Envidia y vergüenza: una visita a Lety

by Miguel Ángel Vargas

Memorial_Lety

Crónica de una visita al memorial del antiguo campo para romaníes de Lety u Písku, en la República Checa. Profunda envidia y profunda vergüenza: eso sentí en Lety, el antiguo campo para romaníes de la República Checa convertido hoy en memorial tras décadas de lucha de las familias. Una crónica sobre lo que ese lugar enseña y lo que España todavía debe a sus muertos.

El autobús

En mayo de 2026 viajé por primera vez a la República Checa para participar en dos seminarios en Praga: uno de la Academia Checa de Ciencias y otro de la Central European University. Tiempos académicos, debates, compartirse. Vivir, por unos días, en la fantasía de la camaradería académica, sin perder de vista de dónde parte uno. El programa de la Academia incluía una visita a Lety. Y aunque hubiera sido quizá deseable quedarse en Praga, disfrutar, o no, del Khamoro Festival 2026, este que les escribe decide meterse una dosis de recuerdo, memoria pública y dolor. El dolor por nuestros hermanos. Un autobús nos lleva desde Praga: somos quince o veinte investigadores de distintos países, reunidos en este seminario sobre los usos de la imagen de los gitanos. Y yo era, si no recuerdo mal, la única persona gitana del grupo. No es un reproche; es una pregunta que me hago desde hace años: quién visita, quién explica, quién recuerda. A nuestra gente no suele gustarle acercarse a los espacios de la Muló, de los muertos.

Lety era el tercer campo que visitaba. En 2009, de gira con Flamenco Hoy, de Carlos Saura, estuve en Auschwitz. Años después, en uno de mis viajes a Berlín, fui a Sachsenhausen con Nicolás Jiménez. Lety lo conocía, sin embargo, por la campaña para exigir al Estado checo que desmantelara la granja de cerdos instalada sobre el campo en los años setenta. Sabía el nombre y sabía la pelea. Mayo nos regalaba un abrasador sol de justicia. Lejos estamos de las lluvias porosas de Polonia y Alemania.

El lugar

Lo primero que me sorprendió fue el emplazamiento: una ladera que da a un valle, con un río, un camino y un pueblo cerca. Pura Europa Central en primavera. Explosión de flores. Frente a toda esta belleza, al bajar del autobús, me asalta la duda: ¿por qué aquí? ¿Quién decidía dónde se colocaban estos campos, y con qué criterios? Observo la organización del espacio. Un gran muro de hormigón da la bienvenida. Dentro, unas instalaciones muy sencillas y, a la vez, muy logradas: una recepción con una pequeña librería y un espacio que yo no llamaría museo, sino espacio de reflexión en torno a los objetos que las propias familias han decidido donar o que han sido hallados en las excavaciones arqueológicas. Fuera, un gran anillo de hormigón que funciona como pasarela muestra todos los nombres de las víctimas. Da cosita caminar y casi pisar los nombres. Un cartel te advierte. Ha habido quejas porque, ciertamente, no se leen bien. Supongo que son las correcciones humanas del diseño. El espacio de lo que aquello fue, lo que no está, se señala con un bosque joven que irá creciendo y recordando dónde estaban los barracones. De esta manera, arquitectura del pasado y del presente dialogan también con el paso del tiempo. Se han conservado además algunos muros de la antigua granja: el memorial no esconde lo que vino después. Nos acompaña la investigadora Helena Sadílková, que participó en la negociación entre las familias y el Estado, y eso nos da el contexto que ningún panel explicativo consigue dar: la historia del proceso contada desde dentro.

Las capas del tiempo

Lety fue un campo de internamiento para romaníes y sintis de la Bohemia ocupada. Por él pasaron unas 1.300 personas (cifra probablemente infravalorada); unas 327 murieron allí y más de 500 fueron deportadas a Auschwitz. La cronología importa: la decisión de crear un campo de trabajos forzados la tomó el gobierno checoslovaco antes de la ocupación; el campo se abrió en 1940, ya bajo el Protectorado de Bohemia y Moravia, y en agosto de 1942 pasó a ser el llamado «campo gitano» (cikánský tábor, en checo; Zigeunerlager, en alemán). Muchos, sobre todo niños y ancianos, murieron de enfermedad y desnutrición. El campo se abandonó en agosto de 1943. No fue un caso aislado: en Moravia funcionó su gemelo, Hodonín u Kunštátu. Como ha recordado muchas veces Romani Rose, presidente del Consejo Central de Sinti y Roma de Alemania, las víctimas no olvidan. Dejemos, pues, de llamarlo el «holocausto olvidado».

Después vinieron las otras capas. Desde los años setenta, en el contexto de la Checoslovaquia comunista, el lugar fue una granja porcina, primero estatal y, tras la llegada de la democracia, privada. En 1995, con Václav Havel presente, se inauguró junto a las fosas un primer memorial de piedra: «Ma bisteren – nezapomeňte», «No olvidéis». En 1998 parte del espacio fue declarado Monumento Cultural nacional. En 2017, la arqueología demostró que buena parte del campo había quedado bajo la granja, y el gobierno aprobó su compra, según nos contaron durante la visita, tras una negociación dura con la empresa propietaria. En 2018 salieron los últimos cerdos y el Museo de Cultura Romaní de Brno pasó a administrar el lugar. El nuevo memorial se inauguró el 23 de abril de 2024. Detrás de cada fecha hay una lucha, como la que sostuvo durante décadas Čeněk Růžička, sinti checo e hijo de un superviviente.

Lety no fue un campo cualquiera: fue un campo para gitanos, y eso marcó cuánto se ha hablado de él y cuánto se ha tardado en reconocerlo. Durante el periodo comunista su memoria pública no fue negada, pero sí quedó solapada, como si no fuera tan importante. Más tarde, con la caída del Telón de Acero, una ola negacionista del Holocausto romaní sumió el espacio en el olvido: el Estado checo ignoró durante años las demandas reiteradas de los activistas romaníes para que se trasladara la granja y, como ya hemos dicho, no fue hasta 2018 que compró el terreno y anunció su apoyo a un memorial para las víctimas (Rostas, 2019, p. 195).

La memoria de las familias

Antes del memorial institucional, las familias ya habían señalado el lugar de la memoria con una cruz para recordar a sus muertos.

Antes del memorial institucional, las familias ya habían señalado el lugar de la memoria con una cruz para recordar a sus muertos.

Mientras tanto, las familias gitanas seguían viniendo al pueblo, seguían recordando y señalando los lugares con sus propios medios. Un poco más alejado del espacio contemporáneo, en el paseo, está el sitio de esos primeros memoriales. Resulta sorprendente, para una óptica hispana acostumbrada a las damnatio memoriae continuas, que estos pequeños memoriales no hayan sido sustituidos: se han respetado e integrado en el espacio y en la experiencia total del recuerdo. Podemos verlo como que, necesariamente, la memoria pública, estatal, tiene que dialogar con la memoria familiar y la memoria gitana. Dialogar o tensionar. Porque la memoria también tiene un componente de impugnación. El Estado no me reconoce; no importa: pongo esta cruz, señalo este espacio, vengo cada año a recordar que mi familia fue retenida, asesinada o concentrada aquí. Aprendemos, por tanto, que la memoria no es algo dado: se construye el espacio para que emerja, si es así como se desea, en colectivo. Y si alcanza el espacio público es porque va asociada al reconocimiento de un daño público. Y es esa reiteración del recuerdo del daño la que hoy parece, de nuevo, ser amenazada. A ningún Estado le gusta recordar su pasado oscuro.

Envidia y vergüenza

El genocidio de los romaníes europeos sigue en gran parte ausente del relato público. En España, dice Periáñez-Bolaño, el antigitanismo y el genocidio gitano son tabúes: se niegan, se minimizan o se descomplejizan (2021, p. 11). Genocidio de los romaníes europeos. Como historiador gitano andaluz, así lo nombro. Y así me sitúo. Otros lo nombran Samudaripen, Porrajmos o incluso Holocausto, con el deseo de ser incluidos en la historia pública de todos. Ninguno de los términos es unánime. Y está bien que así sea, pues esto refleja la fortaleza de los debates internos. Hay quienes rechazan Porrajmos por sus connotaciones en ciertos dialectos, y hay quienes no usan Samudaripen por no considerarlo una palabra romaní (Alba Pagán y Vasileva Ivanova, 2020, nota 18). Prefiero no elegir taxativamente, y sí dar espacio a las distintas formas de nombrar el horror.

En un momento de la visita hice una pequeña intervención, y mis palabras fueron: profunda envidia y profunda vergüenza. Vergüenza porque mi país sigue teniendo decenas de miles de personas en cunetas y fosas sin exhumar, víctimas de la guerra y de la dictadura, y en ese aspecto no podemos presentarnos ante el mundo como una democracia ejemplar.

Y envidia porque nuestros hermanos, tíos, primos romaníes checos tienen un espacio donde rezar por sus muertos, aun sabiendo que no es perfecto, y que para muchísimos activistas romaníes y aliados era un insulto que la memoria de los campos estuviera enterrada, literalmente, por la mierda de una granja porcina. Aquí, después de un proceso largo y muy trabajado por la sociedad civil, las familias y distintos colectivos, hubo un compromiso público del Estado: se preserva el lugar para convertirlo casi, diría yo, en un modelo de cómo hacer un memorial. Fue una conquista de las familias y los colectivos. La comunidad romaní checa consiguió los recursos y colocar el reconocimiento en la agenda política.

Pero la envidia no puede ser ingenua: hay también un reconocimiento simbólico que, disfrazado de buenas intenciones, puede acabar operando como borrado de la memoria, de la identidad y de la autorrepresentación (Periáñez-Bolaño, 2021, p. 15). Tras casi tres décadas de lucha, los descendientes de los supervivientes hicieron posible el memorial, aunque todavía hoy siguen reclamando más voz en su gestión.

Memorias que se transfieren

El memorial va a seguir conectándose, interpretándose y enriqueciéndose. Pero siempre queda un desafío: cómo se mantiene esta memoria cuando falten los supervivientes, cuando pase a sus hijos y a sus nietos. Cuando, quizá, haya gobiernos contrarios a las políticas públicas de memoria. Supongo que tendremos que aprender que las memorias también tienen que compartirse. Esa memoria, yo, como gitano del sur de Europa, tengo que trabajarla y entenderla para hacerla también mía. Me llega ahora, quizá, por ser gitano, por la sensibilidad por estos temas y porque participo activamente de toda una construcción internacional sobre los derechos de los romaníes. Pero la experiencia personal y física no se puede sustituir. Por eso, lo interesante es cuando las memorias personales y familiares, ajenas, no solo las públicas, se transfieren, dialogan, negocian, traducen y se ponen en contacto. La memoria gitana es «colectiva, coral, distribuida»; «no busca completitud […] Busca transmisión» (Vargas Rubio, 2025, §13): la que sostiene una resistencia persistente.

Y quienes llegamos desde lejos tenemos que aprender a entrar en esa conversación sin ocuparla.

Referencias

Alba Pagán, E., y Vasileva Ivanova, A. (2020). Gitanas without a tambourine: Notes on the historical representation and personal self-representation of the Spanish Romani woman. European Journal of Women’s Studies, 27(2), 145–165. https://doi.org/10.1177/1350506819898739

Periáñez-Bolaño, I. (2021). Huellas del trauma colonial romaní-gitano en España (1499–1978): Narrativas de recuperación y reparación de un pueblo con historia(-s). Open Library of Humanities, 7(1), artículo 4, 1–19. https://doi.org/10.16995/olh.619

Rostas, I. (2019). A task for Sisyphus: Why Europe’s Roma policies fail. Central European University Press.

Vargas Rubio, M. Á. (2025). El derecho a recordar: Flamenco, mediación y contraarchivos romaníes en el sur de España. Flamenco Arts International. https://www.flamencoartsinternational.org/es/news/the-right-to-remember

Gitanadas que (re)salvarán el mundo

by Antonio Cortés

Corrala_gitana_1

Nuestra resistencia era marginal. Ahora lo llaman tendencia

Desde hace un tiempo observo una tendencia paradójica en la sociedad mayoritaria: una creciente atracción hacia estilos de vida y filosofías que guardan un asombroso parecido con las prácticas ancestrales del Pueblo Gitano. Lo que antes era estigmatizado y considerado marginal, hoy es celebrado como innovador y progresista cuando es adoptado por la cultura dominante. Esta observación, contundente y anclada en la realidad, me invita a reflexionar sobre la compleja relación entre la sociedad mayoritaria y la visión gitana del mundo.

No estoy escribiendo esto movido por el resentimiento, sino a partir de la evidencia. Lo que sigue es un compendio –lluvia– de ideas políticas de denuncia estructural, sí, pero también una invitación a reconocer lo que siempre estuvo, a nombrar la asimetría con precisión, y a debatir todo esto, idealmente en una buena sobremesa, después de comer bien algún puchero con personas que se traten con respeto.

Una sabiduría que siempre estuvo aquí

Lo afirmo de manera rotunda. La propia realidad me da la razón: la perspectiva gitana sobre la sociedad y la vida comunitaria no es una novedad, sino una sabiduría ancestral que se nos ha intentado arrancar de nuestra cultura y ha sido expropiada por «modas» impuestas. O, en ocasiones, apropiada sin el debido reconocimiento. Sus fundamentos se asientan en principios sólidos de vida colectiva, apoyo mutuo y una comprensión holística de la existencia que precede a muchas de las tendencias actuales.

Históricamente, el Pueblo Gitano ha practicado formas de vida que hoy son consideradas «innovadoras»: la vida nómada –actual movimiento de nómadas digitales–, la crianza comunitaria como las corralas andaluzas –actual tendencia de cocrianza cooperativa–, los sistemas de apoyo mutuo –economía colaborativa, entre otras–, y la flexibilidad laboral –búsqueda actual de conciliación trabajo-vida– son ejemplos claros. No afirmo que estas tendencias modernas deriven directamente y en exclusiva de la cultura gitana, pues otras tradiciones comunitarias, desde los pueblos originarios americanos hasta las culturas campesinas mediterráneas, comparten raíces de resistencia similares. Lo que sí afirmo es que cuando estas prácticas están en nuestra cultura, se las llama atraso. Cuando aparecen en la cultura dominante, se las llama innovación. Esa asimetría no es casual. Es estructural.

Desde la romantización de «lo gitano» hasta su estigmatización, se ha generado un ideario payo de lo que debe o no debe ser gitano. Raíces ancestrales, algunas redescubiertas en la modernidad, adaptadas a las necesidades del capitalismo –y por el capitalismo– y con nombres molones en inglés.

La doble moral: lo mismo, pero diferente precio según quién lo lleve

Sin embargo, en este «redescubrimiento» se esconde una doble moral preocupante. Las mismas prácticas que fueron –y siguen siendo– estigmatizadas como «marginales» o «atrasadas» cuando provienen del Pueblo Gitano, son celebradas como progresistas e innovadoras cuando las adopta la sociedad mayoritaria. Esta dinámica refleja una apropiación cultural problemática, y los ejemplos están a la vista de quien quiera mirar.

La movilidad con caravanas queda relegada al ocio, siendo algo muy cool, pero se ve coartada para tantas personas trabajadoras que, por la avaricia de algunos, no pueden optar a una vivienda en alquiler asequible o en compra, como ocurre por ejemplo en Ibiza. Queda muy bien en Instagram, pero muy mal para las arcas públicas y sus impuestos.

Mientras en ciudades como Barcelona se conquistan las calles con la incursión de las superillas –da gusto ver gente leyendo en la calle, charlando, VIVIENDO– y la pacificación de arterias de movilidad, en Badalona se requisa mobiliario personal urbano en barrios guetizados desde la propia institución, negando así la crianza conjunta, los cuidados y el contacto entre personas del mismo barrio. Solo hay que darse una vuelta por barrios pudientes de las distintas ciudades de este país para contrastar la diferencia de recursos y medios entre unos y otros: lo gitano es excluido, mientras que lo progresista es aceptado, incluso si ambos provienen de la misma raíz y buscan el mismo fin. La diferencia no está en la práctica. Está en quién la practica.

Ah, y otro día hablamos del trabajo de chatarrero cuando eres una persona gitana, y del de trabajadora medioambiental cuando eres una persona paya. Siglos de dedicación al medioambiente y a la economía circular –reutilizar, reparar, generar con poco impacto, como los canastos de mimbre, unas prácticas, por cierto, muy gitanas– para ver cómo este ámbito es ahora monopolizado por grandes empresas. Estas, sin embargo, no reconocen ni valoran nuestra experiencia a la hora de contratar, ofreciendo solo trabajos precarios, mal remunerados y sin estabilidad. El conocimiento se aprovecha. La persona que lo porta, no.

Keras buti: trabajar para vivir, no al revés

Más del ochenta por ciento de la población catalana apoya la reducción de la jornada laboral, buscando más tiempo para el ocio y la familia. Que baje Dios y lo vea si esto no es una forma gitana de afrontar la vida. Keras buti. Hacer cosas.

Esta perspectiva, que prioriza trabajar para vivir y no al revés, comparte paralelismos con las filosofías de vida precapitalistas presentes en diversas culturas, como ya comenté, que valoramos el «hacer cosas» por encima de la acumulación sin sentido, como se refleja en la expresión keras buti –como ya habrán entendido algunos al leer la expresión romaní.

No pretendo arrogarme el papel de antropólogo o lingüista, pero esta «priorización de acciones» tiene consecuencias políticas muy concretas. Es exactamente lo que Pastora Filigrana desarrolla en El Pueblo Gitano contra el sistema-mundo cuando afirma que el Pueblo Gitano no es una minoría a proteger, sino un sujeto político con una crítica estructural al capitalismo que muchos movimientos progresistas aún no han sabido escuchar. El keras buti no es pereza ni desorganización: es una impugnación práctica y cotidiana del mandato productivista. Una impugnación que llevamos practicando siglos antes de que nadie le pusiera nombre académico.

Las recientes propuestas del Ministerio de Trabajo –los nuevos permisos de cuidados, fuerza mayor, los relativos a los riesgos meteorológicos y a un posible permiso por defunción de diez días– actúan como un potente catalizador para el pensamiento crítico sobre nuestros valores sociales. No son solo medidas técnicas. Son preguntas disfrazadas de decretos: ¿qué priorizamos como sociedad? ¿La productividad o las personas?

El duelo no es un trámite: la rromipen como modelo de cuidados

Al analizar estas medidas desde la óptica de la atención, los cuidados y la gestión del duelo –que inevitablemente incluye la pesada carga de los trámites administrativos–, la perspectiva de la rromipen no solo es una alternativa válida a la norma de la sociedad mayoritaria. En este contexto particular, se revela como más acertada y profundamente humana.

Como gitano, propongo ampliar los permisos de acompañamiento familiar, como mínimo, hasta el tercer grado de afinidad o consanguinidad. Esto es crucial para poder asistir a nuestros seres queridos de una manera más ética. Aunque no tengo descendencia directa, sí tengo tías y sobrinas que a veces requieren de mi atención. Actualmente me resulta imposible cuidarlas adecuadamente porque no dispongo de los permisos ni las facilidades necesarias. Es imperativo que el legislador considere esta ampliación, siguiendo el precedente ya establecido con la inclusión de las personas convivientes en normativas anteriores. No pido un privilegio. Pido que la ley reconozca lo que ya existe: que las familias tienen formas diversas y que todas merecen protección.

Para nosotras, la clave reside en la jerarquía de valores: el rromipen prioriza de manera incondicional el cuidado de la comunidad y el individuo sobre otras consideraciones, como la productividad o el ritmo incesante del engranaje socioeconómico capitalista. Los cuidados –incluido el duelo– son un proceso comunitario. La presencia y el apoyo incondicional son vitales.

Contrastando esto con la sociedad mayoritaria, la conclusión es sencilla y poderosa: mientras mi cultura prioriza el cuidado, la vinculación afectiva y la gestión pausada del dolor, la otra –con su limitada provisión de tiempo y recursos para el duelo– parece priorizar sutilmente el consumo y la eficiencia por encima de la salud emocional y social de sus integrantes. La propuesta de diez días, si bien es un avance, subraya la insuficiencia del reconocimiento institucional del duelo en un contexto que habitualmente relega los procesos emocionales complejos a la esfera privada y de rápida superación. Diez días para enterrar a alguien, rehacer el mundo interior y volver a producir. Eso no es gestión del duelo. Es gestión de la ausencia a tu engranaje en el sistema capitalista.

Apropiación sin reconocimiento: coger el fruto sin plantar el árbol

Esta dinámica del «sí pero no» refleja una apropiación cultural problemática: se toman o replican elementos de la cultura gitana sin reconocer su origen ni comprender su verdadero significado, cayendo en otros sesgos y discriminaciones en aras de la realidad androcentrista –entre otros «istas»– predominante.

Después de más de seiscientos años en este territorio, podrían habernos copiado antes. Y si van a hacerlo, que sea con reconocimiento, con reparación y con respeto a la sabiduría y las contribuciones del Pueblo Gitano a estas formas de vida comunitaria y sostenible, que hoy más que nunca demuestran su valor y vigencia, en vez de habernos estereotipado para menospreciar nuestra cultura «ahora» tan envidiada.

Es fundamental nombrar también que esta apropiación no ocurre en el vacío. Los discursos de odio y el racismo persisten, inmutables. Tanto hoy como hace más de seiscientos años, la voz y la aportación de las personas migrantes, disidentes, provenientes de los márgenes del poder, sigue siendo ignorada y difamada, bien sea por la desinformación o el desconocimiento, o bien por el simple hecho de ser diferentes.

Y aquí es donde la historia nos obliga a ser más contundentes. Numerosas historiadoras sostienen que la diáspora de nuestro Pueblo se originó con la huida de conflictos bélicos. Como etnia, hemos padecido esta penuria de forma constante a lo largo de nuestro viaje, siendo la Segunda Guerra Mundial el ejemplo más cruel. Somos, en parte, hijas de quienes huyeron de la guerra o resistieron ante ella. Rafael Buhigas, Doctor en Historia, ha documentado con rigor académico algo que la historia oficial ha preferido silenciar: que cuando el Pueblo Gitano se ha organizado políticamente, atravesando distintos espectros de la izquierda –desde el comunismo libertario hasta el socialismo–, ha evidenciado una capacidad de articulación política propia que va mucho más allá del estereotipo de pueblo ajeno a lo colectivo. Su trabajo Una reflexión sobre el anarquismo gitano demuestra que estas formas de organización horizontal, asamblearia y autónoma no son una novedad importada de la teoría política contemporánea: son prácticas propias, con historia propia, que preceden y enriquecen cualquier teoría de la emancipación. Buhigas pone nombre académico a lo que muchas gitanas hemos vivido siempre como sentido común. Una historia de resistencia que incluye, inevitablemente, la resistencia ante la guerra. Por ello, solo tenemos una cosa que afirmar: NO A LA GUERRA. A ninguna. Ni cuando tiene bandera reconocida, ni cuando la víctima no sale en los titulares. La visibilidad del sufrimiento también tiene jerarquías. Y esas jerarquías también son racismo.

El poder de nombrar: el caló no es un argot, es una lengua

Eso también es gitano. Hablar de las cosas y del lenguaje que utilizamos. Y ya que hablamos de lenguaje, permitidme ir a un ejemplo concreto y urgente, que merece más espacio del que habitualmente se le concede.

El caló –nuestra habla de resistencia en la península, variante del romaní, lengua viva y con siglos de historia– sigue apareciendo definido como «lengua de ladrones» o «argot marginal» en plataformas como el Diccionario de la Lengua Catalana del Institut d’Estudis Catalans o la Gran Enciclopèdia Catalana. Que aún instituciones de referencia académica sigan perpetuando estas definiciones dice mucho de quién tiene el poder de nombrar y de quién sigue siendo nombrada por otras.

Porque el lenguaje es política, sí. Y cuando esa política se ejerce desde el diccionario, el daño es igual de real que cuando se ejerce desde una ley. Reducir nuestra habla a un argot de criminales no es un error tipográfico ni un descuido histórico. Es una decisión política. Una decisión que durante siglos ha colocado al Pueblo Gitano en el lugar de la sospecha, de la marginalidad, de lo que hay que corregir o erradicar.

Esa decisión tiene consecuencias materiales. Un niño gitano que crece escuchando que su lengua es «de ladrones» no solo pierde un idioma. Pierde una forma de entender el mundo, de nombrar el afecto, de transmitir memoria. La violencia lingüística no deja moratones visibles, pero deja huella. Y mientras esas definiciones siguen ahí, en mayúsculas institucionales, nosotras seguimos exigiendo lo mismo de siempre: que la comunidad gitana sea protagonista activa de cómo se nos nombra, cómo se nos define y qué lugar ocupa nuestra cultura en la historia compartida de este país. No receptoras. No consultadas a posteriori. Protagonistas. Porque ya está bien de que otros decidan por nosotras, algo poco gitano por cierto.

Agitanarse: una propuesta política y vital

La sociedad se está «agitanando» progresivamente, dándose cuenta de que ya no funcionan un ascensor social fracturado, unas expectativas de vida desajustadas frente a la escasez actual de recursos –sin olvidar la imperiosa necesidad de regular el acceso a la vivienda–, ni una digitalización acelerada que no garantice un retorno y una distribución justa de la riqueza generada.

No soy la primera persona en decirlo, ni lo digo sola. Silvia Agüero y Nicolás Jiménez llevan tiempo trabajando en esta idea desde su proyecto «Pretendemos Gitanizar el Mundo», una propuesta que va exactamente en esta dirección: reivindicar la cultura gitana no como reliquia del pasado ni como exotismo de consumo, sino como una forma válida, vigente y necesaria de estar en el mundo. Una forma que, como vengo argumentando, muchos están redescubriendo sin saber –o sin querer reconocer– de dónde viene. Y junto a ellos, Filigrana y Buhigas nos recuerdan que lo gitano tiene pensamiento propio, historia propia y futuro propio. Este texto les debe parte de su columna vertebral.

Agitanarse tiene un contenido concreto. No es una metáfora vacía ni una moda pasajera. Es un programa vital con implicaciones políticas precisas. Significa valorarse y cuidarse más colectivamente, desde la convicción de que «si una pierde, nadie gana». Significa reducir la dependencia de los intereses del poder y cuestionar los dogmas del modelo considerado «mayoritario». Significa apoyar la ampliación de los permisos de cuidados para que la ley reconozca las familias tal como son, no tal como el Estado quisiera que fueran. Significa exigir que los diccionarios corrijan sus definiciones, porque nombrar bien es también una forma de justicia. Significa reconocer, cuando se adopta una práctica comunitaria, de dónde viene y a quién se le negó durante siglos. Significa unirse a hacer gitanadas a nuestro lado: vivir con más presencia, con más comunidad, con menos prisa y con más sentido.

Y significa, también, no abrazar pensamientos individualistas, negacionistas de la diversidad, contrarios al estado del bienestar o directa y abiertamente fascistas. Porque agitanarse es lo contrario de eso.

Algo que del feminismo –el que incluye etnias, disidencias y rebeldía– aprendo constantemente es que lo personal es político. Cómo cuidamos, cómo lloramos, cómo trabajamos, cómo nos movemos y cómo nos nombramos no son decisiones privadas: son actos políticos. Por ello, me alegra que la sociedad en general se esté agitanando. Y espero que lo haga con conciencia de lo que eso significa: no tomar el fruto sin plantar el árbol. No celebrar la práctica sin reconocer a quienes la sostuvieron cuando nadie aplaudía.

Este texto es, reconozco, una lluvia de ideas. Un primer mapa trazado a mano, con algunos borrones y muchos caminos abiertos. Cada uno de los temas que aquí aparecen –el keras buti, la rromipen como modelo de cuidados, el perfil sindical y político en el Pueblo Gitano, la violencia lingüística, el agitanarse como programa político– merece un desarrollo propio, más pausado y más profundo. Es mi intención volver sobre cada uno de ellos de manera individualizada en un futuro no muy lejano, con más espacio, más fuentes y más conversaciones de por medio. Porque estas ideas no se agotan aquí. Apenas empiezan.

La rromipen no es una moda. Es una forma de estar en el mundo que lleva siglos demostrando que otro modo de vivir es posible. Una forma que resistió la persecución, el silencio institucional, la violencia lingüística y la apropiación sin nombre. Que sobrevivió porque era más fuerte que todo eso. Ya era hora de que el resto lo fuera viendo.

Seamos cada día más gitanas, que resistiremos mejor y ganaremos más.

Proteger a quienes hacen vivir el flamenco: memoria, derechos y reconocimiento para los artistas flamencos gitanos

by Jesús Heredia Carroza

Camarón_de_la_Isla_Montreux_1991

Cuando se habla de flamenco, se habla también de la historia, la memoria y la creatividad del pueblo gitano. No como un elemento secundario, sino como una de sus raíces más profundas. El cante, el toque, el baile y la forma de sentir este arte no pueden entenderse sin la aportación histórica de generaciones de artistas gitanos que han contribuido decisivamente a su desarrollo y transmisión cultural.

La historia del flamenco está marcada por la presencia de familias gitanas que han transmitido este arte de generación en generación. A través de la oralidad, la convivencia y la experiencia compartida, el flamenco se ha preservado como una tradición viva. En ese contexto, el pueblo gitano ha desempeñado un papel esencial en la configuración de su sensibilidad artística, su intensidad expresiva y su identidad cultural.

Estas cuestiones han sido analizadas desde una perspectiva académica en mi tesis doctoral Flamenco y Derechos de Autor. Una perspectiva desde la Economía de la Cultura, en la que se estudia cómo se generan y distribuyen los derechos de propiedad intelectual en el flamenco y hasta qué punto el sistema jurídico actual reconoce adecuadamente las aportaciones creativas de quienes participan en su proceso artístico.

El flamenco es hoy una de las grandes expresiones del patrimonio cultural. Sin embargo, su evolución no puede explicarse únicamente a través de la composición musical. En el flamenco, el proceso creativo depende también de la interpretación. Cada cantaor o cantaora aporta matices propios, improvisación, técnica y emoción. Por ello, la obra flamenca adquiere su forma definitiva en el momento de la interpretación.

Esta dimensión interpretativa ha sido especialmente relevante en el caso de los artistas gitanos. A lo largo de la historia del flamenco, muchas de sus grandes figuras han destacado precisamente por su capacidad de transformar una obra mediante su estilo personal, convirtiendo una letra o un cante tradicional en una experiencia artística única.

El valor de una obra flamenca no depende únicamente de su composición, sino también de cómo es interpretada y vivida por el público. En el flamenco, el intérprete aporta elementos fundamentales como la improvisación, la capacidad de emocionar o el estilo propio, lo que puede transformar profundamente el valor cultural de una obra.

Esto significa que el intérprete no se limita a ejecutar una obra previamente creada, sino que participa activamente en su proceso creativo.

Sin embargo, existe una contradicción importante. El sistema jurídico de propiedad intelectual suele distinguir entre autores y artistas intérpretes. Mientras los autores reciben una protección más amplia mediante los derechos de autor, los intérpretes se protegen mediante derechos que tradicionalmente han tenido un alcance más limitado.

Esta diferencia resulta especialmente problemática en contextos como el flamenco, donde la interpretación constituye una aportación creativa fundamental. En muchos casos, el sistema legal ha tendido a valorar más aquellas formas de creación que pueden fijarse en una partitura o en un texto, dejando en segundo plano las aportaciones creativas que surgen en el momento de la interpretación.

Este desequilibrio afecta especialmente a muchos artistas flamencos gitanos, cuya contribución histórica al desarrollo del flamenco se ha producido principalmente a través de la interpretación. Su capacidad para recrear los cantes, transmitir emoción y aportar una identidad propia a cada actuación ha sido clave para la evolución del flamenco como arte vivo.

Un ejemplo paradigmático es el de Camarón de la Isla, considerado uno de los cantaores más influyentes de la historia del flamenco. Su forma de interpretar transformó numerosos cantes tradicionales y abrió nuevas vías expresivas para el género. La singularidad de su estilo demuestra hasta qué punto la interpretación puede constituir una forma de creación artística.

La importancia del intérprete también se refleja en la forma en que el público experimenta el flamenco. Con frecuencia, las personas eligen asistir a un espectáculo o escuchar una obra en función del artista que la interpreta. El intérprete se convierte así en un elemento que da identidad a la obra y que permite al público reconocer su estilo y su autenticidad.

Reconocer el valor creativo de los intérpretes flamencos no es solo una cuestión jurídica. También es una forma de reconocer la contribución histórica del pueblo gitano al flamenco. Proteger a los intérpretes significa proteger una tradición cultural transmitida durante generaciones y preservar un patrimonio cultural vivo.

En este sentido, avanzar hacia un mayor reconocimiento de los intérpretes flamencos gitanos supone también reconocer la importancia del flamenco como expresión cultural del pueblo gitano y como parte esencial del patrimonio cultural europeo.

Proteger a quienes hacen vivir el flamenco significa, en última instancia, proteger la memoria cultural y artística que el pueblo gitano ha aportado a este arte.

 

Jesús Heredia-Carroza, PhD

Departamento de Economía e Historia Económica Universidad de Sevilla

jheredia1@us.es

https://orcid.org/0000-0003-2280-2680

 

Lecturas recomendadas:

  1. Heredia-Carroza, J., Palma Martos, L., & Aguado, L. F., (2019c). Flamenco y Derechos de El caso de Camarón de la Isla. Arbor, 195(791), a496. Doi: https://doi.org/10.3989/arbor.2019.791n1009.
  2. Heredia-Carroza, J., Palma, L., & Aguado, L. F. (2019b). Why does copyright ignore performers? The case of flamenco in Spain. Journal of Arts Management, Law and Society, 49(5), 347-364. Doi: 10.1080/10632921.2019.1646682.
  3. Heredia-Carroza, , Palma Martos, L., & Aguado, L. F., (2020a). How to measure Intangible Cultural Heritage value? The case of flamenco in Spain. Empirical Studies of the Arts. Doi: 10.1177/0276237420907865.
  4. Heredia-Carroza, , Palma Martos, L., & Aguado, L. F., Creación e interpretación en el marco de los derechos de autor. El caso de la música popular tradicional. Kepes, 21 (enero-junio 2020), 113-143.
  5. Heredia-Carroza, (2023). Flamenco y derechos de autor: Una perspectiva desde la economía de la cultura. Tirant lo Blanch. Colección Monografías. ISBN 978-84-1197-262-8.

 

 

600 años de memoria, dolor, lucha y esperanza

by Seo Cizmich

Opre Roma

Hablar del Pueblo Gitano es hablar de un camino largo, duro y profundamente humano. Este año se conmemoran seiscientos años desde la llegada del Pueblo Romaní a la Península Ibérica, seis siglos de historia marcados por el dolor, la resistencia, la dignidad y el amor por nuestras familias y por nuestro pueblo. No es solo una fecha histórica, es un acto de memoria viva, de reconocimiento y de compromiso con el futuro.

“Śov śela maj palal, sam akate”

“Seiscientos años después, seguimos aquí”

Nuestra historia ha estado marcada por la persecución, el rechazo y la exclusión. Desde los primeros momentos de nuestra llegada a Europa, el Pueblo Gitano fue señalado como diferente y castigado por sus costumbres, por su lengua y por su forma de vivir. Leyes injustas, expulsiones, intentos de borrar nuestra identidad y siglos de estigmatización dejaron heridas profundas que aún hoy siguen abiertas. El dolor no quedó en el pasado, se transmitió de generación en generación, instalado en la memoria de nuestras familias.

“Kamas thaj ava rroma sar sam, vi sam rroma”

“Somos gitanos y queremos seguir siendo gitanos”

Una lucha constante por existir, por resistir y por mantener viva nuestra identidad. Nunca dejamos de ser pueblo, nunca dejamos de cuidarnos entre nosotros, y esa lucha nació, sobre todo, del amor, amor por nuestras madres y padres, por nuestros mayores, por nuestras hijas e hijos, y por una historia que pese a todo, nunca pudieron arrebatarnos.

El pasado 12 de enero, antes de entrar en el Ayuntamiento de Barcelona, viví un momento que quedará grabado en mi memoria. La caminata con la bandera romaní compartida con tantas personas de nuestro pueblo, fue mucho más que un gesto simbólico, fue un acto de afirmación, de orgullo y de memoria. Al ver a las niñas tan pequeñas, vestidas con trajes tradicionales, sentí una emoción profunda y una fuerza renovada, en sus miradas entendí con claridad por qué seguimos luchando, para que ellas no tengan que vivir lo que vivió nuestro pueblo durante siglos. Ese instante lo dijo todo, luchamos por ellas, luchamos para que el dolor no se repita, luchamos para que la historia no vuelva a condenarnos al silencio.

“Sem Jekh Rrom but baxtalo”

“Me siento un gitano afortunado”

Me siento un Rrom profundamente afortunado. Llevo en el corazón la conciencia de un viaje que comenzó hace más de mil años, cuando nuestros ancestros partieron desde la India, empujados por la necesidad, el dolor y la esperanza. Aquel camino no fue solo una migración, fue una prueba de resistencia, una lucha por existir.

Al llegar a Europa, entre los siglos XIV y XV, nuestro pueblo fue separado por rutas, lenguas y tierras distintas. Nos dispersamos, pero nunca dejamos de ser uno. Aunque los siglos pasaron, la memoria permaneció viva, transmitida en la sangre, en la música, en las miradas y en el silencio heredado.

La inmigración no es solo parte de nuestra historia, es nuestra identidad misma. En esta conmemoración sentí que nuestras raíces, aunque esparcidas por el mundo, volvían a abrazarse, como si el tiempo se detuviera y nuestros ancestros caminaran nuevamente a nuestro lado.

El Pueblo Gitano no entiende de fronteras, porque ninguna frontera pudo detener nuestro espíritu, nuestra historia es común, nuestro sufrimiento compartido y nuestra esperanza colectiva. Seiscientos años después, estar aquí es la prueba de que seguimos vivos, que seguimos avanzando juntos, honrando a quienes resistieron antes que nosotros.

Somos memoria, somos camino, somos futuro. Y mientras sigamos recordando de dónde venimos, nunca dejaremos de caminar unidos.

Hoy, muchos de nosotros asumimos un compromiso activo. Como activistas contra el antigitanismo, como miembros del Consejo Municipal del Pueblo Gitano y como personas comprometidas con la justicia social, trabajamos cada día para desmontar prejuicios, denunciar discriminaciones y construir espacios de igualdad real, esta lucha no es solo política; es moral, histórica y profundamente humana.

Escuchar el discurso del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, junto a la segunda teniente de alcaldía, Maria Eugènia Gay, fue, para mí, un momento significativo. Sus palabras transmiten una mirada hacia la cooperación, hacia el trabajo conjunto y hacia un futuro compartido. Fue un mensaje que invita a caminar juntos, a reconocernos como parte de una misma sociedad y a construir, desde el respeto mutuo, un mañana más justo. Ese gesto no borra el pasado, pero abre una puerta necesaria al diálogo y a la colaboración.

Celebrar seiscientos años no significa olvidar el sufrimiento. Significa recordar con conciencia, con dignidad y con responsabilidad. Significa reconocer todo lo que se nos negó, pero también todo lo que hemos aportado: cultura, música, valores, trabajo y humanidad, significa exigir que nuestra historia sea contada con verdad y respeto.

La esperanza del Pueblo Gitano no es ingenua, es una esperanza forjada en la resistencia, alimentada por la memoria y sostenida por el amor a nuestras familias, Es la esperanza de que nuestras hijas e hijos crezcan libres de miedo, sin tener que justificar quiénes son.

Estos seiscientos años de aniversario, de memoria y de presente, me llenan de esperanza. Reencontrarme con mi gente después de seis siglos me hace comprender que nuestra determinación de ser y seguir siendo Gitanos es más fuerte que el oro, más resistente que el diamante y más valiosa que cualquier piedra preciosa de la tierra.

“Nuestra identidad no se quiebra, no se compra y no se entierra,
se transmite, se defiende y se camina.
Somos tierra porque hemos caminado sobre ella, somos Occidente y Europa,
porque abrimos caminos y las puertas del mundo y del viaje.”

OPRE RROMA!!!

El pueblo gitano y la génesis del concepto de genocidio: la lección de Rafael Lemkin

by Miguel Ángel Vargas

20 de noviembre de 1945: 80 aniversario del inicio de los Juicios de Núremberg

image

Una palabra que no existía

Imaginemos la escena: el 20 de noviembre de 1945 las pesadas puertas de madera del Palacio de Justicia de Núremberg se abrieron para iniciar el juicio más grande de la historia. Mientras los flashes de las cámaras iluminaban el estrado, un jurista polaco de origen judío, Rafael Lemkin, esperaba en la galería. Ese año había publicado Axis Rule in Occupied Europe, un libro que cambiaría el lenguaje del derecho internacional. En él describió un crimen que hasta entonces carecía de nombre: la destrucción sistemática de un pueblo. No solo con bombas y fusiles, sino también con leyes que prohibían la lengua, escuelas que borraban la historia, hospitales que practicaban la esterilización forzosa y cementerios que profanaban la memoria. A ese crimen lo llamó genocidio.

Para explicarlo no eligió un caso abstracto. Ilustró su idea con un pueblo perseguido durante siglos y que los nazis estaban exterminando por etapas: los gitanos, el pueblo romaní.

Los gitanos, ejemplo vivo del genocidio

Para Lemkin, genocidio no significaba únicamente asesinato masivo; era romper la continuidad de un pueblo. En los gitanos vio cómo el régimen nazi había creado una maquinaria de borrado: redadas, esterilizaciones sin anestesia, deportación a campos como Auschwitz, prohibición del romanó, separación forzosa de familias. En sus notas personales escribió que los gitanos eran “un pueblo sin Estado, sin ejército, sin defensas… y por eso el objetivo perfecto para un crimen que quería ser invisible”.

El historiador Ari Joskowicz recuerda en Rain of Ash que Lemkin utilizó la persecución de los romaníes como caso paradigmático para demostrar que el genocidio no era solo contra los judíos, sino contra cualquier grupo que el poder decidiera eliminar. Sin embargo, cuando llegó el momento de sentar a los criminales en el banquillo, algo falló.

La frase que quedó en el aire

El 8 de octubre de 1945, en la acusación inicial del Tribunal Militar Internacional, se leyó esta frase:

“Los acusados llevaron a cabo un genocidio deliberado y sistemático, es decir, la exterminación de grupos raciales y religiosos, mediante la destrucción de los judíos, polacos, gitanos y otros (discapacitados, eslavos, testigos de Jehová…).”

Fue la primera vez que la palabra genocidio aparecía en un documento judicial. Pero cuando se dictó la sentencia final, el término había desaparecido. Y con él, también la esperanza de que el trauma de los gitanos fuera reconocido. Ningún acusado fue condenado por genocidio. Ni por el exterminio del pueblo romaní. Lemkin, que había perdido a 49 miembros de su familia en el Holocausto, calificó ese día como “el más negro de mi vida”.

Una memoria que regresa

Durante décadas, el genocidio romaní fue una historia que muchos supervivientes sí contaron, pero que el poder judicial y la opinión pública prefirieron no escuchar. Desde los años sesenta, asociaciones romaníes presentaron demandas civiles, escribieron memorias y denunciaron ante tribunales alemanes y de otros países ex-colaboradores del régimen nazi; sin embargo, las respuestas fueron dilaciones o reconocimientos parciales. No fue hasta 1980-81 que la República Federal de Alemania admitió que los gitanos habían sido víctimas del odio racial nazi, y es sólo que el 17 de marzo de 2022 el Bundestag reconoció oficialmente el Porrajmos —la “devoración” en romanó— como genocidio, cerrando un ciclo de silencio de más de setenta años.

Hoy, a 80 años del inicio de los Juicios de Núremberg, esa memoria regresa con una lección que Lemkin ya intuyó: no hay justicia sin nombre, y no hay nombre sin memoria.

En el Museo Virtual del Pueblo Gitano recuperamos estas historias porque forman parte de una genealogía histórica colectiva y alternativa en continua reconstrucción. Nombrar lo que fue no es imponer una narrativa victimista, sino devolver a las víctimas su lugar en la memoria: si el dolor o el resentimiento devienen reivindicación de derechos, ¿quiénes somos para dictar cómo deben sentir quienes fueron perseguidos? El genocidio no empieza con los hornos; empieza cuando los miembros de un pueblo dejan de ser vistos como iguales al resto de la Humanidad.

Notas para seguir leyendo

  • Lemkin, Raphael. Axis Rule in Occupied Europe. Washington, 1944.
  • Joskowicz, Ari. Rain of Ash: Roma, Jews, and the Holocaust. Princeton University Press, 2023.
  • Archivo del Tribunal Militar Internacional de Núremberg, Acta de Acusación, 8 de octubre de 1945.
  • Resolución del Bundestag alemán, 17 de marzo de 2022, sobre el reconocimiento del genocidio romaní.