no me reconoce; no importa: pongo esta cruz, señalo este espacio, vengo cada año a recordar que mi familia fue retenida, asesinada o concentrada aquí. Aprendemos, por tanto, que la memoria no es algo dado: se construye el espacio para que emerja, si es así como se desea, en colectivo. Y si alcanza el espacio público es porque va asociada al reconocimiento de un daño público. Y es esa reiteración del recuerdo del daño la que hoy parece, de nuevo, ser amenazada. A ningún Estado le gusta recordar su pasado oscuro.

Envidia y vergüenza

El genocidio de los romaníes europeos sigue en gran parte ausente del relato público. En España, dice Periáñez-Bolaño, el antigitanismo y el genocidio gitano son tabúes: se niegan, se minimizan o se descomplejizan (2021, p. 11). Genocidio de los romaníes europeos. Como historiador gitano andaluz, así lo nombro. Y así me sitúo. Otros lo nombran Samudaripen, Porrajmos o incluso Holocausto, con el deseo de ser incluidos en la historia pública de todos. Ninguno de los términos es unánime. Y está bien que así sea, pues esto refleja la fortaleza de los debates internos. Hay quienes rechazan Porrajmos por sus connotaciones en ciertos dialectos, y hay quienes no usan Samudaripen por no considerarlo una palabra romaní (Alba Pagán y Vasileva Ivanova, 2020, nota 18). Prefiero no elegir taxativamente, y sí dar espacio a las distintas formas de nombrar el horror.

En un momento de la visita hice una pequeña intervención, y mis palabras fueron: profunda envidia y profunda vergüenza. Vergüenza porque mi país sigue teniendo decenas de miles de personas en cunetas y fosas sin exhumar, víctimas de la guerra y de la dictadura, y en ese aspecto no podemos presentarnos ante el mundo como una democracia ejemplar.

Y envidia porque nuestros hermanos, tíos, primos romaníes checos tienen un espacio donde rezar por sus muertos, aun sabiendo que no es perfecto, y que para muchísimos activistas romaníes y aliados era un insulto que la memoria de los campos estuviera enterrada, literalmente, por la mierda de una granja porcina. Aquí, después de un proceso largo y muy trabajado por la sociedad civil, las familias y distintos colectivos, hubo un compromiso público del Estado: se preserva el lugar para convertirlo casi, diría yo, en un modelo de cómo hacer un memorial. Fue una conquista de las familias y los colectivos. La comunidad romaní checa consiguió los recursos y colocar el reconocimiento en la agenda política.

Pero la envidia no puede ser ingenua: hay también un reconocimiento simbólico que, disfrazado de buenas intenciones, puede acabar operando como borrado de la memoria, de la identidad y de la autorrepresentación (Periáñez-Bolaño, 2021, p. 15). Tras casi tres décadas de lucha, los descendientes de los supervivientes hicieron posible el memorial, aunque todavía hoy siguen reclamando más voz en su gestión.

Memorias que se transfieren

El memorial va a seguir conectándose, interpretándose y enriqueciéndose. Pero siempre queda un desafío: cómo se mantiene esta memoria cuando falten los supervivientes, cuando pase a sus hijos y a sus nietos. Cuando, quizá, haya gobiernos contrarios a las políticas públicas de memoria. Supongo que tendremos que aprender que las memorias también tienen que compartirse. Esa memoria, yo, como gitano del sur de Europa, tengo que trabajarla y entenderla para hacerla también mía. Me llega ahora, quizá, por ser gitano, por la sensibilidad por estos temas y porque participo activamente de toda una construcción internacional sobre los derechos de los romaníes. Pero la experiencia personal y física no se puede sustituir. Por eso, lo interesante es cuando las memorias personales y familiares, ajenas, no solo las públicas, se transfieren, dialogan, negocian, traducen y se ponen en contacto. La memoria gitana es «colectiva, coral, distribuida»; «no busca completitud […] Busca transmisión» (Vargas Rubio, 2025, §13): la que sostiene una resistencia persistente.

Y quienes llegamos desde lejos tenemos que aprender a entrar en esa conversación sin ocuparla.

Referencias

Alba Pagán, E., y Vasileva Ivanova, A. (2020). Gitanas without a tambourine: Notes on the historical representation and personal self-representation of the Spanish Romani woman. European Journal of Women’s Studies, 27(2), 145–165. https://doi.org/10.1177/1350506819898739

Periáñez-Bolaño, I. (2021). Huellas del trauma colonial romaní-gitano en España (1499–1978): Narrativas de recuperación y reparación de un pueblo con historia(-s). Open Library of Humanities, 7(1), artículo 4, 1–19. https://doi.org/10.16995/olh.619

Rostas, I. (2019). A task for Sisyphus: Why Europe’s Roma policies fail. Central European University Press.

Vargas Rubio, M. Á. (2025). El derecho a recordar: Flamenco, mediación y contraarchivos romaníes en el sur de España. Flamenco Arts International. https://www.flamencoartsinternational.org/es/news/the-right-to-remember