Volver a empezar

by Ramón Flores

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8 de abril de 1971, Londres.

Primer Congreso Mundial del Pueblo Gitano.

Gitanos de 28 países se lanzan a la aventura de lo desconocido para poner en común realidades, anhelos, inquietudes y aspiraciones para con sus comunidades. La mayoría provenientes de países bajo regímenes comunistas, otros, de países bajo regímenes fascistas como España.

Grandes nombres grabados para siempre en la historia, como Grattan Puxon, Slobodan Bersbeski, Jarko Jovanovic, Ramirez-Heredia y tantos otros que pusieron el primer hito en un camino que estos días cumple medio siglo.

El resto de la historia, ya la saben.

 

9 de abril de 2021. Algún lugar del mundo.

Abusos policiales, ignorancia política, discriminación estructural, invisibilidad social, acoso en redes sociales y en las calles. La realidad de las comunidades gitanas en el planeta no parece la mejor de todas después de cincuenta años de oficialidad de un movimiento que se suponía iba a contribuir a cambiar las cosas para más de doce millones de personas en el mundo.

Cada 8 de abril, eventos sin pies ni cabeza nos muestran el trabajo de organizaciones no gubernamentales luchando contra la discriminación, otros sacando la misma foto en blanco y negro del congreso con Yul Brynner, otros hablando del Gelem Gelem… Pero todos lejos del mensaje de unidad e identidad política romaní que soñaron los del 71.

Seguimos sin una identidad política clara, más allá de las fronteras de los países donde vivimos. Nos hemos embriagado con palabras como Romanipen, Yekhipe, pero en cuanto llega el 9 de abril, se apagan los focos y todos vuelven a su oficina con sus proyectos en el barrio. Hasta el año que viene.

Quizá a lo largo de estos años, sobre todo los últimos diez-quince, nos hemos embriagado a nosotros mismos de una palabra, “activista”, que de tanto repetirla, como muchos otros términos, ha perdido su sentido. Pero eso no significa que el activismo haya perdido su razón de ser ni su necesidad.

Los activistas romaníes tenemos razón en casi todos los frentes. Tenemos razón sobre la supremacía blanca en el mundo, los privilegios, la apropiación cultural, las continuas agresiones y la presencia perpetua del antigitanismo en la sociedad. Seguimos teniendo razón en que las comunidades gitanas no pueden acabar con el racismo sistémico y que no es nuestro trabajo (¿o tal vez sí?) educar a los aliados sobre el antigitanismo y su omnipresencia. Los activistas seguimos teniendo razón, pero no estamos ayudando tanto como nos creemos.

Vivimos unos tiempos en que somos conscientes de los daños que hay que reparar y queremos combatirlo. Todos queremos ayudar. Nuevas generaciones se unen para continuar el camino. Pero estamos siendo testigos de que estas nuevas generaciones se están formando en Internet, se están graduando en el activismo de Twitter y Facebook.

Hoy hablamos de interseccionalidad, transversalidad y sabemos identificar a racistas infectos y sabemos crear hilos en Twitter sobre si un político o un periodista o un personaje cualquiera ha soltado alguna alharaca racista online. Y nos ponemos etiquetas y nos llamamos “activistas” como si de una nueva identidad se tratase, como si hablásemos de una necesidad auto impuesta para estar en el “movimiento”.

Pero yo sigo creyendo en la buena fe y en los corazones de las personas que sí están en el lugar correcto, sin embargo, el activismo de performance (activismo arraigado en la óptica, la percepción y la proyección de una imagen de apoyo), no crea sociedades más justas.
La lucha contra el antigitanismo debería haberse adaptado y moldeado a lo largo del recorrer de los caminos. Pero cincuenta años después de aquel congreso, no lo hemos conseguido.

Porque si eres gitano en (inserte aquí un país de Europa), estarás discriminado, violentado o ignorado en el mercado laboral. Lo mismo en el sistema educativo. La cultura te ignorará y te ninguneará. Solo se acordarán cuando lleguen los días señalaítos y sabemos que todas estas cosas deberían tener un impacto mediático y situarse en el centro del debate. Pero seguimos sin conseguirlo.

Las sociedades blancas siguen siendo alimentadas con propaganda que dice que los gitanos son malos, que no se integran, que alguien conoce a los gitanos de tal barrio y son lo peor, que no te puedes fiar, que sólo quieren subvenciones y casas gratis.

¿Ha cambiado algo la realidad del 71 con la de ahora? ¿De verdad estamos mejor?

A rasgos generales, es indudable que sí. Los regímenes democráticos imperan en Europa, al menos sobre el papel. El estado de bienestar es innegable (aunque mejorable), entonces ¿por qué seguimos enfrentando los mismos problemas 50 años después?

Seguimos teniendo los mismos problemas, pero la diferencia ahora es que tenemos más activistas diciendo que tenemos muchos problemas. Cada uno con un altavoz diferente. Unos siguen hablando de nación gitana, otros sobre flamenco y cultura, otros claman 24 horas al día, 7 días a la semana que son antifascistas…

Y esto no está mal. No es una crítica. Los políticos publican tweets hablando sobre el 8 de abril, de vez en cuando algún periodista dice alguna cosa sobre la discriminación hacia los gitanos. Pero seguimos teniendo mil batallas de guerrilla en mil frentes distintos y miles de personas gitanas siguen sin acceso al agua potable, siguen siendo agredidos por las fuerzas policiales, ignorados en las instituciones.

¿Dónde está la unidad que clamaban los del 71?

Quizá no hemos sabido leer el contexto donde nos hemos movido estos últimos cincuenta años. Los 70 y los 80 fueron épocas de profundo cambio social en todas partes del mundo. El fin de la guerra de fría, el triunfo del capitalismo, el nuevo rol de las Naciones Unidas, de la OTAN, la transformación de la Comunidad Económica Europea en la Unión Europea… y nosotros en tierra de nadie, dando voces en el desierto, cada uno por su lado. Seguimos ahí, por desgracia, en 2021.

No me suele gustar comparar movimientos sociales con respecto a distintos grupos y distintas épocas, porque no es sano ni útil desde un punto de vista sociológico, pero ahora creo que es importante intentar trazar ciertos paralelismos con los movimientos de los derechos sociales hechos por los negros en EEUU.

Desde que Rosa Parks se negara a levantarse de su asiento en un autobús en Alabama hasta que Barack Obama fue proclamado presidente, pasaron cincuenta y tres años. No estamos diciendo que la solución para las comunidades romaníes sea una presidenta gitana en algún país, aunque eso estaría genial. Tampoco estamos diciendo que el racismo contra los negros en EEUU se haya solucionado.

Pero tal vez sí que podríamos analizar con la perspectiva del tiempo qué hicieron bien en EEUU estos últimos sesenta años. ¿Tuvieron más claro sus objetivos? ¿Mostraron más unidad? ¿Tuvieron mejores aliados?

Quizá sea una combinación de todas esas cosas, pero lo que está claro es que las comunidades romaníes, cincuenta años después, seguimos más o menos en el mismo sitio.
Quizá queremos ser una comunidad a la que se le preste atención, pero nadie se atreve a hacer una “campaña” de verdad con nosotros.

Puede que no necesitamos un Roma Lives Matter, porque mientras los activistas reconocemos el tamaño y la importancia de la protesta, todos, sin excepción, al final del día regresamos a casa y la mayoría, regresa a su barrio, su barrio de gitanos. De nuevo aislados.

Al final, como decía anteriormente, el activismo de performance se nos ha ido de las manos, simplemente porque no funciona, no sirve para nada, no reporta beneficios a la comunidad. No deberíamos olvidar que el activismo no se trata de perfección o buena ejecución de las acciones, se trata de educación y resistencia.

Para aquellos que son nuevos en el activismo gitano, puede ser fácil caer en el activismo de performance, pero esas medidas a medias no son suficientes. Las palabras vacías y las imágenes de perfil de Facebook no son suficientes. El silencio no es una opción y tampoco una muestra vacía de pseudo-solidaridad. Para avanzar hacia una justicia duradera y cambios sistémicos significativos, el activismo debe ser más que una performance.

Debemos ser conscientes que el activismo es fundamentalmente multifacético, particularmente en tiempos de pandemia. Por supuesto que hay múltiples vías para el activismo, que incluyen utilizar la visibilidad de las redes sociales para llamar a la acción, donar, recaudar fondos, firmar peticiones, contactar a políticos para promulgar cambios legales y educarse a sí mismo. No existe un enfoque único para el activismo.

Sin embargo, las redes sociales también pueden ser un refugio seguro, una forma para que las personas hagan lo mínimo de una manera muy visible que alivie su sentimiento de culpa, haciéndoles parecer que están en el lado correcto de la historia sin tomar ninguna acción concreta y esto, nos guste o no nos guste, pasa cada 8 de abril.

Esto no quiere decir que las personas que hacen activismo online sean malos activistas. En cambio, demuestra los límites del activismo en las redes sociales: la visibilidad que la convierte en una herramienta poderosa también se presta a la necesidad de reconocimiento de esa performance. Estas acciones no logran crear un cambio o comprensión duraderos, sino que demuestran la necesidad de que el activismo en las redes sociales vaya acompañado de acciones. Creo que ahí es donde estamos fallando, no creamos que ya hemos recorrido todo el camino. No tengamos miedo a empezar de nuevo.

El activismo es un proceso de crecimiento individual y conversación constante, un compromiso con toda una vida de acción y atención que no puede detenerse hasta que se logre la justicia y la igualdad. Sigamos trabajando y seamos más eficientes, incluso después del 8 de abril.

 

*Imagen de Raul Krauthausen @raulde

¡Viajeras al tren!

by Mercedes Porrras Soto

Bourdon,_Sébastien_-_Le_Camp_de_Bohémiens‘Le Camp de Bohémiens’ de Sébastien Bourdon

Cojo el tren de la mañana y todo está como siempre, como antes de vivir en torno al «bicho», grupos de jóvenes hablando, ejecutivos vestidos elegantemente, parejas cogidas de la mano y mujeres, muchas mujeres que hacen viaje, a saber por qué motivo.

Lejos ha quedado el hecho de sentirse vigilada y observada por el hecho de viajar sola. ¿Son imaginaciones mías o hemos dejado atrás el miedo a ser mujer en un mundo cada día más diverso? En cualquier caso, las gitanas ya no necesitamos exclusivamente la protección del acompañamiento grupal o masculino para poder desarrollar nuestra vida diaria. O puede ser me equivoco y es el traqueteo del tren que me hace pensar.

En algún momento hemos dejado la comodidad del viaje bullicioso y lento de las caravanas de gitanos y gitanas, al paso breve y cansado de las caballerías, marcado por el sonido de los violines y de los niños. Peregrinaciones laicas de núcleos familiares enteros en busca de mundos mejores. Podría afirmar y afirmo que imágenes como las de Sebastien Bourdon, haciéndose eco de esos momentos, son pura historia del arte y de la estética, pero también de nuestra historia de vida. No puedo dejar de imaginarme, mientras miro por la ventana del tren, grupos de gitanos y gitanas haciendo parada en el camino y aún veo más nítida la imagen de las mujeres gitanas amamantando a bebés sentadas en el suelo. Dios mío, este tren corre demasiado y no me da tregua para fijarme en las caras de las gitanas que preparan gustosamente la olla. Quizás sería mejor que durmiera un poco antes de llegar a mi destino, si no, no seré persona cuando llegue a la estación.

Ahora que duermo, al menos tengo la sensación de que lo hago, sueño o pienso, no sé, en todos los procesos de cambio en los que hoy en día estamos involucradas las mujeres gitanas. Me gusta pensar que son procesos, que no hemos llegado al final y que todo se mueve y que debe continuar moviéndose. Me gusta imaginarme, como mujer gitana que soy, que nuestras vidas continúan guardando la esencia de lo primigenio pero que a la vez incorporamos nuevas formas de existencia que se adaptan a los tiempos y en nuestra voluntad.

No quiero ni pensar que las mujeres gitanas tengan que renunciar a su estatus de madre y luz del hogar, de hecho ninguna mujer sea gitana o no, pero tampoco acepto el hecho de no atreverse y correr el riesgo de ser muchas cosas más. El peligro existe, no lo negaré, el peligro de caer en el rechazo, en el ostracismo, en la negación por parte ajena o la duda de ser o comportarse como gitana o no. ¿Quién dijo que sería fácil? Pero de dificultades quién más sabe somos nosotras, las mujeres gitanas. Las hemos sufrido y las sufrimos en todos los ámbitos pero estas afecciones, como otras, no nos hacen más débiles, todo lo contrario, nos fortalecen y ennoblecen y ¡de qué manera!

Vivir la vida de mujer gitana no es una bagatela, nuestros padres, hombres e hijos bien que lo saben, quizás no lo dicen, pero lo saben, quizás no lo reconocen públicamente, pero lo piensan. Quizás incluso nos envidian. Si yo fuera hombre, y gitano, anhelaría las capacidades y aptitudes que las mujeres gitanas atesoran, las herramientas que tienen para sobrevivir y adaptarse a cualquier contratiempo por intrincado que sea, la fortaleza que transmite y aplica y los conocimientos que traspasa al resto. ¿Quién no querría ser mujer y gitana?

El megáfono del tren me acaba de espabilar y me informa que mi destino se acerca. Y como divagar aunque es gratuito, me pregunto si dos vagones más adelante, mi hermano, que es hombre y es gitano, también ha aprovechado su ratito de siesta para soñar cositas tan buenas como yo.

Sea como sea, ¡viajeras en el tren!

El Rromanó, mi lengua materna

by Enerida Isuf

Tree of Languages

“Si hablas con un hombre en un idioma que entiende, se le sube a la cabeza. Si le hablas en su lengua materna, eso llega a su corazón”. – Nelson Mandela

“¡Oh Devla, so chache hem devlikane lavja vakerdas akova manush!” (¨Oh Dios que palabras más santas y verdaderas ha dicho este hombre¨). Respiré hondo y sin pensar me salió del alma esta frase en Rromanó. Tuve una reacción tan profunda que despertaron todos los receptores de mi cuerpo, ni le dio tiempo a mi cerebro  a activar uno de los seis idiomas que hablo.

Mis lenguas maternas son el Rromanó y el albano, porque soy romaní de Albania.

En el preciso instante que leí la frase de Nelson Mandela estaba hablando con mi marido, en castellano. Mi cerebro estaba funcionando en castellano y aun así, mi corazón empezó a pensar en voz alta, salté al romanó.

Si mis primos romaníes de Cataluña hubiesen reaccionado igual que yo, ¿qué lengua les hubiera salido del corazón?

Nacidos en Cataluña, en España, de su corazón probablemente hubiera salido algo tal que:

“Undibel, que palabras más chachis ha penao este busnó”

Esta frase está compuesta por palabras en Rromanó y en castellano, lo que mis primos gitanos de aquí denominan CALÓ.  El caló, en una forma muy natural, que ha tomado la estructura gramatical del español y sobre ella ha ido insertando el vocabulario romaní.

Mis primos españoles por desgracia, desde hace siglos no han tenido la suerte de nacer, ver la luz y escuchar de sus padres decir “Mishto avilan akale lumjate mi chaj, te barjos dasar hem dadesar!” (Bienvenida en este mundo hija mía, que crezcas con padre y madre.)

Las primeras palabras que he escuchado eran en Rromanó y las primeras que pronuncié fueron dad, daj, (padre, madre). Todo el proceso de comunicación en mi familia, cuando comía, dormía, jugaba, crecía se desarrollaba en romanó. Por ese simple hecho, mi lengua materna es el ROMANÓ.

El Rromanó es la lengua materna hablada por más de 12 millones de personas en todo el mundo.

¿Qué significa lengua materna?

En la mayoría de los casos, el término lengua materna se refiere al idioma que una persona adquiere en la primera infancia porque se habla en la familia y suele ser el idioma de la región donde se vive. Ésta es conocida como lengua materna, primera lengua o lengua arterial.

Los Reyes Católicos iniciaron la secular historia de persecución y opresión de los gitanos y su cultura, siempre bajo amenaza de muerte. Y aun así, el caló ha seguido vivo.

El Rromanó nos identifica, nos atribuye nuestra identidad romaní y construye nuestra personalidad.

El lenguaje no es simplemente una variedad de palabras, sino una entidad que conecta a un individuo con su familia, identidad, cultura, música, creencias y sabiduría. Es portadora de historia, tradiciones, costumbres y folclore de una generación a otra. Sin lenguaje, ninguna cultura puede sostener su existencia. Nuestro idioma es en realidad nuestra identidad.  Soy romaní porque mi lengua materna me atribuye esta identidad.

Hace dos años, inicié unos talleres de Rromanó con mis primos de Gavá. En una de las sesiones escuchamos una canción de un gitano griego en Rromanó. Llenos de curiosidad, porque el ritmo de la música parecía una rumba mezclada con flamenco, me pidieron traducir la canción.

Las letras en Rromanó  hablaban de un amor tan apasionante, que yo la escuchaba y me moría de amor. La canción resonaba en mis venas, en mi alma y mis primos la escuchaban con mucha curiosidad pero no les transmitía lo mismo que a mí porque no era en su lengua materna. Mientras les traducía la canción, ellos ganaban palabras nuevas a su vocabulario de romaní, pero yo veía y sentía como en la traducción se esfumaba la emoción y mi forma de sentir la canción. En este sentido, la lengua es transformadora de tu realidad, cambia los procesos de comunicación y vivencia.

En aquel instante, me sentí triste porque mis primos no podían sentir la emoción que sentía yo, porque el romanó no realizaba el mismo proceso de transformación en mí y en ellas y ellos.

La lengua materna juega un papel crucial en la configuración de la personalidad de un individuo, así como en su desarrollo psicológico y en sus pensamientos y emociones. Nuestra infancia es la etapa más importante de nuestras vidas y los niños pueden comprender conceptos y habilidades que se les enseñan en su lengua materna con bastante rapidez.

Muchos psicólogos creen que un vínculo fuerte entre un niño y sus padres (especialmente la madre) se establece mediante la exhibición de amor, compasión, lenguaje corporal y comunicación verbal –idioma–.

Según la especialista en educación, Hurisa Guvercin, “cuando una persona habla su lengua materna, se establece una conexión directa entre corazón, cerebro y lengua. Nuestra personalidad, carácter, pudor, timidez, defectos, habilidades y todas las demás características ocultas se revelan verdaderamente a través de la lengua materna porque el sonido de la lengua materna en el oído y su significado en el corazón nos dan confianza y seguridad”.

El 21 de febrero se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. Fue una iniciativa propuesta por Bangladesh y aprobada por la Conferencia General de la UNESCO en 1999, y desde el año 2000 se celebra en todo el mundo.

La diversidad lingüística se encuentra cada vez más amenazada con un mayor número de lenguas que desaparecen. Cada dos semanas, como promedio, una lengua desaparece.

Son datos realmente escalofriantes y da miedo pensar si será el Rromanó una de las próximas víctimas de esta desaparición, llevándose con su desaparición el patrimonio cultural e intelectual de toda una comunidad.

La definición de Bloomfield sobre las lenguas maternas, asume que la edad es el factor crítico en el aprendizaje de idiomas y que los hablantes nativos proporcionan los mejores modelos.

La Directora General de la Unesco, Irina Bokova, cree que “las lenguas maternas en un mundo multilingüe son componentes esenciales de una educación de calidad, que en sí misma es la base para empoderar a las mujeres, los hombres y sus sociedades”.

Para cerrar este artículo, primos míos  y primas mías, no permitáis que el Rromanó nos deje, ya que sabemos que éste es uno de los componentes de nuestro empoderamiento.

¡¡¡Recordad!!! Sin nuestro Rromanó, los científicos no hubieran sido capaces de descubrir y rastrear nuestras raíces en la India. El origen indio de los romaníes es indiscutible. Analizando el Rromanó, el idioma de los romaníes, y comparándolo con otros idiomas, se podría demostrar que los romaníes emigraron de la India central a la zona más oriental del norte de la India.

A vueltas con la apropiación

by Ramón Flores

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Coger prestado de otras culturas es algo altamente inevitable y, a veces, es incluso potencialmente positivo.

Cuando el término “apropiación cultural saltó del mundo académico en el campo de la sociología y la antropología al Internet mundano, aparecieron las voces que decían que Eminem no tenía que rapear porque no era negro o que no estaba bien que Fosforito cantara flamenco sin ser gitano. Yo personalmente podría seguir viviendo sin ver cantar más a Fosforito, pero creo que estos debates están entrando en un terreno pantanoso bastante alarmante.

Hoy, en todas las casas gusta de tener la cafetera de diseño que nos prepara un exquisito café espresso, inventado en Milán en 1906. Todas las casas tienen esos pantalones vaqueros, jeans o tejanos inventados por Levi Strauss en 1871, que le añadió remaches para reforzar costuras y bolsillos en los pantalones de los hombres que trabajaban en las minas. Tanta gente que sabe preparar un rico pollo tikka masala, originario de la región de Panyab…

¿Es esto apropiación cultural? El pensamiento mayoritario diría que no. Personalmente considero absurdo que las personas limitemos nuestra inspiración cultural a nuestras raíces en Andalucía, Cataluña o la región occidental de la península de los Balcanes.

No, obviamente esto no es apropiación cultural. La apropiación cultural, desde un punto de vista más academicista es cuando aquella apropiación la perpetra una cultura dominante sobre otra que ha experimentado opresión a lo largo de su historia. No es solo un comportamiento de unos sobre otros, sino una forma de discriminación estructural, lo que significa que está respaldado por autoridades con poder. El racismo, la homofobia y el sexismo son formas de opresión.

En pleno siglo XXI, la apropiación cultural parece inevitable y no siempre es positiva. Es cierto que tenemos que dejar de proteger culturas de manera ingenua y paternalista en un esfuerzo por preservarlas, porque puede resultar contraproducente, pero tenemos que ser conscientes de ver la diferencia entre apropiación e intercambio.

El intercambio cultural es diferente a la apropiación cultural. Cosas como las que veíamos más arriba, como el café, los vaqueros o recetas de cocina no son apropiación cultural en cuanto no implican poder de unos sobre otros. A lo largo de la historia los pueblos han hecho intercambios culturales de forma voluntaria, principalmente a través del comercio.

Porque el intercambio no es asimilación, que es cuando las culturas minoritarias se ven obligadas a adoptar características de una cultura dominante para encajar y se hace para asegurar la supervivencia y evitar la discriminación.

Con los aspectos culturales de las comunidades gitanas nos encontramos a veces con esa tan hablada apropiación cultural y pocas veces con apreciación cultural.

Porque también es importante comprender que existe una diferencia entre apreciación y apropiación. La apreciación es cuando se busca comprender y aprender sobre otra cultura en un esfuerzo por ampliar su perspectiva y conectarse con otros de manera intercultural.

Recordemos que la apropiación cultural también tiene la mala costumbre de dar crédito al grupo dominante por aspectos de una cultura que han tomado, reforzando el desequilibrio de poder entre los dos grupos.

Y aquí radica el quid de la cuestión con respecto a la cultura gitana. La periodista Carmen Romero hablaba de algo parecido en su artículo “Chonismo de bien” donde habla de artistas como Bad Gyal o C Tangana que utilizan la hipersexualización y los tópicos de la vida de barrio como las drogas o vestir con chándal y un hablar vulgar, como si fueran una liberación y una forma de empoderamiento, cuando esto está más cercano a una estrategia comercial para vender riñoneras Gucci a 500 euros.

Esto ocurre inevitablemente con la colonización de la industria del arte y las comunidades gitanas. Rosalía puede cantar una canción de los Chunguitos y es un acto artístico revolucionario y transgresor. Sin embargo, la versión original queda como algo rancio de los bajos fondos.

Porque con la cultura gitana no hay ni intercambio ni apreciación cultural.

Uno de los últimos reductos del buen flamenco es la Bienal de Flamenco de Sevilla, donde hasta hace poco yacía implícito que el arte del flamenco es un arte del pueblo gitano, una de las mayores aportaciones de los gitanos al mundo, o como decía en una entrevista Tomás de Perrate: “el flamenco es arte universal, pero nosotros, los gitanos, cuando cantamos flamenco estamos haciendo algo más que música. Nosotros transmitimos de forma oral nuestra cultura gitana. Cuando nos juntamos en nuestras bodas, bautizos o reuniones familiares siempre está presente el cante porque es una de las pocas formas que tenemos para perpetuarnos”.

Pero cada vez hay menos presencia gitana en los circuitos culturales y Sevilla, otrora capital mundial del flamenco, se ha convertido en un macro tablao para atraer extranjeros. Y aquí, haciendo uso de una mal entendida diversidad, hay más payos que gitanos haciendo un flamenco que no lo es. Y haciendo esto, tienen más crédito y reconocimiento que los gitanos que sí hacen flamenco.

Además, hay payos flamencólogos que afirman desde su cátedra inventada que el flamenco no es un arte de los gitanos, que sí, que han aportado cosas, pero que ni muchísimo menos es suyo…

Pero el verdadero problema de la Bienal de Flamenco no es el flamenco en sí; es la notoria ausencia cada vez más latente de gitanos en los escenarios. La falta de diversidad es un problema para toda la industria, pero el problema es particularmente visible en la Bienal y en los circuitos flamencos, donde los productores quieren vender cultura y diversidad e intentan mostrar aceptación multicultural, pero el mensaje oficial es presentar propuestas con las que triunfar en el panorama internacional. Puro márquetin.

Y es que, en mi modesta e inexperta opinión, en la Bienal o en cualquier circuito flamenco, hace más falta Inés Bacán cantando letras sobre los campos de exterminio nazis que una coreografía con señores en calzoncillos.

Y no, no estamos diciendo que los no gitanos no hagan flamenco. Todo lo contrario. El flamenco es universal, lo gitano es universal y de “código abierto”, para todo el mundo. Lo único que se pide es aparecer en los créditos, y no como un adorno de lo “mainstream”.

Porque si queremos utilizar y disfrutar de la cultura gitana, hay que empaparse de lo gitano, no solo bailar, cantar o disfrazarse de gitano. Es necesario que la gente pueda ver el flamenco como una oportunidad para entender lo gitano, qué nos afecta, qué nos molesta, a qué aspiramos, qué creemos que es injusto.  Sabemos que el flamenco no va a resolver el racismo y el odio hacia los gitanos, pero es un primer paso para conocer al pueblo, porque la música es un altavoz que cala profundo en las sociedades modernas.

Porque si no prestamos atención a esto, caemos en el “Cherry-picking”, un término anglosajón que hace referencia al hecho de seleccionar lo mejor de algo, o bien, seleccionar lo peor de algo, o bien, seleccionar algo a la carta, sin involucrarse con la cultura original. Es una oportunidad enorme y desaprovechada de perpetuar el progreso de la humanidad a través de las artes.

La parte más importante del intercambio cultural, y lo que mejor lo distingue de la apropiación, es que el intercambio es mutuo. A través del aprecio y el intercambio, poder compartir algo sobre sí mismo, aprender algo sobre otras culturas y participar en un entendimiento mutuo de los antecedentes y la cultura de los demás.
Porque el flamenco es reivindicación, es queja, es historia y es un grito contra la injusticia.

Bienvenidos sean los que entienden, aprenden y aprecian, como hace El Cabrero y sus fandangos republicanos.

Viva Eminem y viva El Cabrero!

 

*Imagen de www.labienal.com anunciando el espectáculo ‘Romanés’ de Israel Galván

EEUU quiere librarse del racismo. Europa aún no está preparada

by Pedro Casermeiro

8 minutos 46 segundo

Las generalizaciones nunca hacen honor a la verdad, EEUU no quiere librarse del racismo, parte de él quiere seguir igual que como hasta ahora, incluso puede que quiera utilizar el pretexto de una nueva crisis económica para ahondar aún más en las desigualdades sociales y económicas –desigualdades que, por su puesto, siempre afectan sistemáticamente más a quien no es blanco–. Sin ánimo de alargarme en aclarar el título, sí que me gustaría hacer mención que el partido demócrata, que debe representar a la mitad de los ciudadanos estadounidenses, ha manifestado su voluntad de luchar contra la violencia policial y, lo que es más importante, contra la ‘injusticia racial’.

Hoy ha sido la primera vez en mi vida que he escuchado el concepto ‘injusticia racial’ y, sin entrar en una definición concreta y las implicaciones que conlleve dicha definición, me parece que el mundo puede empezar a cambiar con tal término. El simple hecho de que la televisión pública de este país emplee un término así en sus noticias es un claro marcador de que algo se está moviendo.

En una de las muchas y emocionantes imágenes que nos están llegando estos días de las protestas que tienen lugar en Estados Unidos, me impactó una en especial. Stephen Jackson sostenía en sus hombros a Gianna, la hija de su amigo George Floyd, y le preguntaba ‘¿Qué hizo tu padre?’ y la hija con orgullo respondía ‘Cambió el mundo’.

Dos meses antes de que George Floyd falleciera estrangulado por un policía de Minneapolis,  Ahmaud Arbery, un joven afroamericano, fue tiroteado por un expolicía y su hijo mientras hacía deporte porque creían que era un ladrón. El 13 de marzo, en una operación antidroga, una técnica de emergencias sanitarias moría en su casa tras recibir 8 disparos de la policía en una casa en la que obviamente no encontraron droga, sólo a una mujer afroamericana, Breonna Taylor.

Tres casos muy seguidos, el último especialmente escalofriante, han servido para que parte del mundo empiece a comprender algo, la ‘injusticia racial’. Son ya más de quince días los que duran las protestas en todo Estados Unidos, protestas que se han extendido también a diferentes ciudades europeas. Hemos visto a presidentes como el de Canadá, Justin Trudeau, protestar de rodillas 8 minutos y 46 segundos, el tiempo que agonizó George Floyd bajo la rodilla de un policía. También han protestado así todo el grupo parlamentario demócrata estadounidense. Y es precisamente la convicción mostrada por parte de tales actores políticos que me lleva a pensar –quizás el término correcto sea ‘soñar’– que el mundo puede estar cambiando, tal y como decía orgullosamente la hija de George Floyd.

Ahora mismo el racismo institucional forma parte de la campaña política en EEUU. Joe Biden, candidato demócrata a la Casa Blanca anunciaba que, si gana las elecciones, en sus primeros 100 días de presidente abordaría el racismo institucional. Por su parte, Donald Trump, actual presidente del país, ante la mejoría del empleo en el país dijo: “Ojalá que George nos esté mirando ahora mismo desde arriba, estará diciendo que esto es algo muy bueno para nuestro país. Es un gran día para él, un gran día para todos. Es un gran día en términos de igualdad”.

La intención de la bancada republicana no es otra que mantener las cosas tal y como están hasta ahora: generar empleo, generar dinamismo económico, generar riquezas para unos –de color blanco sistemáticamente– y generar empleo precario y pobreza para otros –de color más oscuro sistemáticamente–. Dicho de otra manera, lo que realmente quiere Donald Trump es mantener las estructuras de opresión económica, social y política que han conformado a su país.

Lo importante es que uno de los candidatos quiere combatir el racismo institucional. ¿Qué es el racismo institucional? Muy simple, cuando un estado mediante sus políticas perjudica y discrimina sistemáticamente a un grupo étnico o cultural diferenciado, con el tiempo acaba generando sólidas estructuras de desigualdad social. Por ejemplo, cuando un estado prohíbe su lengua a un pueblo, cuando un estado prohíbe los oficios tradicionales de un pueblo, cuando un estado te convierte en esclavo, cuando un estado dirige un proyecto de exterminio, cuando un estado prohíbe mencionar tu nombre, cuando un estado manda a la policía vigilarte de manera especial, cuando un estado te aparta de los centros de las ciudades y te segrega geográficamente, cuando un estado silencia tu historia en currículum escolar, cuando un estado no garantiza de facto la igualdad en el ejercicio de tus derechos como ciudadano, al final acabas formando parte del estrato social, económico y político más vulnerable de la sociedad, por ser diferente. Eso es racismo institucional.

No caigamos en la trampa de creer que con tener un policía, un profesor, un médico, un juez o un presidente de país perteneciente a un grupo racializado se soluciona algo. La estructura sigue siendo la misma. Tenemos el ejemplo de Barack Obama, presidente 8 años de los Estados Unidos, no consiguió detener ni mitigar el racismo. El racismo no es una simple cuestión de estereotipos y prejuicios, es algo mucho más profundo.

Ahora Estados Unidos se encuentra en la disyuntiva sobre qué hacer para combatir la injusticia racial: corregir el racismo institucional o seguir generando dinamismo económico. Y lo que miro con esperanza es que allí ya se habla de ello. Aquí, de momento no. Aunque las manifestaciones están llegando a nuestro país y al resto de Europa, de momento son minoritarias y parecen moverse más por el eco mediático que causa EEUU que por la toma de conciencia de lo que aquí también sucede.

Durante este confinamiento se ha hecho patente el trato desigual a grupos racializados por parte de los medios de comunicación y de la policía[i]. Pero a este lado del Atlántico no sucede nunca nada, nadie se perturba. Murió Manuel Fernández a tiros de una escopeta por unas habas que ni siquiera llegó a tocar, y no pasó nada. La semana pasada, la policía francesa apaleaba a un niño de 14 años gitanos, Gabriel Djordjevic. Francia callada. Hoy, cuando escribo estas palabra, acabamos de conocer, por las redes sociales, de la muerte de Daniel Jiménez en los calabozos de una comisaría en Cádiz. De momento no ha aparecido en los medios y no espero a que lo haga, sería como autoinculparse de ejercer el mismo racismo del que todos nos quejamos y no comprendemos que exista en EEUU. No espero que suceda nada.

Este país es aún demasiado racista como para reconocerlo, está en contra de la violencia policial en EEUU contra la comunidad afroamericana, pero no está en contra de la violencia y los crímenes de la policía cometidos aquí contra gitanos, magrebís o afrodescendientes. Europa es racista, lo ha sido en los últimos seis siglos. Aún no está preparada para poder reconocer que es racista, lo silencia, lo esconde debajo de la alfombra. Pero en Estado Unidos ya no sólo son las propias víctimas del racismo quienes quieren mirar debajo de la alfombra, también la sociedad blanca, la mitad de su arco parlamentario, por lo menos en época electoral.

Mirar debajo de la alfombra les va a doler, porque esconden el dolor del sometimiento y genocidio de los pueblos nativos y de la esclavitud de África, pero estoy seguro que acabarán pasando por ese trauma. Cuando el gigante racista de Estados Unidos se tambalee y caiga, luego le seguirá Europa. Tiempo al tiempo. Paso a paso.

El asesinato de George Floyd bien puede haber servido para cambiar el mundo.

 

 

[i] Informe que recoge manifestaciones de racismo y xenofobia ocurridas únicamente durante el estado de alarma en España, redactado por El Equipo de Implementación del Decenio para los Afrodescendientes en España y Rights International Spain

http://www.rightsinternationalspain.org/uploads/publicacion/d0b782ac0452e9052241b17a646df19ad4edf12c.pdf

Comunicado de SOS Racisme sobre el Control y abuso policial en pleno estado de alarma por Covid-19 http://www.sosracisme.org/comunicat-control-i-abus-policial-en-ple-estat-dalarma-pel-covid-19

 

[ii] Foto de portada de Reuters