A vueltas con la apropiación

by Ramón Flores

'Romanés'_Israel_Galván1

Coger prestado de otras culturas es algo altamente inevitable y, a veces, es incluso potencialmente positivo.

Cuando el término “apropiación cultural saltó del mundo académico en el campo de la sociología y la antropología al Internet mundano, aparecieron las voces que decían que Eminem no tenía que rapear porque no era negro o que no estaba bien que Fosforito cantara flamenco sin ser gitano. Yo personalmente podría seguir viviendo sin ver cantar más a Fosforito, pero creo que estos debates están entrando en un terreno pantanoso bastante alarmante.

Hoy, en todas las casas gusta de tener la cafetera de diseño que nos prepara un exquisito café espresso, inventado en Milán en 1906. Todas las casas tienen esos pantalones vaqueros, jeans o tejanos inventados por Levi Strauss en 1871, que le añadió remaches para reforzar costuras y bolsillos en los pantalones de los hombres que trabajaban en las minas. Tanta gente que sabe preparar un rico pollo tikka masala, originario de la región de Panyab…

¿Es esto apropiación cultural? El pensamiento mayoritario diría que no. Personalmente considero absurdo que las personas limitemos nuestra inspiración cultural a nuestras raíces en Andalucía, Cataluña o la región occidental de la península de los Balcanes.

No, obviamente esto no es apropiación cultural. La apropiación cultural, desde un punto de vista más academicista es cuando aquella apropiación la perpetra una cultura dominante sobre otra que ha experimentado opresión a lo largo de su historia. No es solo un comportamiento de unos sobre otros, sino una forma de discriminación estructural, lo que significa que está respaldado por autoridades con poder. El racismo, la homofobia y el sexismo son formas de opresión.

En pleno siglo XXI, la apropiación cultural parece inevitable y no siempre es positiva. Es cierto que tenemos que dejar de proteger culturas de manera ingenua y paternalista en un esfuerzo por preservarlas, porque puede resultar contraproducente, pero tenemos que ser conscientes de ver la diferencia entre apropiación e intercambio.

El intercambio cultural es diferente a la apropiación cultural. Cosas como las que veíamos más arriba, como el café, los vaqueros o recetas de cocina no son apropiación cultural en cuanto no implican poder de unos sobre otros. A lo largo de la historia los pueblos han hecho intercambios culturales de forma voluntaria, principalmente a través del comercio.

Porque el intercambio no es asimilación, que es cuando las culturas minoritarias se ven obligadas a adoptar características de una cultura dominante para encajar y se hace para asegurar la supervivencia y evitar la discriminación.

Con los aspectos culturales de las comunidades gitanas nos encontramos a veces con esa tan hablada apropiación cultural y pocas veces con apreciación cultural.

Porque también es importante comprender que existe una diferencia entre apreciación y apropiación. La apreciación es cuando se busca comprender y aprender sobre otra cultura en un esfuerzo por ampliar su perspectiva y conectarse con otros de manera intercultural.

Recordemos que la apropiación cultural también tiene la mala costumbre de dar crédito al grupo dominante por aspectos de una cultura que han tomado, reforzando el desequilibrio de poder entre los dos grupos.

Y aquí radica el quid de la cuestión con respecto a la cultura gitana. La periodista Carmen Romero hablaba de algo parecido en su artículo “Chonismo de bien” donde habla de artistas como Bad Gyal o C Tangana que utilizan la hipersexualización y los tópicos de la vida de barrio como las drogas o vestir con chándal y un hablar vulgar, como si fueran una liberación y una forma de empoderamiento, cuando esto está más cercano a una estrategia comercial para vender riñoneras Gucci a 500 euros.

Esto ocurre inevitablemente con la colonización de la industria del arte y las comunidades gitanas. Rosalía puede cantar una canción de los Chunguitos y es un acto artístico revolucionario y transgresor. Sin embargo, la versión original queda como algo rancio de los bajos fondos.

Porque con la cultura gitana no hay ni intercambio ni apreciación cultural.

Uno de los últimos reductos del buen flamenco es la Bienal de Flamenco de Sevilla, donde hasta hace poco yacía implícito que el arte del flamenco es un arte del pueblo gitano, una de las mayores aportaciones de los gitanos al mundo, o como decía en una entrevista Tomás de Perrate: “el flamenco es arte universal, pero nosotros, los gitanos, cuando cantamos flamenco estamos haciendo algo más que música. Nosotros transmitimos de forma oral nuestra cultura gitana. Cuando nos juntamos en nuestras bodas, bautizos o reuniones familiares siempre está presente el cante porque es una de las pocas formas que tenemos para perpetuarnos”.

Pero cada vez hay menos presencia gitana en los circuitos culturales y Sevilla, otrora capital mundial del flamenco, se ha convertido en un macro tablao para atraer extranjeros. Y aquí, haciendo uso de una mal entendida diversidad, hay más payos que gitanos haciendo un flamenco que no lo es. Y haciendo esto, tienen más crédito y reconocimiento que los gitanos que sí hacen flamenco.

Además, hay payos flamencólogos que afirman desde su cátedra inventada que el flamenco no es un arte de los gitanos, que sí, que han aportado cosas, pero que ni muchísimo menos es suyo…

Pero el verdadero problema de la Bienal de Flamenco no es el flamenco en sí; es la notoria ausencia cada vez más latente de gitanos en los escenarios. La falta de diversidad es un problema para toda la industria, pero el problema es particularmente visible en la Bienal y en los circuitos flamencos, donde los productores quieren vender cultura y diversidad e intentan mostrar aceptación multicultural, pero el mensaje oficial es presentar propuestas con las que triunfar en el panorama internacional. Puro márquetin.

Y es que, en mi modesta e inexperta opinión, en la Bienal o en cualquier circuito flamenco, hace más falta Inés Bacán cantando letras sobre los campos de exterminio nazis que una coreografía con señores en calzoncillos.

Y no, no estamos diciendo que los no gitanos no hagan flamenco. Todo lo contrario. El flamenco es universal, lo gitano es universal y de “código abierto”, para todo el mundo. Lo único que se pide es aparecer en los créditos, y no como un adorno de lo “mainstream”.

Porque si queremos utilizar y disfrutar de la cultura gitana, hay que empaparse de lo gitano, no solo bailar, cantar o disfrazarse de gitano. Es necesario que la gente pueda ver el flamenco como una oportunidad para entender lo gitano, qué nos afecta, qué nos molesta, a qué aspiramos, qué creemos que es injusto.  Sabemos que el flamenco no va a resolver el racismo y el odio hacia los gitanos, pero es un primer paso para conocer al pueblo, porque la música es un altavoz que cala profundo en las sociedades modernas.

Porque si no prestamos atención a esto, caemos en el “Cherry-picking”, un término anglosajón que hace referencia al hecho de seleccionar lo mejor de algo, o bien, seleccionar lo peor de algo, o bien, seleccionar algo a la carta, sin involucrarse con la cultura original. Es una oportunidad enorme y desaprovechada de perpetuar el progreso de la humanidad a través de las artes.

La parte más importante del intercambio cultural, y lo que mejor lo distingue de la apropiación, es que el intercambio es mutuo. A través del aprecio y el intercambio, poder compartir algo sobre sí mismo, aprender algo sobre otras culturas y participar en un entendimiento mutuo de los antecedentes y la cultura de los demás.
Porque el flamenco es reivindicación, es queja, es historia y es un grito contra la injusticia.

Bienvenidos sean los que entienden, aprenden y aprecian, como hace El Cabrero y sus fandangos republicanos.

Viva Eminem y viva El Cabrero!

 

*Imagen de www.labienal.com anunciando el espectáculo ‘Romanés’ de Israel Galván

EEUU quiere librarse del racismo. Europa aún no está preparada

by Pedro Casermeiro

8 minutos 46 segundo

Las generalizaciones nunca hacen honor a la verdad, EEUU no quiere librarse del racismo, parte de él quiere seguir igual que como hasta ahora, incluso puede que quiera utilizar el pretexto de una nueva crisis económica para ahondar aún más en las desigualdades sociales y económicas –desigualdades que, por su puesto, siempre afectan sistemáticamente más a quien no es blanco–. Sin ánimo de alargarme en aclarar el título, sí que me gustaría hacer mención que el partido demócrata, que debe representar a la mitad de los ciudadanos estadounidenses, ha manifestado su voluntad de luchar contra la violencia policial y, lo que es más importante, contra la ‘injusticia racial’.

Hoy ha sido la primera vez en mi vida que he escuchado el concepto ‘injusticia racial’ y, sin entrar en una definición concreta y las implicaciones que conlleve dicha definición, me parece que el mundo puede empezar a cambiar con tal término. El simple hecho de que la televisión pública de este país emplee un término así en sus noticias es un claro marcador de que algo se está moviendo.

En una de las muchas y emocionantes imágenes que nos están llegando estos días de las protestas que tienen lugar en Estados Unidos, me impactó una en especial. Stephen Jackson sostenía en sus hombros a Gianna, la hija de su amigo George Floyd, y le preguntaba ‘¿Qué hizo tu padre?’ y la hija con orgullo respondía ‘Cambió el mundo’.

Dos meses antes de que George Floyd falleciera estrangulado por un policía de Minneapolis,  Ahmaud Arbery, un joven afroamericano, fue tiroteado por un expolicía y su hijo mientras hacía deporte porque creían que era un ladrón. El 13 de marzo, en una operación antidroga, una técnica de emergencias sanitarias moría en su casa tras recibir 8 disparos de la policía en una casa en la que obviamente no encontraron droga, sólo a una mujer afroamericana, Breonna Taylor.

Tres casos muy seguidos, el último especialmente escalofriante, han servido para que parte del mundo empiece a comprender algo, la ‘injusticia racial’. Son ya más de quince días los que duran las protestas en todo Estados Unidos, protestas que se han extendido también a diferentes ciudades europeas. Hemos visto a presidentes como el de Canadá, Justin Trudeau, protestar de rodillas 8 minutos y 46 segundos, el tiempo que agonizó George Floyd bajo la rodilla de un policía. También han protestado así todo el grupo parlamentario demócrata estadounidense. Y es precisamente la convicción mostrada por parte de tales actores políticos que me lleva a pensar –quizás el término correcto sea ‘soñar’– que el mundo puede estar cambiando, tal y como decía orgullosamente la hija de George Floyd.

Ahora mismo el racismo institucional forma parte de la campaña política en EEUU. Joe Biden, candidato demócrata a la Casa Blanca anunciaba que, si gana las elecciones, en sus primeros 100 días de presidente abordaría el racismo institucional. Por su parte, Donald Trump, actual presidente del país, ante la mejoría del empleo en el país dijo: “Ojalá que George nos esté mirando ahora mismo desde arriba, estará diciendo que esto es algo muy bueno para nuestro país. Es un gran día para él, un gran día para todos. Es un gran día en términos de igualdad”.

La intención de la bancada republicana no es otra que mantener las cosas tal y como están hasta ahora: generar empleo, generar dinamismo económico, generar riquezas para unos –de color blanco sistemáticamente– y generar empleo precario y pobreza para otros –de color más oscuro sistemáticamente–. Dicho de otra manera, lo que realmente quiere Donald Trump es mantener las estructuras de opresión económica, social y política que han conformado a su país.

Lo importante es que uno de los candidatos quiere combatir el racismo institucional. ¿Qué es el racismo institucional? Muy simple, cuando un estado mediante sus políticas perjudica y discrimina sistemáticamente a un grupo étnico o cultural diferenciado, con el tiempo acaba generando sólidas estructuras de desigualdad social. Por ejemplo, cuando un estado prohíbe su lengua a un pueblo, cuando un estado prohíbe los oficios tradicionales de un pueblo, cuando un estado te convierte en esclavo, cuando un estado dirige un proyecto de exterminio, cuando un estado prohíbe mencionar tu nombre, cuando un estado manda a la policía vigilarte de manera especial, cuando un estado te aparta de los centros de las ciudades y te segrega geográficamente, cuando un estado silencia tu historia en currículum escolar, cuando un estado no garantiza de facto la igualdad en el ejercicio de tus derechos como ciudadano, al final acabas formando parte del estrato social, económico y político más vulnerable de la sociedad, por ser diferente. Eso es racismo institucional.

No caigamos en la trampa de creer que con tener un policía, un profesor, un médico, un juez o un presidente de país perteneciente a un grupo racializado se soluciona algo. La estructura sigue siendo la misma. Tenemos el ejemplo de Barack Obama, presidente 8 años de los Estados Unidos, no consiguió detener ni mitigar el racismo. El racismo no es una simple cuestión de estereotipos y prejuicios, es algo mucho más profundo.

Ahora Estados Unidos se encuentra en la disyuntiva sobre qué hacer para combatir la injusticia racial: corregir el racismo institucional o seguir generando dinamismo económico. Y lo que miro con esperanza es que allí ya se habla de ello. Aquí, de momento no. Aunque las manifestaciones están llegando a nuestro país y al resto de Europa, de momento son minoritarias y parecen moverse más por el eco mediático que causa EEUU que por la toma de conciencia de lo que aquí también sucede.

Durante este confinamiento se ha hecho patente el trato desigual a grupos racializados por parte de los medios de comunicación y de la policía[i]. Pero a este lado del Atlántico no sucede nunca nada, nadie se perturba. Murió Manuel Fernández a tiros de una escopeta por unas habas que ni siquiera llegó a tocar, y no pasó nada. La semana pasada, la policía francesa apaleaba a un niño de 14 años gitanos, Gabriel Djordjevic. Francia callada. Hoy, cuando escribo estas palabra, acabamos de conocer, por las redes sociales, de la muerte de Daniel Jiménez en los calabozos de una comisaría en Cádiz. De momento no ha aparecido en los medios y no espero a que lo haga, sería como autoinculparse de ejercer el mismo racismo del que todos nos quejamos y no comprendemos que exista en EEUU. No espero que suceda nada.

Este país es aún demasiado racista como para reconocerlo, está en contra de la violencia policial en EEUU contra la comunidad afroamericana, pero no está en contra de la violencia y los crímenes de la policía cometidos aquí contra gitanos, magrebís o afrodescendientes. Europa es racista, lo ha sido en los últimos seis siglos. Aún no está preparada para poder reconocer que es racista, lo silencia, lo esconde debajo de la alfombra. Pero en Estado Unidos ya no sólo son las propias víctimas del racismo quienes quieren mirar debajo de la alfombra, también la sociedad blanca, la mitad de su arco parlamentario, por lo menos en época electoral.

Mirar debajo de la alfombra les va a doler, porque esconden el dolor del sometimiento y genocidio de los pueblos nativos y de la esclavitud de África, pero estoy seguro que acabarán pasando por ese trauma. Cuando el gigante racista de Estados Unidos se tambalee y caiga, luego le seguirá Europa. Tiempo al tiempo. Paso a paso.

El asesinato de George Floyd bien puede haber servido para cambiar el mundo.

 

 

[i] Informe que recoge manifestaciones de racismo y xenofobia ocurridas únicamente durante el estado de alarma en España, redactado por El Equipo de Implementación del Decenio para los Afrodescendientes en España y Rights International Spain

http://www.rightsinternationalspain.org/uploads/publicacion/d0b782ac0452e9052241b17a646df19ad4edf12c.pdf

Comunicado de SOS Racisme sobre el Control y abuso policial en pleno estado de alarma por Covid-19 http://www.sosracisme.org/comunicat-control-i-abus-policial-en-ple-estat-dalarma-pel-covid-19

 

[ii] Foto de portada de Reuters

 

 

La lucha contra el antigitanismo. Una lucha sin tregua.

by Aaron Giménez Cortés

Actualmente estamos viviendo una crisis sin precedentes. La crisis generada por Covid-19, un tipo de coronavirus que se originó en diciembre de 2019 en la región china de Wuhan[1] y que actualmente es una pandemia que tiene consecuencias en muchos países del mundo. Desde el 31 de enero de este 2020, se confirmó el primer caso en España por parte del Ministerio de Sanidad[2]  en la Gomera, Canarias. Poco después, el 25 de febrero de este año, el Departamento de Salud confirmó el primer caso positivo de Covid-19 en Cataluña[3]. Desde entonces la situación sanitaria en el territorio catalán y en todo el Estado español es complicada. Tanto es así, que el 14 de marzo, el Gobierno decretó el Estado de Alarma[4] cobijado por el artículo 116 de la Constitución y éste tras diferentes prorrogas sigue activado, aunque ahora, en fase de «des-escalamiento». Las cifras de personas contagiadas y de muertes por esta pandemia son aterradoras. En el momento en que escribo este artículo, día 13 de mayo de 2020, se considera a nivel global que hay unos 4 millones de casos diagnosticados y casi 300.000 defunciones por Covid-19[5]; en España unos 228.600 diagnosticados y unas 27.000 defunciones; y, en Cataluña[6] unos 56.000 diagnosticados y unas 5.600 defunciones.

No hay duda de que esta situación es muy mala y esta crisis, que es de naturaleza sanitaria, tiene efectos o deriva en crisis política, económica y social. Es decir, la crisis del Covid-19 es una crisis sanitaria, política, económica y social. Sanitaria en tanto que afecta a la salud de las personas, y por tanto, al sistema sanitario de nuestro país que se ha visto desbordado en esta situación. Política porque el reto que tiene por delante la clase política es un reto con mayúsculas, ya que la gestión de toda esta situación no es nada fácil. Económica en tanto que la situación ha obligado a parar la actividad económica a fin de evitar en la medida de lo posible el aumento de contagios y esto está generando una cantidad ingente de ERTEs, de gente en paro, de empresas que no saben si abrirán de nuevo, etcétera. Y social, ya que lógicamente, esto afecta a las familias y a las personas en todo el territorio catalán generando nuevas formas de organización social que afectan a las relaciones familiares, relaciones con los amigos/as, etcétera. Así, pues, una crisis que es de carácter sanitario atraviesa todas las dimensiones de la sociedad, y por tanto no podemos sólo actuar en términos sanitarios en el marco de esta pandemia, sino que tenemos que actuar a todos los niveles dadas las consecuencias de esta situación.

Ahora bien, hay algo que existía antes de esta pandemia y que ahora sigue existiendo, es decir, la situación del Covid-19 no lo ha parado, esto es el antigitanismo. El antigitanismo es la discriminación específica que sufre la población gitana, y que es reconocida mundialmente por diversos organismos e instituciones en la actualidad. La Comisión Europea[7], por ejemplo, ratificada por el Consejo de la Unión Europea y el Consejo de Europa[8], afirma que millones de europeos de origen romaní son objeto de una discriminación persistente, tanto a nivel individual como institucional, así como de una exclusión social a gran escala. Es decir, tal y como indican varios académicos gitanos, el antigitanismo es un tipo específico de racismo que consiste en la hostilidad, el prejuicio, y las conductas racistas dirigidas hacia los gitanos de manera individual o colectiva, tanto ejercido de manera privada como institucional[9]. La situación actual sanitaria prácticamente ha parado la economía, ha trastornado la vida política, ha revolucionado la forma de relacionarnos socialmente, por ejemplo, ya no es raro ir a ver a los padres mediante video llamada en alguna aplicación, pero como se dice popularmente, hay cosas que no cambian. Y el antigitanismo no se ha confinado en casa ni ha parado su actividad.

Sólo necesitamos una vuelta por las redes para darnos cuenta de acusaciones discriminatorias hacia el pueblo gitano acusándolos de ser irresponsables con el confinamiento y, por tanto, de propagar el virus. Sólo a modo de ejemplo, en Twitter podemos encontrar comentarios y tweets del estilo: «Estoy cansado de ver grupos de gitanos de 20 por la calle juntos y a cualquier hora. Y no pasa nada«; «Los gitanos se ve que no les gusta cumplir las leyes de confinamiento«; «Si los gitanos no cumplen como los demás españoles, entonces habrá que hacerles cumplir por la fuerza«.

Además, en los últimos días ha sucedido un crimen espeluznante en Huelva, concretamente en Rociana, donde un hombre de 45 años que iba acompañado de uno de sus 4 hijos de sólo 7 años fue asesinado por otro hombre que estaba vigilando la su finca y «creía que iba a robarle» y le disparó 2 disparos, uno en la cabeza y otro en el pecho. El fallecido, era un hombre gitano y de la misma manera que he puesto de ejemplo antes, sólo necesitamos mirar de nuevo a las redes sociales y nos encontramos con comentarios como: «los gitanos os lo pensaréis dos veces antes de robar«; «gitanos gitaneando que se joda«; «muy grande este señor enseñándole a los gitanos la única ley que conocen, dos tiros bien dados«;  etcétera. Y, esto no hace más que refleja, que el antigitanismo no descansa ni se confina y que por lo tanto, esta es una lucha sin cuartel.

Por eso mismo, y en la línea del IV Plan Integral del Pueblo Gitano en Cataluña[10], en el que uno de los objetivos reza de la siguiente manera: «Mejorar la imagen social del pueblo gitano en Cataluña para luchar contra el antigitanismo» desde el Programa del Pueblo Gitano y la Innovación Social impulsa y propone el 2017 la creación de una ley contra el antigitanismo a fin de tener un marco legal que castigue los delitos de odio en contra de la población gitana. Una ley que se propuso desde el Plan Integral del Pueblo Gitano y fue ratificada por el Consejo del mismo y por diferentes entidades y activistas gitanos/as de toda Cataluña y que actualmente se encuentra en fase de elaboración. Esta ley, viendo los actos descritos arriba, es algo necesario para luchar contra el antigitanismo a fin de tener una sociedad más justa y equitativa.

Por lo tanto, hago un llamamiento a luchar contra esta pandemia global todos unidos, desde el respeto, la tolerancia y la justicia. Porque el antigitanismo es una lacra que no se detiene por nada, pero aquellos que trabajamos por un mundo más justo, en mi caso trabajando para el pueblo gitano, tampoco bajaremos los brazos y haremos todo lo posible para conseguir nuestros sueños. Así pues, emulando al mítico activista por los derechos civiles en EEUU, Martin Luther King, yo tengo un sueño, el sueño de una sociedad que lucha unida contra esta pandemia; el sueño que en la sociedad reine el respeto; el sueño de una sociedad donde no haya antigitanismo.

 

 

Bibliografía

Amador, J. (2016). La “Roma response” al modelo reproduccionista. La educación, nuestra escalera para la transformación social. International Journal of Sociology of Education, 5(2), 144–163.

Council of Europe. Declaration Decl-01.02.2012E of the Committee of Ministers on the Rise of Anti-Gypsyism and Racist Violence against Roma in Europe (2012). Strasbourg.

ECRI. European Commission against Racism and Intolerance, & Council of Europe. General Policy CRI(2011)37 Recommendation No. 13 on combating anti-Gypsyism and discrimination against Roma (2011). Strasbourg.

Jiménez-González, N. (2017). Guía de recursos contra el Antigitanismo. Alicante.

Macías-Aranda, F. (2017). Contributions of the Roma People to overcome Poverty and Antigypsyism through Successful Educational Actions. University of Barcelona.

Nicolae, V. (2006). Towards a Definition of Anti-Gypsyism. Beek-Ubbergen.

 

 

[1]Información extraída de: https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/q-a-coronaviruses

[2]https://twitter.com/SaludPublicaEs/status/1223370043561598981

[3]https://www.lavanguardia.com/vida/20200225/473782485232/coronavirus-primer-caso-cataluna.html

[4]https://www.lamoncloa.gob.es/consejodeministros/resumenes/Paginas/2020/14032020_alarma.aspx

[5]Entre otros: https://www.bbc.com/mundo/noticias-51705060 y https://elpais.com/sociedad/2020/04/09/actualidad/1586437657_937910.html

[6]https://app.powerbi.com/view?r=eyJrIjoiMjg2NjBkYjQtNWMyZS00YWZlLWIxZWMtM2UyMDAyNDZiYTI2IiwidCI6IjNiOTQyN2RjLWQzMGUtNDNiYy04YzA2LWZmNzI1MzY3NmZlYyIsImMiOjh9

[7]https://rm.coe.int/ecri-general-policy-recommendation-no-13-on-combating-anti-gypsyism-an/16808b5aee

[8]https://www.europarl.europa.eu/doceo/document/A-8-2017-0294_EN.html

[9]Ver la bibliografía.

[10]https://treballiaferssocials.gencat.cat/web/.content/01departament/05plansactuacio/Poble_gitano/Pla_integral_poble_gitano_catalunya_2017_2020.pdf

16 de mayo, Día de la Resistencia Romaní

by Pedro Casermeiro

16 de Mayo, Insurrección Romaní

El 16 de mayo nos trae siempre una pequeña brizna de esperanza, la esperanza de que en algún momento seremos más fuertes que el racismo y podremos ser un pueblo libre del estigma y la opresión que nos persigue desde que Europa se empeñó en ser blanca para poder ser ella misma.

El dramático momento en el que vivimos inmersos está consiguiendo que aflore lo mejor y lo peor de la sociedad, la solidaridad, pero también el rechazo. Solidaridad con quien es visto desde la uniformidad y desde una aparente adecuación a las normas excepcionales del momento; y el rechazo con quien no se quiere que forme parte de esa homogeneidad. Nótese que no me refiero a quién realmente se adecúa a la norma y a quién no lo hace, el racismo y el rechazo son siempre irracionales, el sentimiento va muy por delante de la razón.

Desde el principio de esta pandemia el trato diferencial se hizo notar. Mientras que con unos ciudadanos se pide responsabilidad, con otros se exige control. Mientras que a los hinchas del Valencia CF que viajaron a Italia se pidió responsabilidad en el partido que en Italia han definido ya como el punto 0 de la pandemia en Lombardía, con unos jóvenes gitanos que celebraron un culto religioso en la calle se pidió la intervención del ejército. Mientras que con la mayoría se pide responsabilidad en el respeto a las normas para salir a la calle, para con otros ciudadanos, en este caso los gitanos de Santoña, se pide una ‘especial vigilancia’, recordando el antiguo código de la Guardia Civil por el que debía ‘vigilarse escrupulosamente a los gitanos’.

Podríamos seguir con más ejemplos pero mejor no alargar este escrito. Tampoco voy a enumerar aquí todos los agravios que la historia de este país ha presenciado y silenciado con el Pueblo Gitano, simplemente querría constatar que la dinámica ha sido siempre la misma: aniquilar la diferencia que representa el Pueblo Gitano, asimilándola y oprimiéndola. La respuesta mayoritaria de los medios de comunicación y de las instituciones públicas durante estos días respecto al Pueblo Gitano ha sido muy clara, señalar, controlar, oprimir, aunque las conductas fueran exactamente las mismas que las de muchas otras personas no gitanas.

En momentos de tensiones nacionales siempre resurge con fuerza la idea de que la solución al problema, fuere cual fuese, debe pasar por la homogeneización cultural, por culpar a los diferentes, a esos a los que se odia, aunque no tenga ningún sentido racional. Así estamos desde antes incluso que los gitanos pisasen la península ibérica. Ya a los judíos se les acusaba de todos los males económicos en el siglo XIV y no se dudaba en intentar aniquilarlos ante cualquier crisis.

El devenir de los siglos fue siempre el mismo. En el siglo XX tenemos el Holocausto y la guerra de los Balcanes como los grandes exponentes de que los problemas se solucionan con la ‘limpieza de sangre’, la misma idea que llevó a los reyes católicos a expulsar a árabes y judíos, y a iniciar el etnocidio del Pueblo Gitano. Ahora, en pleno siglo XXI, se acusa a los gitanos en toda Europa de no respetar el confinamiento, como si los centenares de miles de multas que se ponen en este país por no respetar el Estado de Alarma fueran a gitanos, pero esto no va de verdades, va de irracionalidades, de odios, de rechazos, los argumentos ya se inventarán después.

Hace justo un año, por esta misma fecha, defendía el 16 de mayo como un día en el que celebrar las pequeñas batallas que le hemos ganado al antigitanismo en los últimos tiempos, aunque la guerra la estemos perdiendo. Este año estamos perdiendo una batalla muy importante. Los medios de comunicación cada vez más tienden a inhumanizar a las personas gitanas, los políticos en general prefieren mirar hacia otro lado, puesto que lo importante ahora mismo no es el racismo, es la lucha contra la pandemia.

Para haber ganado esta batalla hubiéramos necesitado que no nos hubiesen tratado única y exclusivamente como un colectivo de personas marginadas y pobres; hubiéramos necesitado que el alcalde de Santoña fuera destituido, que su partido lo apartase y pidiese disculpas; hubiéramos necesitado que el gobierno retirase al Comisionado del Polígono Sur; hubiéramos necesitado que se abriese una investigación a la Ertzaintza por obstaculizar las denuncias de personas gitanas; hubiéramos necesitado un poco de ética, sólo un poco, por parte de los medios de comunicación; hubiéramos necesitado que este país no mirase hacia otro lado, que no buscase chivos expiatorios.

Lamentablemente esta batalla perdida ante el antigitanismo ha abierto las puertas de algo peor. El pasado 6 de mayo un hombre gitano perdía la vida a manos de un escopetero que pensaba que le estaban robando. La reacción en los medios de comunicación y de las redes sociales fue unívoca, “pobre campesino cuya vida ha sido arruinada por culpa de un gitano que le quería quitar una habas del campo”. Escuchando la reacción de los medios de comunicación parece que el gitano no era una persona, que era una alimaña y como tal había que tratarla. No había presenciado nada así en mi vida. Pronto aparecieron en las redes sociales los mensajes de apoyo al asesino, vitoreándolo, alzándolo a la categoría de héroe nacional y llamando incluso al exterminio del pueblo gitano. Comentarios así han sido inauditos en este país.

La maldita realidad racista que afrontan nuestros primos en otros países europeos, donde no pasa un año sin que se produzcan asesinatos o pogromos antigitanos, ya no es una realidad nada distinta a la nuestra. Ahora tenemos exactamente los mismos ingredientes que en esos países que vemos tan alejados: la extrema derecha cabalga a sus anchas, los discursos de odio aumentan en las redes –se hacen llamamientos a crear grupos paramilitares y a aniquilar al Pueblo Gitano–, los medios de comunicación deshumanizan a las personas gitanas –en el mejor de los casos nos tratan como monos de feria–, políticos que utilizan las instituciones de todos para ejercer su odio y opresión contra nosotros, y la ciudanía que mira hacia otro lado, probablemente porque no quiere escuchar a los que interpretan que no formamos parte de su uniformidad para afrontar los problemas del momento.

Salvo que haya una respuesta tajante y unánime de las principales instituciones de este país y se ponga fin al vilipendio de nuestro pueblo, es decir, salvo milagro, lo peor está por llegar.

16 de Mayo de 2020, Día de la Resistencia Romaní.

 

El virus se llama Antigitanismo

by Ramón Flores

Artist Bruno iyda Sagesse - Image source Facebook

Ya hemos visto esto antes. Una crisis –esta vez sanitaria– y el pánico, el miedo, la xenofobia y la intolerancia conducen a la sociedad a cometer actos deplorables. Por desgracia nada nuevo.

Siempre nos ha gustado pensar que estamos por encima del bien y del mal, por encima de la violencia, pero no somos más que una pieza de ese diabólico engranaje llamado racismo. Tenemos claros ejemplos de lo que sucede cuando permitimos que los miedos irracionales de grupos llenos de odio dirijan nuestros comportamientos y así intentamos buscar justificaciones a actos deplorables.

Con el número de casos de nuevos contagios por COVID-19, el mismo pánico al virus se ha transformado en algunos casos en actos de racismo contra las comunidades gitanas y también con personas de ascendencia asiática. De hecho, la extrema derecha española ya tuvo el «honor» de bautizar esta pandemia como el «virus chino».

Tampoco se salvan los gitanos en España. Cómo no. Nos hemos librado por los pelos que se llamase «el virus gitano», aunque por poco.

Hemos visto violencia contra la comunidad gitana en Bizkaia, con audios de WhatsApp regalando amenazas, o al alcalde de la localidad de Santoña afirmando que había que ser vigilantes con los gitanos porque se habían contagiado.

Pero la palma se la lleva Sevilla. El Comisionado para el Polígono Sur pedía que entrara el ejército en las Tres Mil Viviendas, donde el señor Jaime Bretón, que ostenta dicho cargo, afirmaba que «No podemos permitir que una minoría haga lo que le dé la gana». El señor Comisionado pedía la presencia del ejército porque algunos vecinos estaban celebrando en la calle un culto evangélico una vez decretado el Estado de Alarma.

Para quien no lo sepa, el Comisionado para el Polígono Sur de Sevilla es una figura política creada por el Ayuntamiento de Sevilla, la Junta de Andalucía y el Gobierno central, que pretende aunar la coordinación entre administraciones para mejorar, con la colaboración vecinal, las condiciones de vida de las miles de personas que viven en la zona sur de la capital de Andalucía.

Es decir, una figura pública que se supone debería estar cerca de las personas y conocerlas, pide una intervención militar. La desfachatez y el racismo de este señor aún no han recibido respuesta institucional y lamentablemente sigue en su puesto, poniendo en grave riesgo la seguridad y la integridad de ciudadanos españoles que son gitanos.

Pero el problema no termina ahí. Incluso otro racista confeso y orgulloso de serlo, el señor Alberto García Reyes, adjunto al director de ABC de Sevilla pedía el aislamiento de las Tres Mil, afirmando en un aberrante artículo que o «se aislaban de los gitanos o se contaminarían con su miseria».

Pero es curioso que estos adalides del orden y la ley lamentaran casi al mismo tiempo que la Policía Nacional desalojara la Catedral de Granada donde se estaba celebrando un culto católico durante el periodo de confinamiento, y que según algunos radicales de derecha se estaba vulnerando el derecho a la libertad religiosa. Vaya por delante que ambos casos, el de Sevilla y Granada son deplorables. Si no se puede salir y hay que estar en cuarentena, se está. Y punto. Todos.

Pero esto no es solo una crisis sanitaria. Es una crisis de humanidad.

A pesar de todo, oímos machaconamente eso de «todo va a salir bien». ¿Qué va a salir bien? ¿Exactamente qué? Cuando la pandemia remita, la sociedad volverá a su egoísmo natural, a su racismo disfrazado de humor, a mirar a otro lado cuando alguien tenga problemas. De hecho, cuando la cosa se calme, la publicidad vendrá a vendernos fórmulas para que recuperemos el «estado de bienestar» y volvamos a tener problemas del primer mundo. Si Netflix va a poner la serie que nos gusta o cómo van a ser las próximas parejas que se vayan a una isla a poner en juego su relación.

La única manera de protegernos del racismo es creando conocimiento continuamente, a todos los niveles. El problema ocurre cuando en medio de una pandemia el racismo y la xenofobia pasan a un segundo plano y no se hace lo suficiente. Podemos tener democracias sólidas en Europa, dotadas de mecanismos para afrontar delitos de odio, pero seguimos sin herramientas para prevenirlo y seguimos repitiendo los patrones de los últimos treinta años: movernos a impulsos y acuciados por la necesidad y la urgencia.

Un claro ejemplo lo vemos en un informe interno de la Comisión Europea donde recomienda retrasar una serie de iniciativas destinadas a estrategias para la igualdad LGBTI y de las comunidades Romaníes europeas previamente planificadas para finales de 2020, que pueden retrasarse hasta el próximo año, porque «se deben priorizar en primera instancia aquellas iniciativas que contribuirán directa y significativamente a superar la crisis COVID-19, mientras posponen otras hasta recuperar el funcionamiento normal y pueda reanudarse más adelante en 2021».

Como si durante la pandemia el racismo se pusiera en modo «pausa».

Ya hablamos en El Desván de  esto cuando afirmábamos que el problema surge cuando ignorar deliberadamente el racismo se convierte en una herramienta de aceptación social. Al negar la injusticia se hace innecesario enfrentarla, se convierte entonces en problema de «los otros».

Llama la atención lo que muchos piensan, que el racismo surge así, de repente, que aparece solo cuando se eleva un caso a noticia y sale en prensa y que el resto del tiempo nuestras sociedades son balsas de aceite con convivencias sanas y pacíficas. Esto que ocurre en mitad de una pandemia en Sevilla, Cantabria o Euskadi está anunciado desde hace décadas; se sabía que iba a ocurrir y ha ocurrido.

Esto es un síntoma más de una enfermedad mayor. Romantizamos la cuarentena y nos quedamos en casa porque otros están ahí fuera, pero nos importan muy poco. Unos tienen techo y comida. Otros no tienen ni siquiera acceso al agua corriente. Ya se les ayudará cuando se pueda…

El Covid-19 es simplemente un poco más de leña en un fuego que lleva mucho tiempo encendido, pero debería preocuparnos más que podamos interpretar estos hallazgos como algo temporal y que se acabará con la pandemia. Esto no será así. La pandemia actual proporciona una salida y hace que sea más fácil justificar la desigualdad.

Sabemos del potencial del racismo en las sociedades modernas porque anida en cada estrato de ellas. Pero una cosa es que podamos alertar a los gobiernos y a las sociedades que pueden surgir estos brotes de racismo y de falta de humanidad, y otra cosa es que éstos tengan los conocimientos (y la voluntad) necesarios para predecir y prevenir cuándo va a saltar un caso flagrante de abuso contra las comunidades gitanas. Es la profecía auto-cumplida hasta el infinito.

*Imagen de Bruno Iyda Sagesse. Fuente Facebook