El Marqués de la Ensenada: uno de los nuestros

by Pedro Casermeiro

Busto ensenada

Nótese que el título no quiere decir que el Marqués de la Ensenada sea un buen amigo del Pueblo Gitano, sino más bien todo lo contrario, un amigo del selecto grupo de genocidas racistas y ,sin embargo, un personaje muy bien valorado por nuestro país.

Desde la llegada del Pueblo Gitano a la península, la política general del Estado fue conseguir que la cultura de esas gentes de oscura piel que habían llegado recorriendo más de medio mundo, desapareciera.  Incluso podríamos debatir largo y tendido si las políticas actuales de ámbito estatal persiguen el mismo fin, pero no es el objeto del presente escrito. Cerrado el inciso, continuamos con el marqués. Zenón de Somodevilla y Bengoechea, que así se llamaba, no es más que una pieza dentro de un amplio engranaje que ha perseguido obstinadamente el etnocidio gitano. Es sólo uno más, pero que acabó por desempeñar uno de los papeles más oscuros en nuestra historia.

La Gran Redada de Gitanos de 1749, así la denominó el historiador Gómez Alfaro, es la pragmática más cruel de las veintiocho que se han documentado. La noche del 30 de junio de 1749 se ejecutó la orden de detener y encarcelar a todos los gitanos y gitanas que se encontrasen, mujeres y hombre, ancianos y niños, avecindados y nómadas. El objetivo era separar a hombres de mujeres e hijos y evitar que la cultura gitana pasara a una nueva generación. La definición perfecta de etnocidio.

A diferencia de judíos, árabes y moriscos, a los gitanos ni siquiera se nos reconoció como una “raza”, en ese caso nos habrían expulsado. Nos desconocían y odiaban de tal manera que simplemente nos consideraban un grupo de pobres y maleantes a los que reeducar, de ahí que lo único que quisieran fuera acabar con nuestra cultura y no con nuestra vida. No obstante, después de 16 años de cautiverio, por los datos que recientemente el investigador Manuel Martínez ha encontrado, sabemos que cerca de la mitad de los hombres, mandados a los arsenales, y mujeres, enviadas a hospicios, no sobrevivieron.

El Marqués de la Ensenada, secretario de Hacienda, Guerra y Marina e Indias, fue el encargado de urdir el plan de detención y aprisionamiento de los gitanos. El demonio al que se le ocurrió separar a hombres de mujeres e hijos para aniquilar nuestra cultura fue el entonces gobernador del Consejo de Castilla, Gaspar Vázquez de Tablada –obispo de Oviedo antes, y de Sigüenza después–. El monarca Fernando VI no debió titubear al firmar la orden, pues llevaban años, décadas, esperando a que el Papa excluyera de sagrado a los gitanos y gitanas, es decir, que excluyera a gitanos y gitanas del derecho a cobijarse en las iglesias de la persecución que se les venía enciama.

En definitiva, culpables de la Gran Redada hay varios –el rey, el Papa, el gobernador de Castilla, el secretario–, sin embargo, si hacen una búsqueda rápida por internet descubrirán que el más laureado de todos es el marqués, cuenta con innumerables homenajes a lo largo y ancho de la geografía española, calles, bustos, estatuas, un colegio, un cuartel militar, numerosos libros y artículos sobre sus hazañas, etc. Para la sociedad en general, el Marqués de la Ensenada fue uno de los más notables ministros que tuvo el Estado español tras la unificación de coronas que los Borbones realizaron en 1715. Se le atribuye un papel destacado en la modernización del Estado, en fin.

¿Se imaginan ustedes que Alemania o cualquier otro país democrático garante de los Derechos Humanos homenajease a un documentado genocida? Traigamos la pregunta más cerca, ¿se imaginan ustedes que los ex-ministros Vera y Barrionuevo tuvieran calles y colegios a su nombre? Traigamos la pregunta más a la actualidad ¿se imaginan ustedes que alzásemos bustos y estatuas para homenajear el milagro económico de Rodrigo Rato?

Existe cierto grado de probabilidad de que los tres ex-ministros nombrados realizaran, en su día, alguna que otra labor loable para su país estando en su cargo. Pero lo que es obvio es que cualquiera de esas buenas acciones quedaron empañadas por otras peores. Y desde luego ninguna de esas malas acciones estaría al alcance de un intento de genocidio.

Una de las cuestiones que debería ser capaz de abordar un Estado democrático del siglo XXI, que respete la diversidad, sería revisar el pasado no tan lejano que sigue dejando una clara huella en nuestro presente, sobre todo en un asunto tan sensible como este. Hay quien puede argumentar que eso ya pasó hace mucho tiempo y que no podemos juzgar con nuestros valores actuales lo que pasó, pero lo que es aún más cierto es que lo que sucedió entonces dejó una herida que sigue abierta en la actualidad y que se traduce en forma de exclusión, desempleo, fracaso educativo, infraviviendas, discriminación, etc. Y aún es más cierto que a nadie le haría ningún mal retirar un busto o una estatua del marqués, sin embargo a casi un millón de gitanos sí que nos aliviará un poco.

Pero como un intento de exterminio contra el Pueblo Gitano no importa, el Marqués seguirá siendo un ídolo de la tecnocracia, seguirá siendo “uno de los nuestros” –de aquellos a los que su antigitanismo no les deja ver ni aceptar la realidad–.

Entre escaños y activismos

by Ramón Flores

Diputados gitanos_cartoon

En la pasada primavera hemos sido testigo de varias citas electorales que han diseñado un nuevo mapa político en España y en Europa. Sin embargo, esta vez el dibujo electoral ha añadido nuevos colores a la paleta política, colores gitanos.

Hemos sido testigos de un salto significativo desde la sociedad civil gitana hacia la política. La participación gitana como parte de la sociedad civil en la formulación e implementación de políticas públicas se ha convertido en una característica importante de la vida política en Europa.

En la última década, el concepto de sociedad civil gitana ha alcanzado prominencia en los contextos políticos y sociales en el panorama europeo a medida que las asociaciones y los movimientos gitanos comenzaron a presionar más a sus gobiernos para reclamar más participación, que significaría más democracia. Estos desarrollos marcaron el comienzo de notables cambios en el panorama político europeo. También surgió una rica vida asociativa.

Esta proliferación de redes y organizaciones gitanas ha sido sin duda un catalizador para mejorar las democracias europeas, forzando a los Estados a ser más transparentes y responsables para con sus ciudadanos, por lo que el beneficio de la presencia gitana en la sociedad civil, no sólo ha beneficiado a la comunidad gitana, sino a la sociedad en su conjunto.

Ahora, parece que hemos dado un paso más y hemos visto el salto de notables activistas gitanas a escaños nacionales, municipales y europeos. Esto es una buena noticia, pero, ¿debilita este cambio a la propia sociedad civil gitana o la beneficia?

Antes de responder, deberíamos plantearnos otra pregunta, ¿sabemos identificar a la verdadera sociedad civil gitana?

Estas preguntas tienen respuestas notablemente diferentes según el país del que hablemos (no es lo mismo el activismo gitano en España, Países Bajos o Noruega); también tenemos contextos políticos distintos (activismos más enfocados en el fomento de políticas públicas más inclusivas y otros más enfocados en defender derechos civiles básicos); y también tenemos diferentes niveles para analizar estos contextos: local, regional, nacional, internacional.
A veces encontramos contextos donde esta participación se imbrica o se solapa, pero están estrechamente ligados en cuanto a los «targets» y a los recursos disponibles para llevar a cabo dichas acciones.

En este escenario, podríamos dar por sentado que la presencia gitana en la política parlamentaria reforzaría el papel de la presencia gitana en la política civil (recordemos que «política» es todo, lo que podemos distinguir son formas distintas de significación y acción), puesto que al tener escaños gitanos, se podría influir de forma más notoria en políticas que afectan directamente al pueblo gitano.

Pero esta presencia gitana no es nueva. Recordemos que ya ha habido parlamentarios y concejales gitanos en España, incluso eurodiputadas. Recordemos también que a España siempre le ha gustado ponerse la etiqueta de «ejemplo de buenas prácticas» en cuanto a políticas de inclusión gitana, aunque ya demostramos en esta casa, que lejos se estaba de tal afirmación.

Entonces, ¿ha influido en algo el tener diputadas, concejalas y eurodiputadas gitanas? Pues no mucho, la verdad.

Tuvimos a Juan de Dios Ramírez Heredia que consiguió que se eliminaran las referencias directas a los gitanos en el reglamento de la Guardia Civil, pero sin conseguir que se promovieran políticas públicas específicas de reconocimiento del Pueblo Gitano y de la discriminación padecida. Después hubo dos diputados más que pasaron sin pena ni gloria por los escaños de la Carrera de San Jerónimo, y que hoy en día, pocos gitanos conocen sus nombres.

A nivel europeo, lamentablemente lo más significativo fue una señora supuestamente gitana de Hungría que llegó incluso a ser vicepresidenta del Parlamento Europeo, promovió las «Estrategias nacionales para la integración Romaní», que han servido entre poco y nada, pero que al mismo tiempo le lanzaba piropos a la ultraderecha húngara que mataba gitanos.

¿Cuál es la diferencia ahora? Ahora hay cuatro escaños gitanos repartidos entre los cuatro principales partidos del país. Ahí ya vemos un cambio. Hay pluralidad política en la comunidad, signo inequívoco de salud democrática del pueblo gitano. También tenemos eurodiputados gitanos (y a la señora gitana húngara que le gustan los nazis).

Pero quizá la diferencia más significativa es que algunos de esos escaños gitanos, vienen precedidos por notables trayectorias en el activismo social, en organizaciones gitanas y pro-gitanas en España, por lo que al menos sabemos que en esos escaños, se sabe de lo que se habla.

La ventaja que podemos destacar y de la que los escaños gitanos deben tomar conciencia es que hay que usar inteligentemente la experiencia adquirida en la sociedad civil para dar una vuelta más a la significación política, quitarle el aire elitista y, valga la redundancia, democratizar el juego democrático.

Cuando juntamos «activismo», «sociedad civil» y «política» en un mismo contexto, siempre se me viene a la cabeza un nombre: Pedro Zerolo. Un activista con una larga trayectoria en la lucha por la igualdad de trato y la no discriminación, impulsor de distintos movimientos de liberación personal, entre ellos, el de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Lo hizo desde los dos bandos, como activista social en ONGs como desde la política, cuando fue Secretario de Movimientos Sociales del Partido Socialista y desde su concejalía en el Ayuntamiento de Madrid.

Zerolo fue uno de los impulsores de la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo que se aprobó en 2005, haciendo de España el primer país del mundo en conseguir tal hazaña. Lo que había hasta entonces en otros países eran leyes que reconocían solo algunos derechos como parejas de hecho. Pero en España se consiguió equiparar a las parejas del mismo sexo con las heterosexuales a la hora de adoptar y reconocer derechos básicos antes ignorados.  Zerolo también fue responsable de la ley de identidad sexual que reconoció gran parte de los derechos de las personas transexuales, que supuso una verdadera revolución recién iniciado el siglo XXI.

Supo aprovechar el conocimiento adquirido durante su activismo social para transformar la política. Y es precisamente eso lo que se le va a pedir a las diputadas gitanas. Aprovechar lo andando para cambiar lo que queda por andar.

Porque por fin hemos empezado a hablar más sobre política. Porque parece que por fin, la sociedad civil ya no funciona separadamente de la política en una senda paralela.
Pero hay que hilar fino, porque la política, la de los escaños, se ha convertido en un circo, un bochornoso y lamentable espectáculo mediático y algunas asociaciones y ONGs han sucumbido mientras se alimenta el mantra de «los chiringuitos».

Es un momento excelente para democratizar la política sin caer en la trampa de «politizar» a las organizaciones civiles (más de lo que algunas lo están ya).

En resumen, la sociedad civil gitana y la clase política son necesarias para el funcionamiento de un estado democrático y para influir en el bienestar general. Son un gran activo para la democracia. El lograr el equilibrio entre ambas es el «más difícil todavía».

 

16 de Mayo, un día para seguir resistiendo al racismo

by Pedro Casermeiro

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El 16 de mayo se ha convertido en un día muy simbólico para el movimiento asociativo gitano de toda Europa, se conmemora la Insurrección Romaní que tuvo lugar en el Campo de Exterminio de Auschwitz-Birkenau, en el conocido como campamento de la familia gitana. El 16 de mayo de 1944 los gitanos y gitanas del campamento estaban esperando la llegada de las SS para trasladarlos –seguramente a las cámaras de gas–, y decidieron organizarse y defenderse hasta las últimas consecuencias. Montaron barricadas y utilizaron herramientas de trabajo como armas. Fue la única revuelta exitosa dentro de un campo de concentración nazi de la que se tiene constancia. Las SS tuvieron que abandonar el campamento gitano. Fue una pequeña batalla ganada, aunque la guerra se perdió. El 2 de agosto de ese mismo año, los 2.897 ancianos, mujeres y niños que seguían en ese mismo campamento fueron gaseados, previamente trasladaron a los hombres a otros campamentos.

No obstante, el 16 de mayo es una fecha para celebrar la resiliencia del Pueblo Gitano. No es una fecha para recordar exclusivamente a las víctimas romaníes de la barbarie –que también–, sino que es una fecha para celebrar la valentía y el espíritu combativo de los que allí estuvieron y de todo un Pueblo que, a pesar de más de cinco siglos de persecución institucional en toda Europa, aquí seguimos.

Nuestra historia es una historia de resistencia y de superación, una historia en la que nuestros predecesores decidieron seguir siendo gitanos aunque eso les costase demasiado caro. No obstante, hay que dejar bien claro que la voluntad de nuestro Pueblo nunca fue la de mantenernos al margen de la sociedad, todo lo contrario, nuestro acervo cultural demuestra que estuvimos abiertos a compartir y aprender de todos y cada uno de los pueblos con los que convivimos. A nadie se le escapa que varias de nuestras incomprendidas tradiciones son, en realidad, herencia del catolicismo, adquiridas una vez llegamos a la península.

Sin embargo, la historia de este país ha sido construida teniendo en cuenta una única narrativa, la de los que triunfalmente conquistaron el mundo y aniquilaron cualquier atisbo de diversificación cultural y religiosa. El relato construido sobre el Pueblo Gitano ha sido la de un colectivo mentiroso y delincuente, que desde hace siglos no hace más que intentar aprovecharse de  las ‘buenas gentes’ de este país.

Nuestra lucha histórica ha sido contra homogeneización cultural de este país desde su estado más embrionario, una lucha para que exista una narrativa colectiva que nos reúna a todos, también desde la gitaneidad, para que se nos tenga en cuenta como Pueblo en el presente y para que se haga justicia con nuestro pasado. Mientras el relato se base en identificarnos como un colectivo socioeconómicamente vulnerable y al que corregir culturalmente –porque nuestra cultura es la culpable de que no nos integremos, dicho con ironía–, seguiremos siendo los malos de la película.

Es necesario que recordemos que la batalla contra el racismo la estamos perdiendo. La situación de completa exclusión en la que actualmente nos encontramos no es únicamente fruto de los más de 500 años de persecución, sino que también es fruto de los hechos y actitudes actuales de nuestros representantes políticos.

No tenemos que ir a buscar ejemplos lejos de nuestras fronteras. Aquí cada año nos encontramos con casos clarísimos de racismo en los que las instituciones públicas son incapaces de actuar contundentemente contra los racistas. Hace muy poquito todos fuimos testigos de pogromos antigitanos en el barrio de Vallecas. ¿Han visto alguna vez que se intente quemar la casa y los vehículos de los familiares de un ‘presunto delincuente’ payo? Muy rara vez habrá pasado, pero con los gitanos es demasiado común –también sucedió en el barrio de Baró de Viver en Barcelona–. Los medios de comunicación y la administración dijeron que se trataba de ‘protestas vecinales’, nadie se atrevió a decir que se trataba de racismo en estado puro. La evidencia de que esas ‘protestas vecinales’ eran racistas es que eran violentas y estaban dirigidas por personas payas contra personas gitanas inocentes. Si eso no es racismo que baje Dios y cambie la definición de racismo.

El día que un gobierno llame racistas, sin apelativos, a quien cometa actos racistas contra los gitanos en su propio territorio, que dé el paso de reconocer que parte de sus vecinos son abiertamente racistas y que hay que actuar contra ello, entonces los demócratas podremos celebrar una victoria. De momento, de ese tipo de victorias, aquí no recuerdo ninguna.

El 16 de mayo es un día para reivindicar la lucha contra el racismo, haciendo un ejercicio de memoria, llamando la atención de lo que sucedió en el pasado y de lo que sucede en el presente, dentro y fuera de nuestras fronteras, apelando a la responsabilidad democrática de nuestros conciudadanos y nuestros representantes políticos.

Y como el 16 mayo va de victorias, permitidme acabar con las que representan, a mi juicio, dos de las últimas batallas más simbólicas ganadas contra el racismo (fuera de nuestras fronteras):

  1. Las manifestaciones organizadas por estudiantes franceses en París en septiembre de 2013 para protestar por la expulsión de Leonarda Dibrani, ordenada por el entonces ministro de interior francés, Manuel Valls. Las protestas duraron varios días y reunieron a millares de personas, principalmente no gitanas, para protestar por las políticas racistas de expulsión de gitanos y gitanas de Francia. Manuel Valls fue llamado al orden por el primer ministro de su partido y tuvo que admitir su error.
  2. La aprobación por parte del Parlamento Europeo, en octubre de 2017, de una resolución contra el antigitanismo orientada a iniciar un proceso de reconciliación entre la minoría gitana y los Estados de la UE, instando a la Comisión Europea a que “en aras de instaurar una confianza mutua que resulta fundamental, cree una comisión de la verdad y la reconciliación con objeto de reconocer la persecución, exclusión y repudio de los gitanos a lo largo de los siglos, a que documente esta situación en un libro blanco oficial, y a que cuente con la participación del Parlamento Europeo y de expertos romaníes en la realización de esta labor.”

Se trata de dos pequeñas victorias, de índole muy diferente, de las que nos debemos enorgullecer, pero sobre todo, sobre las que debemos seguir trabajando para ganarle terreno al racismo, porque una batalla ganada sin afianzarla día a día, sólo nos conduce al mismo lugar de siempre, a la derrota ante el racismo.

Perdón, Reparación y Reconciliación con el Pueblo Gitano

by Pedro Casermeiro

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Empecemos la reflexión por el final. Para poder poner fin a una situación de injusticia, subyugación, opresión, agravio, abuso, violación, aniquilación cultural –llamémoslo como queramos, ahora no importa– la parte dominante debe pedir perdón y restituir a la víctima. Si no se pide perdón y no se hacen los esfuerzos necesarios de reparación, el Pueblo Gitano estará condenado a seguir siendo una víctima eternamente.

El Pueblo Gitano es víctima de las políticas que España ha desarrollado desde sus episodios más embrionarios hasta la actualidad. Si hay un claro y rotundo ejemplo de racismo estructural en el mundo, ese es sin duda el caso del Pueblo Gitano en España. De 1499 a 1978 contamos con más de 200 leyes, pragmáticas y edictos en contra del Pueblo Gitano, sin contar las diferentes políticas aplicadas en cada municipio y región que no han hecho más que ahondar en los procesos de exclusión de las comunidades gitanas. Estamos hablando de 500 años de persecución institucional en los que se ha señalado y marcado al Pueblo Gitano por ser diferente y el Estado ha puesto todos sus recursos para corregir –aniquilar culturalmente– esa diversidad.

Y aunque en la actualidad, ya no existen políticas expresamente dirigidas en contra de la diversidad gitana, el racismo de 500 años de persecución ha acabado por cristalizar en la sociedad, generando el rechazo, ya no sólo institucional, sino también social, situando al Pueblo Gitano en una situación de marginalidad, exclusión y asimilación cultural.

Podríamos definir el racismo estructural como la normalización y legitimación de políticas públicas y prácticas cotidianas que producen una discriminación de facto y continuada en el acceso a derechos y servicios para un grupo concreto de la sociedad, basándose supuestamente en argumentos igualitarios –que no equitativos–. De esta forma se genera la segregación y la culpabilización de la víctima de su propio proceso de exclusión. Somos nosotros los que no queremos acceder a nuestros derechos, los que no queremos trabajar, los que no queremos pagar un alquiler o hipoteca, somos nosotros los que no queremos estudiar, los que no cuidamos nuestra salud y, por supuesto, somos nosotros los que no queremos hablar en caló –ahora, antes en romanó-. Somos los culpables de nuestra situación, no nos queremos integrar. Entiendan la ironía.

El racismo sufrido por el Pueblo Gitano no es un racismo naif basado en estereotipos y prejuicios como muchos están empeñados en entender. No. El racismo sufrido por el Pueblo Gitano se basa en una estratificación de jerarquías sociales y políticas de poder que no permiten al diferente disfrutar de la igualdad. Ojalá sólo nos enfrentásemos a algún que otro director de escuela racista o algún que otro encargadillo en el trabajo racista, o algún que otro vigilante que nos persiga por el supermercado. No. Nos enfrentamos a todo un sistema social y político que no nos permite ser quienes somos en libertad y en igualdad.

Foucault1 explica que el origen del racismo está en la necesidad de control y poder sobre la población. En este sentido, el nacimiento de los Estado-nación y la necesidad de homogeneización de la ciudadanía estarían directamente relacionados con el ejercicio de poder y control sobre la población.  Y el racismo no sería más que una herramienta para conseguir la homogeneización. De hecho, la primera de las pragmáticas de los Reyes Católicos sólo hace referencia a la organización laboral del Pueblo Gitano, obligando a asentarse, tomar un oficio conocido y servir a un señor. Las siguientes pragmáticas estrecharían más el cerco a la cultura gitana en todos sus ámbitos.

En este artículo no trato de establecer una relación entre poder y racismo, tampoco pretendo hacer un repaso por la sucesión de políticas represivas contra el Pueblo Gitano, simplemente trato de manifestar con claridad dos ideas básicas: primero, que la situación de desigualdad sufrida por el Pueblo Gitano es fruto de cinco siglos de políticas estatales dirigidas específicamente a excluir a un pueblo por el hecho de ser diferente;  y segundo, que es responsabilidad del Estado reparar el daño causado.

El resultado de esa larga historia de políticas represivas se puede resumir con los siguientes datos:

Resumiendo, el racismo estructural es fruto de un racismo institucional dirigido por los poderes públicos que ha acabado por cristalizar en una estructura que excluye sistemáticamente al Pueblo Gitano del disfrute de los derechos y deberes de la sociedad.

Es racismo estructural  que no estemos representados en todos los estamentos de la sociedad de manera equitativa al resto de la población; es racismo estructural que no tengamos profesores o directores gitanos en las escuelas; es racismo estructural que no tengamos gitanos en los consejos de administración de las grandes empresas; es racismo estructural que no tengamos representantes políticos gitanos; es racismo estructural que no tengamos médicos gitanos; es racismo estructural que no tengamos jueces gitanos; es racismo estructural que estemos sobrerepresentados en cualquier índice de exclusión y pobreza; es racismo estructural que se invisibilice nuestra autoría del flamenco; es racismo estructural que ya no hablemos ni en caló; y es racismo estructural un sinfín de cuestiones más.

Estamos, pues, ante un claro caso de etnocidio, iniciado en 1499 con la primera pragmática de los Reyes Católicos y que se alargará durante más de 500 años, incluyendo el primer intento de genocidio conocido en la Europa moderna, la Gran Redada de 1749. Un proceso en el que paulatinamente se aumentará el nivel de persecución y represión sobre los gitanos y su cultura.

En 2019, tras más de 40 años de democracia, es hora de que el Estado haga una reflexión honesta y profunda sobre las políticas dirigidas hacia el Pueblo Gitano a lo largo de la historia y sus consecuencias en la actualidad. Un Estado no debe tener miedo a reflexionar sobre su propia historia, sobre todo, la historia de violencia que ha dejado huella en el presente. El Estado tiene la responsabilidad de reconocer que la herida abierta en el Pueblo Gitano fue causada por el propio Estado. Tras esa reflexión, no cabe otra alternativa que pedir perdón a la víctima y repararla.

¿Qué implica pedir perdón?

Anteriormente solicitaba una reflexión honesta y profunda en torno a las políticas de persecución de la diferencia gitana. Y quiero volver a remarcar estas dos características. Necesitamos la honestidad suficiente para que el Estado pueda reconocer su culpabilidad, sin orgullo y sin actitudes defensivas. Necesitamos la madurez del Estado para asumir una culpa que, aunque parezca obvia a ojos de cualquier observador externo, ha sido seducida de tal manera que nos han hecho creer que a los gitanos nos gusta vivir en la más completa exclusión como pueblo.

La profundidad de la reflexión va ligada al conocimiento real de lo sucedido. Hace poco más de un mes la alcaldesa de Madrid pidió perdón por la discriminación sufrida por el Pueblo Gitano y por la pragmática de los Reyes Católicos, coincidiendo con el 520 aniversario de tal episodio. Profundidad implica saber por qué se pide perdón, porque me temo que las palabras de la alcaldesa fueron palabras vacías. ¿Por qué pide perdón la alcaldesa de un municipio por la pragmática de un monarca? Lo lógico sería que se hubiera indagado cuál fue el papel del consistorio en la ejecución de dicha pragmática, y de todas las que le siguieron y pedir perdón por todo aquello en lo que se colaboró para dar cumplimiento a las diferentes pragmáticas reales. No se debería pedir perdón por algo que ni siquiera se conoce o en lo que no tuvo ninguna responsabilidad. Se debe investigar todo lo sucedido durante el largo proceso de etnocidio del Pueblo Gitano. La información está en cada uno de los archivos municipales y estatales, sólo hay que poner interés en recopilar toda la información que se posee de una manera exhaustiva y ordenada. No puede ser que la historia –de persecución– gitana esté escrita por personas que dedican, con la mejor de sus voluntades, su tiempo personal en reconstruir un puzle sin piezas. La administración debe quitarse las vendas del orgullo e investigar lo sucedido con el Pueblo Gitano con el máximo rigor y honestidad.

Enrique Echeburúa2, en un artículo en el que reflexiona sobre el conflicto vasco, explica que “el perdón no es olvido, pues para perdonar es ineludible la memoria del agravio. Nada puede modificar el pasado, pero el perdón puede cambiar el futuro. La memoria sin ira, sin afanes vengativos, no abre, sino que cierra heridas”.

Los gitanos necesitamos cerrar una herida abierta hace ya demasiado tiempo. Necesitamos dejar de ser víctimas. Necesitamos decirle adiós a todo un pasado de dolor que no deja de reproducirse cada uno de nuestros días. Necesitamos mirar a la historia sin ira. Necesitamos sentirnos tan orgullosos por formar parte de la sociedad como por formar parte del Pueblo Gitano. Necesitamos ser partícipes del mundo en el que vivimos, de ser uno más, de no ser señalados. Necesitamos sentirnos libres del racismo que nos acompaña desde hace más de 500 años.

Sé que el lector infectado por el virus común del racismo rápidamente se preguntará ¿por qué no piden perdón los gitanos por los delitos que hayan cometido a lo largo de la historia? La respuesta es muy sencilla, los gitanos como nación nunca nos hemos organizado como pueblo o nación para nada, nunca nos hemos dotado de un aparato legislativo ni ejecutivo, ni siquiera para defendernos de la continua persecución sufrida. Y aunque no toque decirlo aquí –esto que sigue es sólo para racistas: los delitos de cada uno a título individual son los delitos de cada uno a título individual. La persecución de un Estado con todos sus poderes, no es un delito a título individual–.

Roberto Blum3 escribía recientemente sobre la polémica surgida entre Méjico y España acerca de la exigencia del primero para que España pidiera perdón por los agravios cometidos durante el proceso colonial, y explicaba la necesidad de afrontar el proceso con madurez y asumiendo responsabilidades. “Abrir los furúnculos históricos es doloroso, pero necesario para la salud y la recuperación. Pedir perdón es doloroso para el agraviante, pero quizás es más doloroso para la víctima otorgar auténticamente, de corazón, el perdón al ofensor. Pedir perdón y perdonar no puede ser simplemente olvidar los hechos, cubrirlos y enterrarlos. El agresor debe comprometerse a no repetir jamás esas conductas y el agredido a no permitir nunca más ser tratado como víctima desamparada. Pedir perdón y perdonar es solo el primero y necesario paso para la reconciliación. Luego debe venir la reparación del daño”.

El reconocimiento público del daño infligido y el ejercicio de solicitar perdón deben ir acompañado de la reparación de las secuelas producidas, de manera que se permita reestablecer el vínculo quebrado entre el Estado y una parte de sus ciudadanos. Las víctimas, el Pueblo Gitano, seremos soberanos para decidir si aceptamos o no ese perdón, pero todo dependerá de que las soluciones para la reparación sean aceptables desde el punto de vista gitano.

Las medidas necesarias para combatir un problema estructural deben ser también estructurales, deben remover la estructura de una sociedad caracterizada por el racismo contra el Pueblo Gitano. Del mismo modo que el machismo irá quedando atrás en la historia gracias a la educación y a las políticas de igualdad basadas en la implementación de cuotas en diferentes ámbitos –principalmente en el acceso al empleo y a la representación política–, el racismo estructural padecido por el Pueblo Gitano requerirá del desarrollo de leyes que promuevan una igualdad efectiva entre gitanos y no gitanos apoyados en el empleo de cuotas que permitan nuestro acceso a la educación superior, al empleo o a la representación política, además de promover nuestra cultura.

Las cuotas, aunque presentan gran resistencia en cierta parte de la sociedad –especialmente en aquella parte que no quiere ceder parte de su privilegio como blanco y como hombre– están demostrando una gran capacidad de transformación. Doce años después de la ley4 para promover la paridad entre mujeres y hombres en los parlamentos españoles, se está produciendo una auténtica revolución feminista en toda la sociedad. Y aunque, aparentemente, no haya una relación de causa y efecto entre ambos hitos, sí que forman parte del mismo proceso de transformación con el que se está consiguiendo erosionar las estructuras de poder machistas en las que se ha basado la sociedad.

Se dice que somos más de 650.000 gitanos en España, es decir, cerca de un 1’5% de la población total. Y aunque es una cifra claramente a la baja –todos sabemos que somos muchos más aunque no nos podamos contar– sí me sirve para poder lanzar una pequeña reflexión, ¿Se imaginan si pudiéramos dedicar un 1’5% del presupuesto que se destina en el ámbito de cultura del gobierno central, de las autonomías, de las diputaciones y de los municipios a promover la cultura gitana? Pocas maneras más justas habría para reparar el agravio cultural.

El proceso de perdón y reparación debe conseguir, es cualquier caso, restaurar la dignidad del Pueblo Gitano, devolvernos a una posición de igualdad con el resto de la sociedad, ni más ni menos, con las mismas oportunidades que todos. Y no se trata de que contemos con las mismas oportunidades “sobre el papel”, eso ya nos lo dio la Constitución de 1978 y sabemos que es papel mojado, se trata de realidades constatables:

  1. que el porcentaje de desempleo entre la población gitana sea exactamente igual que entre la población no gitana;
  2. que los niveles educativos de la población gitana sean exactamente igual que los de la población no gitana;
  3. que los gitanos hablemos nuestro idioma con la misma fluidez que el resto de pueblos hablan su lengua materna;
  4. que no haya una brecha salarial entre gitanos y no gitanos, esto es, que el poder adquisitivo medio de la población gitana sea igual que el poder adquisitivo medio de la población no gitana;
  5. que los gitanos puedan elegir vivienda de la misma manera que el resto de la población;
  6. que el índice de pobreza entre los gitanos sea igual que en el resto de la población;
  7. que la salud de las personas gitanas sea igual a la de las personas no gitanas;
  8. que podamos estar representados políticamente;
  9. que el Pueblo Gitano forme parte de las instituciones del país;
  10. y un largo etcétera.

Querer hablar ahora de actos que se iniciaron hace más de cinco siglos puede parecer poco congruente, sobre todo porque los valores del Estado y de la ciudadanía de entonces distan mucho de los valores del Estado y de la ciudadanía de hoy día. Sin embargo, el intento de genocidio cultural y las continuas violaciones a la dignidad del Pueblo Gitano fueron política de Estado hasta hace tan solo 40 años, muy pocos. Exigir unas disculpas y una reparación no es una reivindicación que requiera de palabras vacías de políticos en época electoral. La grave situación de exclusión social –económica, laboral, cultural, educativa, sanitaria y política entre otras– es fruto de un largo tiempo de políticas de persecución por parte del Estado. El Estado es responsable de esta situación y, por ende, es responsable de la reparación. Si no quieren repararnos con justicia y dignidad, entonces ahórrense las disculpas y sigan siendo racistas.


  1. Foucault M. Geneología del Racismo. Ed. Museo de Buenos Aires. Buenos Aires 1996.
  2. Echeburúa E. Perdonar puede ser la única posibilidad que posee el ser humano para modificar el pasado doloroso y para cambiar un hecho ya modificable. El Correo. 9 de diciembre de 2012.
  3. Blum R. Estado y nación, perdón y reparación. El Periódico. 30 de marzo de 2019.
  4. Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

 

 

Sin complejos. Igualmente desiguales

by Ramón Flores

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Habrán escuchado esta recurrente expresión en numerosas ocasiones en los últimos tiempos, sobre todo proveniente de líderes de la derecha española. Es una expresión muy trending donde se da a entender como una nueva consigna, como una señal de nuevos tiempos. Con una media sonrisa. Sin complejos. Como el anuncio de los años noventa del whisky DYC «gente sin complejos», gente que no tenía complejos en pedirse un pelotazo de whisky español, segoviano para más señas. Qué escocés ni escocés…

Pues la derecha española se ha puesto en modo DYC.

¿Por qué lanzan esta proclama los políticos de derecha precisamente ahora? Pues porque viene la extrema derecha. De hecho ya está aquí. Se estableció oficialmente el pasado 2 de diciembre, entrando desde el sur, pero ya estaba en la sala de espera mucho antes.  El miedo a perder una posición privilegiada en el tablero del juego político nacional e internacional, hace caer caretas para no quedarse al margen.

Y es que los partidos conservadores en Europa están apostando de manera voluntaria por arrimarse más a la derecha del espectro, dejando de lado el aburrido centrismo político del que hacían gala hasta hace apenas unos meses. Sin embargo, podemos creer tanto la ciudadanía como observadores y analistas políticos que para ganar, siempre es mejor moverse hacia el centro. Allí se supone que está el votante decisivo. Pero de algún modo, esto no parece suceder así.

Dos estudios en Estados Unidos demostraron que los candidatos presidencialistas son a menudo mucho más extremistas que sus votantes promedio, a veces incluso más extremistas que la base ideológica de sus partidos.

Sin embargo, al menos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, casi no hay penalización por ser extremista. Para decirlo sin rodeos: los candidatos pueden ser todo lo extremistas que quieran porque pueden salirse con la suya. El primer estudio, realizado por el politólogo de la Universidad de Vanderbilt, Larry Bartels, examina los datos del Estudio Nacional de Elecciones en Estados Unidos de las elecciones presidenciales entre 1980 y 2012.

Aquí nos muestra que republicanos y demócratas son más extremistas que sus votantes medios, aquellos que no son necesariamente afiliados o activos públicamente.

Entonces, ¿si los candidatos se radicalizan, pierden votos? El segundo estudio, liderado por Martin Cohen, de la Universidad James Madison, concluye que no. Los candidatos que posiblemente sean más ideológicamente extremistas, no pierden mucho voto en comparación con los candidatos más centristas, una vez que se tienen en cuenta otros factores. El estudio indica que hay «poca evidencia de una relación electoralmente importante entre el extremismo del candidato y los resultados de los votos».

¿Les suena familiar este discurso «escorado» a la extrema derecha en España últimamente?

Esto no significa que las opiniones de los políticos no tengan ningún impacto en absoluto. Pero sí que el votante medio, que no es tan ideológico, use esta corriente como un atajo para votar por sus candidatos. Y esto, a su vez, permite que los candidatos puedan captar votos de aquellos que sí tienen sus mentes radicalizadas.

Ya hemos visto lo que hizo el UKIP con Nigel Farage a la cabeza, metiendo en serios problemas al Reino Unido con el Brexit. En el resto de Europa, Italia, Polonia y Hungría ya abrieron las puertas al discurso populista de la extrema derecha.

Italia, con la «Lega Nord» de Salvini, se alinea en Europa con el grupo «Europa de las naciones y las libertades», donde está Le Pen. Del mismo modo, «Ley y Justicia», que gobierna Polonia desde 2015, se adscribe a la extrema derecha euroescéptica y anti migratoria.

Pero lo gracioso viene desde Hungría. Fidesz, de ideología ultraconservadora, nacionalista y cercano a la extrema derecha que gobierna el país desde 2010 de la mano de Orbán, ¡está adscrito al «European People’s Party»!

Un Partido Popular Europeo (EPP, en inglés) que ostenta la presidencia de la Comisión Europea con Jean-Claude Juncker y el Consejo Europeo de la mano de Donald Tusk. También poseen la presidencia y vicepresidencia del Parlamento Europeo con Tajani y Livia Jaroka, la política húngara de «origen» romaní que defiendió a la ultra derecha húngara, una ultra derecha que contaba con un brazo militar que en 2008 asesinaron a seis personas gitanas.

Pero todo esto conlleva un trasfondo más complicado. Como mencionaba anteriormente, el viraje hacia la derecha de conservadores y de algunos liberales en Europa (y en el sur de España), obedece no sólo a un sentimiento «anti» todo.

Este cambio de rumbo obedece a unas necesidades «neoliberales» del mercado. El colapso de la economía mundial y su posterior recuperación, hicieron que los gobiernos de Europa y Estados Unidos viraran a unas posiciones más radicalizadas para captar adeptos. Las influencias neoliberales llevan mucho tiempo transfigurando las estructuras sociales de las democracias occidentales. Es cierto que, como decía Umberto Eco, no volveremos a ver el show fascista del siglo pasado, con sus parafernalias y alharacas guerrilleras, y precisamente por eso, hoy la extrema derecha se disfraza de neoliberal.

Esta nueva extrema derecha no rechaza frontalmente la democracia, de hecho, su discurso se agarra a las banderas y Constituciones y en su retórica discursiva apelan al «sentido común». Todos estos ingredientes ponen en jaque a la derecha tradicional, envuelta en la ideología conservadora y al centro moderado, vestidos de liberales más modernitos.

La historia nos muestra que a veces, los patrones se repiten. En el periodo de entreguerras de la primera y segunda Guerra Mundial, los populismos radicalizados lanzaban proclamas «anti» todo como respuesta a cualquier problema. Si durante el siglo XX fue el miedo al comunismo y a los judíos, en el XXI la proclama principal es la crisis económica, culpando a los inmigrantes del receso de las economías y el terrorismo que amenaza con «islamizar» Europa, despojándola de sus valores culturales y cristianos. Si a esto le unimos unas condiciones laborales precarias y un mercado laboral reducido, es solo cuestión de tiempo que aparezca el racismo, añadiendo el ingrediente definitivo a este distinguido cóctel.

Con la izquierda ideológicamente derrotada, el neoliberalismo y el conservadurismo pueden lucir «sin complejos» el papel para los que han sido creados: defender a la clase dominante y minimizar el Estado. Andalucía es una muestra de ello. Y las elecciones europeas están a la vuelta de la esquina, así como las municipales en España.

Hay un dato importante a tener en cuenta, el Parlamento Europeo pasará de tener 751 a 705 eurodiputados, una vez que el Reino Unido abandone la Unión. Y los primeros sondeos nos muestran un auge de la extrema derecha y un receso importante del Partido Popular Europeo y el Socialdemócrata en la Eurocámara.

Con este escenario, a conservadores y liberales no les queda más remedio que sonreír y mirar hacia otro lado cuando la extrema derecha grita. Porque tras la parafernalia populista y la designación de enemigos a destruir que sirve para ganar adeptos radicalizados (ya sean inmigrantes o el feminismo), se esconde la política que no se ve. Las proclamas neoliberales que pasan desapercibidas en los programas electorales que nadie lee. Y son esas propuestas ultra neoliberales escondidas las que son tan peligrosas como el discurso de odio que va de frente como carta de presentación.

Las cacareadas rebajas de impuestos sólo refuerzan los privilegios de las rentas más altas así como de los grandes grupos empresariales, ya que los tramos fiscales se suavizarán al llegar a esos niveles. Todo eso conlleva una recaudación menor a las arcas del Estado, que a su vez repercuten en los servicios básicos de titularidad pública como infraestructuras, transportes, sanidad o educación.

Y cuando nos encontramos problemas en la oferta de servicios de públicos, sale el sector privado como divino salvador. Casualmente (no sean mal pensados), cuando surge el debate sobre la idoneidad sobre el copago sanitario, los hospitales públicos empiezan a colapsar, entonces aparece la varita mágica de la derivación a la sanidad privada, previamente concertada. Podemos preguntar a gallegos y madrileños qué tal les ha ido con este modelo.

En materia de educación, bajo el discurso de taza de Mr. Wonderful de que los padres podrán elegir la educación de sus hijos, nos encontramos con la libre elección de los centros educativos. Esto está muy bien, pero se olvidan de mencionar que serán los propios centros los que establecerán sus cupos de admisión, lo que servirá para hacer las correspondientes cribas mediante la exclusión de los alumnos con «perfil bajo».

También nos encontraremos con la equiparación de la educación pública, concertada y diferenciada, donde no sólo nos encontraremos con colegios que separen a niños y niñas y  colegios privados subvencionados con dinero público, si no que se le dará el aire de necesidad a la segregación del alumnado gitano e inmigrante… ¿Les suena?

Desde un punto de vista puramente sociológico, esta estratificación social disfrazada de competitividad nos conduce inexorablemente a la desigualdad social, convertida en fenómeno funcional y universal, justificado por las desigualdades individuales. Según este modelo que traen estas propuestas neoliberales, cierta desigualdad es necesaria porque contribuye a que las posiciones más importantes sean ocupadas por las personas más cualificadas.

Pero se olvidan de que con estas medias, serán las élites sociales las que pondrán los límites de acceso a los estratos más altos (principalmente estudios superiores y mercado laboral), agrandando así la brecha social, económica y cultural. La sociedad pasará a ser considerada como lugar de competencia, cuya esencia ya no se encontrará en la equivalencia sino en la desigualdad, caracterizada por Foucault como la condición de ser «igualmente desiguales».

Volviendo al tablero político, la fragmentación de la derecha española y europea nos la han vendido como que «la derecha se rompe» por la llegada de los extremistas. Nada más lejos de la realidad. En el ámbito político y militar, la frase «divide y vencerás» da entender que si tu enemigo se encuentra dividido en vez de unido, será mucho más fácil controlarlo y vencerle.

Pero, en las Ciencias de la Computación, el término «divide y vencerás» hace referencia a la solución de un problema, de un tamaño determinado. Mediante este paradigma se divide dicho problema en un conjunto de sub-problemas del mismo tipo, pero de tamaño menor. Cada sub-problema obtenido en el proceso de división puede ser, a su vez, subdividido siguiendo el mismo criterio. Este proceso se lleva a cabo hasta que el sub-problema actual sea indivisible  o hasta que este pueda ser resuelto por un método directo.

Traducido a lenguaje político, las pequeñas victorias te hacen ganar la partida, son la clave. Desde la aparición de nuevos partidos en el tablero, dijimos adiós a las mayorías absolutas tras las elecciones. Entendido entonces el nuevo escenario, la máxima de «divide y vencerás» ya no se refiere a fragmentar al enemigo para que no pueda rearmarse.
Ahora consiste en dividirse y ofrecer al cliente ­­­ (perdón, votante) lo que quiere oír de forma personalizada: unos ofrecen libre elección de colegios y bajada de impuestos; otros rebajas fiscales; otros van contra inmigrantes y feminazis… Como un holding empresarial con sus correspondientes filiales.  Luego basta con sumar para gobernar, dándole a la democracia un falso tono de pluralidad.

Por eso ahora los candidatos escorados a la derecha dicen sus verdades «sin complejos», en un espectáculo televisado y radiografiado en redes sociales para ver quien dice la burrada más grande.
En España tampoco sorprende tanto, ya que lo que cacarea públicamente la extrema derecha, ya lo decían los conservadores por lo bajini.  Ahora, la violencia de género, las fake news y la histerización de la sociedad están en el terreno de juego.

Pero no se engañen, una vez alcanzado el poder, el tono histérico de la campaña electoral siempre baja, y el primero en hacerlo es, sorprendentemente, la extrema derecha, para pasar a una moderada liturgia institucional disfrazada de «sentido común».

Lo malo de todo esto es que supone una involución hacia un escenario rancio y desfasado que nos retrotrae a esa España profunda de Torrente que pretendía ser una parodia de la idiosincrasia española que añora un pasado que nunca existió, con un precio que volverá a pagar, entre otros, la comunidad gitana, soportando medidas que fomentan la segregación y que serán vendidas al gran público como necesarias y socialmente avanzadas.
Y con esta derecha en modo DYC, no se extrañen que volvamos a escuchar a Cañita Brava aquella mítica frase de: «¡Torrente, me debes seis mil pesetas de whisky!». Gente sin complejos.